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lunes, 4 de febrero de 2008

PONIENDO EN SU SITIO A DON QUIJOTE

Hago un alto en la publicación de mis relatos para hacer algo en lo que no suelo emplear estas líneas, que es comentar sobre política.
Los que me han leído en alguna ocasión, o aquellos que sufren mis comentarios en sus blogs, habrán podido observar, por poco atentos que hayan sido, que como toda persona medianamente culta y aficionada a la Historia, cojeo del pie izquierdo, pues no se puede contemplar el pasado sin ponerse del lado de los más débiles, ni entender los grandes movimientos históricos sin ocuparse de las razones económicas que los causaron. Todos estos circunloquios son para decir que soy votante de izquierdas convencido. Pero de izquierdas izquierdas, no de esos que se llaman socialistas y hacen políticas de centro o de derechas para afianzarse al poder.

Sólo en una ocasión estuve tentado de votar al partido socialista. Más que nada, porque me impresionó la llamada que Alfonso Guerra, uno de los hombres más inteligentes que he tenido ocasión de conocer en persona, hizo durante una campaña para parar a las fuerzas de la derecha. Por suerte, en el último momento, recuperé la cordura y voté en conciencia, en vez de empujado por el miedo (aunque he de reconocer que después me he preguntado en muchas ocasiones si no hubiera sido mejor hacerle caso).

Con estos antecedentes por delante, no creo que nadie piense o sospeche que me guía un claro favoritismo hacia el partido político en el poder. Máxime cuando siempre me he declarado víctima de la política económica de dicho partido, que pretendiendo favorecer la creación de empleo, destrozó el panorama laboral con sus subvenciones a los contratos eventuales, cuyas consecuencias hemos sufrido muchos de los de mi generación y los que posteriormente accedieron al mercado de trabajo.

Pero, aunque siempre se ha dicho que los enemigos de mis enemigos, son mis amigos; no puedo por menos que declararme en contra de la invasión por parte de la jerarquía de la Iglesia Católica en el panorama político. Me declaro en contra de que esos sinvergüenzas, vagos y parásitos (léase cardenales, obispos y arzobispos) y demás categorías eclesiásticas se dediquen, en democracia, a manipular votos y a favorecer a una opción política sobre otra. Por varias razones.

La primera y más importante, es porque nada legitima a una organización que se ha dedicado a lo largo de su historia a mentir con todas las armas a su alcance, a publicitar ante todos sus fieles que ellos son los poseedores de la verdad. Voy a ser justo: es posible que, ciertamente, conozcan la verdad, pero desde luego, no han hecho partícipes de ella al resto de la humanidad a lo largo de su existencia. Muy al contrario, se han dedicado a ocultarnos los datos históricos y a manipular ésa verdad a su favor, siempre que les ha apetecido o les ha interesado. Y lo siguen haciendo en la actualidad.

Que estos sinvergüenzas de la Conferencia Episcopal pregonen que no se debe votar a los que pactan con ETA, cuando han sido muchos de sus miembros los que han dado cobijo a los terroristas, han protegido a sus dirigentes y han favorecido la creación de dicha banda de asesinos, es, no ridículo, no: es esperpéntico. Porque, para los que no lo sepan, ETA nació bajo las togas de la iglesia de Euzkadi. Y muchos de los que hoy proclaman con la boca llena de humanidad que la vida es lo más importante, financiaron y enseñaron, en su día a los dirigentes terroristas, para obtener el favor de las familias dirigentes de la zona, que eran las que tenían el dinero que ellos pretendían.

No se lleven las manos a la cabeza, no. Creo recordar que al menos uno de los miembros de esa Conferencia Episcopal era, en 1959 uno de los impulsores de la escisión de ETA del PNV. Y otros de sus miembros hasta hace menos de diez años, eran de los que decían que había que entender el odio de la organización criminal y perdonar a sus miembros... y, por supuesto, respetar a los presos de ETA, que tenían todo el derecho a proclamarse presos políticos... Así, sin vaselina...

Voy a hacer un inciso, y así me desahogo del todo. Hace unos días leí una cosa que me encantó en uno de los blogs en los que caí casualmente. Un antiguo jugador de rugby explicaba, a propósito de la detención de Portu y Sarasola, y de la denuncia por supuestos malos tratos, que cuando uno juega a rugby debe entender que los que están fuera de juego no existen; es decir: el jugador que no respeta las leyes del juego, no puede esperar justicia, puesto que para el resto de los jugadores que sí las respetan no existe. Así, si tú te colocas delante del balón, no esperes que el árbitro sancione a los jugadores que te pisan la cabeza o te meten un par de buenos puñetazos para que retornes a tu sitio. Al colocarte delante del balón dejas de existir para los del equipo contrario, para tus compañeros de equipo y para el árbitro, así que pueden pasarte tranquilamente por encima, o como me pasó a mí, morderte y arrancarte un trozo de carne, que sigues sin contar para nadie, y por tanto, no tienes derecho a reclamar. Vuelve a tu sitio, respeta las reglas y luego reclama lo que quieras, pero dentro de la ley.

Vuelvo al tema principal. Dejando a un lado lo que cada uno opine sobre la banda terrorista y sus motivos, no me parece coherente que por oportunismo político, hoy defiendas a unos asesinos y mañana crucifiques a quienes tratan de acabar con ellos con los medios que les proporciona la ley. Porque, puestos a ser ortodoxos, y a escuchar a estos hipócritas, no se debería votar a ninguno de los partidos que han formado gobierno en este país; ya que TODOS, sin excepción han pactado con ETA y han tratado de acabar con ella por la vía de la negociación (y por la policial) con mayor o menor éxito.

Pero no se vayan, amiguitos, que aún hay más. Que la organización menos democrática sobre la faz de la tierra, pretenda dirigir nuestras opciones democráticas es ya el paradigma del absurdo. Una organización que debería ser juzgada por crímenes de lesa humanidad, como se suele hacer con los dictadores que acaban derrocados. Una organización que se arrima a quien esté en el poder, sin importar su ideología o los crímenes que haya cometido, por el simple hecho de ser el que manda. Que ha apoyado y apoya en la actualidad los regímenes políticos y las dictaduras más aberrantes. Que sigue siendo la mayor accionista de las más importantes empresas de armamento del mundo. Y que se crean con la fuerza moral de darnos lecciones de convivencia...

Es que no encuentro palabras para definirlos. Embusteros, farsantes e hipócritas se me quedan cortas. Los mismos que protegen a sus miembros aunque hayan cometido crímenes tan monstruosos como violaciones, estupro, pedofilia y abuso de menores, se atreven a darnos lecciones de moral. Que triste...

Y lo peor de todo es la falta de memoria de los que les escuchan. Dan ganas de gritar: "PERO ES QUE SOIS TONTOS O QUÉ".

Y todo por cuatro duros de mierda. Por que, no nos engañemos. Esta reacción, como todas las que tiene la Iglesia, tiene un trasfondo económico, puesto que sólo buscan perpetuarse a sí mismos en el tiempo. Haber pasado del 0.52% de la declaración de la renta al 0.7% no les basta, saben que cada vez más gente se va dando cuenta de su anacronismo y declinan donar su dinero para mantener a tanto parásito como vive en sus filas. Y como en 2007 se llegó al acuerdo de que el Gobierno (es decir, todos los españoles) no volvería a sufragar la diferencia entre lo que recauden con dicho impuesto y lo que necesitan para su mantenimiento... Pues vamos a ver si apoyamos al gangoso y éste nos ofrece algo más de dinerito.

Esta es la triste realidad de la entelequia en que nos pretenden hacer vivir los clérigos. Como dijo uno de los filósofos más importantes de nuestra historia, don Miguel de Unamuno en su obra "Don quijote y Sancho". "Amigo Sancho, con la iglesia hemos topado".

P.D. No, no me he equivocado. El título de este post es de justicia, pues Alonso Quijano dijo a Sancho Panza "Con la iglesia hemos dado", refiriéndose a que habían encontrado la iglesia que buscaban. La otra frase, mucho más famosa y que se refiere a la Iglesia como institución, procede de la fina inteligencia de Unamuno en la obra citada... Por poner las cosas en su sitio, que es lo que corresponde.





P.P.D. Sugiero que busquéis estos vídeos en Youtube y leáis los comentarios de "Acerca de este vídeo". No tienen desperdicio.

lunes, 7 de enero de 2008

YA CASI HE VUELTO

Tras el descanso vacacional, merecido tanto por mi esposa (a la que, por cierto, han despedido hace poco) como por mi mismo; hago intención de volver en breve a estos pagos, si la suerte y la economía me lo permiten. O sea, que me queda un poco para volver a torturar a los lectores de este blog asíduamente... aunque me temo que no será tan a menudo como lo hacía antes de este periodo de reposo, ya que mañana mismo comienzo de nuevo a trabajar (espero que en esta ocasión por una buena temporada, si la espalda me lo permite).

Para poder contaros todas las cosas nuevas que han ocurrido durante mi ausencia de estas líneas, tengo que hacer un poco de historia... bueno, más bien de prehistoria, al menos tecnológicamente hablando.

Mi primer ordenador, un Amtrad, llegó de la mano de mi tío Pepe, que al retirarlo del servicio activo, pensó que podría ser un buen principio para que su ahijada, mi hermana, se introdujera poco a poco en las nuevas tecnologías. Como casi siempre ocurre, aquella pequeña maravilla tecnológica causó furor en mi casa apenas los quince primeros días... nadie sabía cómo manejar aquel engendro excepto para cargar los dos juegos en cinta (sí, sí, en las cassettes antiguas) que habíamos heredado de aquel familiar con toda la buena intención del mundo. Así que una vez que los pequeños de la casa se hartaron de esperar a que los juegos se cargaran durante largos minutos, pude meter mano en aquel mundo desconocido para mí del lenguaje de programación basic... Por supuesto, me di el batacazo padre, pues no tenía a nadie que me enseñara y los recursos económicos para aprender aquel abracadabra no estaban a mi alcance.

Años después, alrededor del 1992 y después de haber estado trabajando como vendedor en algunas empresas del ramo de la informática, me decidí a comprar mi primer ordenador, aprovechando que la última empresa en la que había estado renovaba su parque tecnológico. Así que mi primer PC fue un pentium a 133 Mhz, que para la época ya estaba algo desfasado, pues comenzaba a carrera de los megaherzios entre Intel y AMD. No obstante, aprendí una máxima que sigo repitiendo casi a diario y que me enseñó un gurú de la informática en aquellos tiempos: Sostenía aquél amigo que aprender a manejar un ordenador era muy fácil, pues se trataba de máquinas tontas que sólo sabían decir sí o no, pero muy deprisa... y yo me consideraba lo suficientemente capacitado para engañarla, así que me embarque en un viaje de conocimiento del que aún no me he apeado.

Aquél primer ordenador dio todo lo que pudo de sí mismo en el pulso intelectual al que le sometí... y cascó, claro... en manos de un novato sin miedo a romper nada, un ordenador dura lo que puede, pero nuestros cráneos, diseñados por la naturaleza para conservar la integridad de nuestras neuronas, son más duros con diferencia.

Al poco tiempo, con unos pocos conocimientos adquiridos de lo que se podía hacer con aquellas máquinas maravillosas, y habiendo probado las mieles de la comunicación a través de Internet, decidí invertir en un buen ordenador que me permitiera seguir avanzando y aprendiendo nuevas técnicas. Mi primer ordenador nuevo, a estrenar, fue un K-6 de AMD que prometía mucho más rendimiento y fiabilidad que los microprocesadores de Intel. O al menos eso me contaron aquellos a los que pedí consejo en aquella época. Como mis conocimientos de las nuevas tecnologías se incrementaban exponencialmente, pagué mis frustraciones con aquél pobre bicho... Cuando el famoso Güindos 95 me mostraba sus impepinables pantallas azules poco antes de pararse en seco, yo amenazaba e insultaba al "chino" que vivía dentro de mi ordenador con soltarle un martillazo a desgarrapellejo para que espabilara... hasta que en un acceso de ira y mala leche, un buen día, le solté una patada que dobló completamente la carcasa de mi torre, fracturando y dividiendo por la mitad la placa base sobre la que se sustentaba todo el tinglado...

Curiosamente, aquél patadón tuvo efectos colaterales completamente inesperados y poco comunes: nunca más, repito, nunca más, se volvió a colgar. No sé si por miedo a otra agresión o porque alguna de las conexiones internas de aquellos circuitos, que estaban burlándose de mí, falleció en el impacto. Tuve aquel ordenador escacharrado en funcionamiento cerca de tres años sin una sola avería nueva. Hasta que a finales de los noventa, decidí cambiarlo de nuevo.

Esta vez, con algo más de conocimiento propio, elegí uno a uno los componentes de mi nueva maravilla: un K-7 con placa Gigabyte GA-7DXR recién salida al mercado (tanto que tuve que pedirla por Internet a la fábrica, ya que aún no había llegado a España) con soporte para 8 discos duros de 8 gigas... La rehostia para aquella época... teniendo en cuenta que lo normal eran discos de 4 gigas o así; el pepino que me compre a cachos era lo más de lo más en aquellos tiempos.

Y ése ha sido mi compañero hasta la semana pasada. Después de ayudarme a migrar de güindos a linux, de conocer como nadie mis secretos, mis escritos, mis ligues cibernéticos, mis amistades hechas a través de la red y de convivir con algunos portátiles muchos más avanzados que él mismo; después de verse relegado a morir poco a poco en el abandono de la casa de mis padres cuando decidí casarme; después de verse resucitado y funcionando a pleno rendimiento gracias al software libre. Después de todas ésas vicisitudes; el otro día, antes de volver a conectarme tras las vacaciones, decidí hacerle una limpieza general y adecentarlo un poquito, que tenía los ventiladores con más mierda que el rabo de una vaca. Desmonté todos sus componentes. Limpié con esmero los disipadores, descarté los ventiladores viejos y los sustituí por otros nuevos. Compré nuevas pastillas de memoria (a precio de oro, por cierto, que las memorias viejas están muchísimo más caras que las nuevas y son más difíciles de encontrar que el preciado metal). Y cuando lo estaba montando de nuevo, el fatídico crack de un condensador de la fuente de alimentación me hizo sospechar que le había dado un infarto al procesador.

Efectivamente, cuando terminé de montarlo, aquello no arrancaba ni a tiros. Lo llevé a reparar y me dijeron que la placa base estaba quemada...

Os juro que se me partió el corazón. Es como si me hubiera muerto el perro... Sentí una rabia comparable a la defunción de alguien querido. Después de todo, he compartido con ésa máquina, o a través de ella, tantas cosas durante tantos años... que me hubiera gustado jubilarla como se merecía, en funcionamiento, renovada y retirada del servicio en plenitud de facultades; y no así... fallecida en acto de servicio por culpa de mi propia ineptitud.

El caso es que estoy de ocupa en el portátil viejo (que por cierto, estaba también "kaput" y he tenido que resucitar) hasta mañana, por lo menos, en que me acercaré a una tienda a desembolsar 250 euracos para montarme un nuevo ordenador que ocupe el lugar del caído en acto de servicio.

Espero que el nuevo no me de muchos problemas y pueda aguantar el servicio intensivo al que estaba sometido su antecesor...


miércoles, 14 de noviembre de 2007

Los Superespecialistas

Mi abuela materna, que era completamente analfabeta (eso sí, no había manera de engañarla en un céntimo de las antiguas pesetas), solía hacer gala de un ingente conocimiento de los refranes populares. Yo he tenido el honor de continuar con aquella tradición. La de los refranes, claro, no la del analfabetismo... Y uno de los que más solía repetir era aquel de: "Oficial de todo, maestro de nada". Nos animaba así a especializarnos en algo, en vez de ir por la vida dando tumbos sin conocimientos profundos de algún oficio.

Yo le salí rana. Me temo que mi ideal es el del hombre renacentista, que cultiva saberes varios, profundizando sólo en aquellos que le interesan especialmente. Y así me ha ido la vida... Soy autodidacta en muchas de las actividades que realizo a diario. Y he tenido la agradabilísima oportunidad de trabajar en multitud de oficios merced a la política de empleo del anterior gobierno socialista, que primaba la contratación temporal por encima de cualquier otra consideración. En fin, que me he tenido que buscar la vida como buenamente podía, a la vez que iba aprendiendo a hacer lo que, en aquel momento, más se demandara. Cuando te tienes que buscar las habichuelas por tu cuenta, lo importante es trabajar; da igual de lo que sea.

Como consecuencia, ya digo, he desempeñado puestos de trabajo y oficios de muy diferente calaña, sin especializarme en ninguno de ellos, pero procurando siempre comprometerme y cumplir lo mejor posible su desempeño. Y, por lo general, las personas para las que he trabajado, alababan mi forma de hacerlo, así que muy mal no se me daban.

No obstante, tengo que reconocer que, en la sociedad en que vivimos, la especialización es una necesidad. Si realmente quisiéramos formar hoy en día a un hombre renacentista, probablemente su preparación llevaría muchos más años que los que podría aportar ése hipotético genio al desarrollo de su actividad productiva por el bien de la sociedad. Así que la solución es formar a los estudiantes con una ligera idea (muy, muy ligera) de cultura general; lo suficiente para que puedan absorber los conocimientos específicos de su rama de estudios, y dejar que, si está interesado, complete su formación humanística por su cuenta y riesgo.

Hasta el momento, los resultados no son los más... no voy a decir halagüeños, ni deseables... es que ni siquiera se puede hablar de resultados mediocres. Más bien habría que calificarlos como muy deficientes.

Para nuestra desgracia común, los licenciados, diplomados, ingenieros, maestros, graduados, bachilleres, especialistas, peones y aprendices que acaban su formación docente hoy en día tienen dos características que los definen y limitan como personas: El absoluto desconocimiento de cualquier otra área que no sea su especialización y una carencia casi total de cultura general, y por tanto, de educación.

No me paso de la raya, no... por desgracia tengo ejemplo muy cercanos para demostrarlo: mi mujer es diplomada en empresariales y un monstruo en el manejo de programas de ordenador (lo digo en serio, me deja alucinado cada vez que sale un programa nuevo y en media hora lo maneja como si ella lo hubiera diseñado) con un máster de ofimática empresarial... y sin embargo, para instalar nuevos programas en el ordenador, tiene que acudir a mí o a su hermano... es que tiene pánico a estropear algo, si mete mano en ésa máquina tan rara y llena de cables por todas partes.

Mi hermana menor está licenciada en Historia del Arte... pero para hacer su tesis de fin de carrera sobre las epigrafías de Castilla y León, tuvo que acudir a los conocimientos de latín y griego de su hermano mayor, el bandarra, por que no entendía ni papa de lo que encontraba escrito en las piedras de las iglesias.

Y lo que, a mi modo de ver, es peor aún: ambas, y que conste que no las critico por ello puesto que es un mal demasiado extendido, todavía me llaman para consultar si burro se escribe con b o con v (es sólo un ejemplo, por supuesto su ortografía no es tan limitada), o si existe una palabra que defina a los nacidos en Huelva. Eso, en la era de los procesadores de texto, que te lo dan todo mascado y digerido.

Puestas así las cosas, no es extraño, entonces, que tras un año de baja laboral por culpa de unos lumbagos que no se los deseo yo ni a mi peor enemigo; después de haber sufrido física y emocionalmente dolores que me volvían prácticamente impotente de tomar a mi hija de veinte meses en brazos y que limitaban mi capacidad de disfrutar de mis momentos de asueto; después de haber pasado jornadas enteras en la puñetera cama o vegetando delante de la televisión y el ordenador a la espera de que el super especialista tuviera a bien atenderme en su consulta; después, en fin, de desesperarme por no saber qué coño me pasaba, llegue el individuo éste y me diga que, como no hay nada susceptible de corregirse por medios quirúrgicos, no entiende la razón por la que he sido derivado a su servicio de traumatología, especialidad columna... ¿No te jode?... Pues muy señor mío: porque me gustaría saber el porqué de mis dolores y si hay alguna forma de paliarlos... ¡Vamos que no vengo aquí de visita, ni a verle a usted la cara de pánfilo despistado! ¡Coño! Que es que le hacen a uno hablar mal y desear liarse a dar hostias hasta que el ínclito se ría...

De verdad, de verdad, que no soy partidario de la violencia. Pero es que algunos se ganan a pulso que les llenen la cara de aplausos. Y lo peor de todo no es esto, no... lo peor es tener que aguantar la mala educación de la que hacen gala estas eminencias médicas. O sea: No tiene ni puta idea de lo que me pasa. Vale, lo acepto; no tiene por qué saberlo todo, al fin y al cabo sólo es un especialista, no Dios. No muestra ni el más mínimo interés en ayudar al paciente. Vale, también entiendo que tienen que tratar a un montón de gente del más variado pelo en el menor tiempo posible, así que, acepto Badajoz como parque acuático. Pero que encima me trate como a un perro, sin el más mínimo rastro de educación, y cuando le pregunto que hacemos, me conteste con ésa prepotencia y poco menos que me eche a patadas de su consulta sin contestar a mis preguntas... es que es para agarrarle la cabecita medio calva y aplastársela de un solo movimiento contra la mesa del despacho, de verdad.

Salí tan cabreado de la consulta que no me di ni cuenta de en qué sentido se abría la puñetera puerta... y como consecuencia de mi envite, la desencaje de su marco... Él se debió dar cuenta de mi enfado, porque ni siquiera se dignó a saludarme ni a llamarme la atención por el destrozo. Total... si sólo he puesto en evidencia su falta de educación y su absoluta ignorancia sobre lo que se supone que es su especialidad... no me parece a mí que éso sea motivo para tratar con desprecio, con soberbia o con malos modales a quién ha sido exquisito en el trato. Hasta el momento de la puerta, claro.

Total, que como sigamos así, pronto tendremos que ver con vergüenza cómo la falta de cultura y la falta de educación se hacen tan comunes en nuestro país como en los Estados Unidos de América. Para muestra un botón:

jueves, 27 de septiembre de 2007

Radical y extremista

Hace ya algunos años años, un científico americano (del norte, por supuesto), que de allí vienen los buenos científicos; descubrió un gen en las margaritas que podría modificar, estableciendo una serie de ventajas en el cultivo de esta planta.

Otro gran científico de la misma nacionalidad logró cultivar unas margaritas de gran belleza con una serie de características, que además la hacían muy especial: entre ellas destaca el color, en vez de ser blancas por fuera y amarillas por dentro eran de color azul en los pétalos y verdes en los estambres. Además del color era destacable la circunstancia de que se podían plantar hasta en un cartucho de bolígrafo vacío, ya que no necesitaban mucha tierra y el cultivo hidropónico había avanzado mucho en los últimos años. Y por si fuera poco estas ventajas, descubrió además que esta nueva variedad de color azul no se reproducía por sí misma, sino que había que cultivarla específicamente, con lo cual daba solución a la multitud de problemas que se habían suscitado sobre la libre proliferación de margaritas en nuestros campos y parques.

Sí, porque esa circunstancia o característica de las margaritas salvajes se había convertido hace ya algunos años en un problema bastante grave. Tu plantabas un prado de césped en cualquier sitio y antes de que te dieras cuenta, las margaritas salvajes se habían apropiado del sitio, afeándole con sus chillones amarillos y blancos, disimulando en vez de adornar el verde propio de la hierba. Y si además lo que deseabas era adornar tu jardín, lo lógico es que cada uno eligiera el color con que deseaba hacerlo. Las margaritas salvajes no tenían derecho a salpicar lo que con tanto trabajo te había costado plantar. Así que en poco tiempo, las margaritas de color azul se pusieron de moda, obteniendo una gran acogida entre el público en general y entre los amantes de las margaritas en particular.

Pero por si fueran pocas las ventajas de la nueva raza de margaritas, de repente, una serie de desaprensivos poco amantes de las plantas (que de todo tiene que haber en este mundo) comenzaron a hacer de las suyas tanto en los jardines públicos como en los privados. Estos vándalos se dedicaban a pisotear las margaritas salvajes, con lo que los jardines cada vez tenían peor aspecto, con todas aquellas margaritas aplastadas y medio muertas. Lo malo es que les debía de resultar simpático eso de hacer el bestia, porque más pronto que tarde comenzaron a no hacer distinción entre las margaritas salvajes y las cultivadas. Así que por mucho que te esforzaras, al final no compensaba tener un jardín como Dios manda. Si no eran las margaritas salvajes la que lo invadían, los gamberros estos que les importaba un huevo la naturaleza, te lo pisoteaban por menos de nada.

Yo puedo presumir que fui uno de los primeros en darse cuenta que el futuro del cultivo de margaritas estaba en la nueva variedad, lo que llevo a gala y publicito siempre que puedo. Además, junto con una serie de amigos también amantes de las margaritas, nos dimos cuenta que podíamos tener en casa el jardín que soñábamos, ya que las margaritas azules sólo se reproducían al ritmo que nosotros mismos marcábamos, obteniendo multitud de mejorías en el cultivo de las mismas dentro de espacios cerrados, como pisos, terrazas, despensas, etc. De ahí a formar nuestro propio grupo de defensa de las margaritas medió poco tiempo. Se puso de moda crear grupos en defensa de las margaritas, así que nosotros formamos el nuestro, con nuestro propio ideario y, como no, un foro en Internet, que es lo que hace la gente moderna.

No faltaron voces discordantes que nos tachaban de nazis, racistas y radicales, pero eso poco nos importó. Ante las pruebas científicas que nos avalaban, nos limitamos a ignorar que la evolución había preparado a las margaritas para reproducirse rápidamente, aprovechando ésa ventaja para superar los problemas y crisis en el perfeccionamiento de su adaptación a un medio hostil. Ignoramos también que el excesivo cultivo de margaritas azules lo que realmente producía era un empobrecimiento de la variación genética de toda la especie. Lo realmente importante es que podíamos controlar su cultivo y adaptarlo a nuestro modo de vida. Al fin y al cabo, lo que los nazis hicieron con los judíos fue mejorar la raza eliminando a los ejemplares más débiles ¿no?.

A lo largo de los años, los postulados de nuestro grupo se fueron haciendo cada vez más firmes, llegando a convertirse casi en un credo de vida. Incluso establecimos una serie de protocolos que nos permitían hacer salidas al campo y recoger margaritas salvajes (pobres ellas viviendo en las peores condiciones de vida posibles), transformarlas en margaritas azules y cultivarlas en casa. El siguiente paso fue crear una brigada de rescate para recoger las margaritas que los barrabases (aquellos desalmados pisoteadores) habían arrasado y recuperarlas con todo nuestro amor. Eso sí... limitando su libre crecimiento y transformándolas en un par de generaciones en margaritas azules, claro... si no, ¿para que nos íbamos a molestar en hacer el trabajo...?

Todas estas buenas acciones nos proporcionó una fama de almas caritativas y tolerantes que se correspondía perfectamente con lo que la opinión pública pensaba de nosotros. A las voces discordantes que fueron surgiendo dentro del grupo con los años, nos limitamos a ignorarlas, vituperarlas, acosarlas y finalmente expulsarlas de nuestro paraíso. Al fin y al cabo, la razón era nuestra, de nuestra propiedad, así que no estábamos obligados a tolerar desviaciones en las líneas generales de acción. Yo sé perfectamente lo que quieren las margaritas, que para eso llevo tantos años rescatándolas. Y quien no esté de acuerdo conmigo está muy equivocado y punto.

Por ejemplo, y para no ir más lejos en el tiempo: Hoy mismo, ha entrado en el foro una chica para ofrecer unas preciosas margaritas blancas y amarillas a quienes deseasen tener ésa variedad en casa... Jajajajajajajjaja... lo que nos hemos podido reír a su costa... la pobre pensaba que podía colocarnos sus margaritas sobrantes. En menos de dos minutos, algunos de los más radicales miembros de mi grupo estaban acosándola para que cercenara la posibilidad de reproducirse de sus margaritas salvajes. Yo, en mi papel de moderador del foro, la he sugerido que se aprenda el ideario del grupo antes de ofrecer material genético corrupto en un lugar en el que sólo se admiten margaritas como las suyas si tienen graves taras, si han sido pisoteadas o si vienen enfermas, pues así nuestra conciencia nos permite castrarlas sin problemas. Como se ve que la chica tenía algo de carácter (estas son las peores, que no quieren entrar en razón) ha tratado de justificar la crianza de esas aberraciones de la naturaleza en su amor por la especie, y ha intentado razonar con nosotros con argumentos de tolerancia y libertad de elección... la ingenua... Si lo que importa no es eso. Lo que importa es que nosotros estamos en lo cierto, y nadie más. Las demás consideraciones no tienen cabida en nuestro grupo.

Por supuesto, ante la avalancha de opiniones en su contra, no la ha quedado más remedio que rendirse a la evidencia, y ha salido por patas del foro. Lo a gusto que me he quedado con la sentencia irónica que he escrito al final de su post... Somos grandes, somos muchos y somos perfectos ¿Que nos importa a nosotros las opiniones de los demás?

¿Ridículo?... Quizás... ahora volved a leer el texto, y cambiar la palabra margarita por gato... la realidad siempre supera a la ficción.



Por supuesto, sigo diciendo que las generalizaciones no son buenas, que no todo el mundo es tan malo como parece, y que en todo grupo siempre hay gente buena, que merece la pena conocer, y otros a los que hay que dar de comer aparte.

miércoles, 29 de agosto de 2007

Violencia y lenguaje



Tenemos, por desgracia, un idioma que no ayuda en los asuntos del amor. El nuestro es un idioma hecho para la guerra, derivado del latín vulgar que usaban los soldados eméritos que llegaban a nuestras tierras en busca de su recompensa por años de servicio en las Legiones. Un pequeño trozo de tierra en un país fértil y tranquilo. De ahí que sea el nuestro un vocabulario rico en insultos, descalificaciones y vituperios varios. Es agresivo en su sonido y más en su ejercicio, rico en sonidos fricativos, oclusivos y palatales, que parecen más gruñidos salvajes que elementos de comunicación.

Con estos mimbres no es extraño que hagamos los cestos que hacemos... si ya nuestro lenguaje es violento y agresivo, resulta difícil darle el sentido necesario para trocar aquellos rezongos en el reflejo de unos sentimientos que pretenden emocionar a nuestras parejas. Muy difícil, de verdad. A mí, al menos, me resulta complicado expresar emociones y sentimientos con las simples palabras, así que suelo recurrir al gesto, al sonido de una caricia o al sabor de un beso para ayudarme.

Pero imaginad que a la vez que tratamos de expresar nuestro amor por otra persona, tuviéramos la imperiosa necesidad de hacerle llegar también nuestra frustración, nuestros miedos, nuestras carencias y nuestra inseguridad. Es entonces cuando el origen castrense de nuestro idioma nos juega malas pasadas... y si encima nosotros mismos no andamos muy sobrados de personalidad, de seguridad en uno mismo o de seguridad en el amor que nos profesa la otra persona, es cuando nuestro animal interior se desborda y tendemos a pasar de la palabra a los hechos.

Pero no me gusta ser paternalista en este tema. La bofetada que inicia el camino de la violencia no tiene su origen sólo en nuestros fracasos o en la inoportunidad de nuestra lengua. Imagino que este tema, que da de comer a tantos expertos en psicología, sociología y antropología de nuestro país no puede tener un origen y un trasfondo tan simple como este. Ha de haber algo más en nuestra cultura que impulsa a creer a tanto necio que es superior a su pareja... o todo lo contrario... que es lo que me parece a mí, al menos. La mal llamada violencia de género ha de tener su germen en actitudes y costumbres mucho más complejas que lo que yo puedo imaginar. Porque lo cierto es que no imagino cómo se puede llegar a ésas situaciones. Ya he comentado en más de una ocasión que no entiendo el abuso en ninguna de sus maneras. No me cabe en la cabeza idea alguna que me impulse a hacer daño a las personas que aprecio. Así que no puedo entender su origen ni lo que pasa por la cabeza al animal que levanta la mano a su compañera o a sus hijos.

Pero sí puedo animaros a reflexionar sobre la violencia que ejercemos con nuestro lenguaje. Yo intento por todos los medios a mi alcance desterrar de mi cabeza expresiones como: “MI mujer”, “MI hija”, “MI amiga”... Porque aunque el lenguaje no ayude, sé positivamente que esos pronombres, de la clase “posesivos” (que fea palabra cuando se trata de nombrar a seres humanos) no hacen sino alimentar nuestro egoísmo y hacernos creer que, efectivamente, tenemos más derechos sobre otro ser humano que el de compartir con él nuestra vida o nuestra compañía.

Hace poco, una amiga reflexionaba sobre el abandono en el que se sentía cuando vio como un amigo (imagino que muy especial) separaba su vida de la de ella. Gema, que es muy, pero que muy inteligente, colegía que no hay violencia mayor que obligar a otra persona a hacer lo que en realidad no desea. Ánimo para ella, que con su inteligencia ha sabido encontrar el camino del verdadero amor, sin violencias y con ambos miembros en libertad. Con esa actitud y esa clarividencia es como realmente se llega a ser feliz.



jueves, 9 de agosto de 2007

Que no lo entiendo

Que, de verdad que no lo puedo entender...

Que no me cabe en la cabeza que alguien pueda hacer daño a una niña de 18 meses, por muy enfadado que se esté.

Que tengo una hija de casi ésa edad y tengo que contener mi instinto de correr hacia ella cada vez que se da un topetazo para no mimarla demasiado y no protegerla en exceso, convirtiéndola así en alguien demasiado dependiente.

Que es a eso a lo que te empuja el instinto, no a hacer daño a tu propia prole.

Que ni siquiera las ratas, más agresivas que el ser humano, son capaces de herir a sus crías. Ellas que entienden la agresividad como una forma de relación. Que sus encuentros y reconocimientos de jerarquía dan lugar a empujones como si se tratase de un concierto heavy; y que acaban haciendo que sus colas se enreden en nudos imposibles de desatar, muriendo de pura violencia contenida, de agobio y de frustración –lo que se ha dado en llamar “rey de ratas”- son capaces de dañar a sus retoños ni siquiera por omisión.

Que otros animales con fama de muy agresivos, como por ejemplo los diablos de Tasmania, son capaces de morir de rabia, golpeándose contra cualquier cosa antes de infligir perjuicio a sus cachorros.

Que me dan ganas de coger el mango de mi hacha y liarme a hostias con tanto hijo de puta que hay suelto por el mundo (con todo mi respeto a las prostitutas y a sus hijos, que no tienen la culpa de que en mi idioma no se conciba mayor insulto).

Que, por tanto, ¡¡¡¡ME CAGO EN LA PUTA MADRE QUE LE PARIÓ A ÉSE ENGENDRO, A SU FAMILIA Y A TODA SU RAZA!!!!

Que el suicidio no es suficiente castigo por el delito cometido.

Que tendría que haber sobrevivido para sufrir mucho y muchísimo tiempo, y aún así, no habría expiado su culpa.

Que espero que no tenga más hijos por ahí sueltos, porque los genes de ése individuo no deberían transmitirse, por el bien de la humanidad.

Que, por favor, si los tiene, alguien con autoridad condene a muerte a los engendros de ése cabrón, que su ADN debe perderse, no vaya a volver a pasar en el futuro.

Que sé que me estoy pasando, pero tengo un cabreo que no se lo deseo ni a mi peor enemigo.

Que nunca he entendido cómo alguien puede abusar de su fuerza física con una mujer o un niño.

Que siempre he pensado que quien golpea a una mujer debería cortarse la mano con que cometió tamaña villanía.

Que me los dejen a mí, por favor. Sólo pido una habitación a oscuras y la posibilidad de que midan sus fuerzas contra mi rabia, a ver si así demuestran los hombres que son...

Que no puedo escribir más porque tengo las gafas empañadas de lágrimas de rabia y de ganas de dar un mordisco en la yugular al mundo entero.

Aunque sé que eso no arreglará la injusticia cometida... pero al menos igualaré el tanteo: LO PROMETO.

P.D. Por favor, si hay alguien que tenga posibilidad de llevar a cabo mi petición, que los vaya ordenando por tamaños: los más grandes primero. Y un orinal para los que esperen...

miércoles, 8 de agosto de 2007

Don Erre que Erre

Nunca me cansaré de decir que todas las generalizaciones son falsas –incluida la que acabo de escribir-, pero todas ellas tienen un fondo de razón. Pero si la generalidad procede de un refrán, tengo que hacer la excepción que confirma la regla. La procedencia de estos dichos, que emanan de la experiencia y la sabiduría popular, no pueden dejarse sin escuchar, ya que suelen estar cargados de razón. En mi tierra hay uno que dice: “Quienes duermen en el mismo colchón se vuelven de la misma condición”. Es una verdad como un templo, porque me estoy dando cuenta que cosas y situaciones a las que nunca había dado la mínima importancia, se están volviendo esenciales para mí. Entre ellas está la intransigencia ante las pequeñas injusticias que veo diariamente.

Antes, para mí, en un país en que la picaresca es ley de vida, las pillerías en las que cazaba a algunas personas no hacían ni que me inmutase... en el único país del mundo en que las botellas de licor tienen tapón irrellenable, y el único en que se siguen rellenando dichas botellas a pesar de que somos el lugar de Europa en que más barato es el alcohol; los pequeños hurtos o timos a los que, en ocasiones, me veía envuelto, no mellaban para nada mi ánimo. Y el único esfuerzo que suponían era el de esbozar una sonrisa torcida cuando cazaba al infractor; o, como mucho, reírme en su cara del intento, haciéndole ver que me engañaba porque yo así lo quería. Esto está cambiando últimamente. Ya no me hace ni pizca de gracia que intenten tomarme el pelo. Un ejemplo:

Hace unos días, mientras visitaba a mi amigo José, me quedé sin tabaco a altas horas de la madrugada, así que muy de mañana, me acerqué a un estanco que está en el Eroski de Fuengirola –la población más cercana a mi alojamiento- para comprarlo.

- Buenos días, dame un paquete de Camel, por favor –dije a la muchacha rubia que acababa de abrir el estanco. Muy mona y muy puesta, por cierto.

- Buenos días –contestó, dándose la vuelta y tomando de la estantería el producto solicitado- Aquí tiene, son 2,70.

En aquél momento, no me di cuenta de la burrada. Quizá se debe a que con la edad estoy perdiendo reflejos, o que mi oído no es el que era antes, pero le di 3 € y esperé la vuelta.

La muchacha pasó la cajetilla por el lector de código de barras del ordenador y me dio la vuelta correspondiente a su anuncio. Si mis reflejos y mi oído no son buenos, lo que no ha perdido filo es mi vista, muy ligada a mi instinto depredador. En la pantalla del terminal ponía en letras de tamaño sesenta y cinco la cantidad de 2,20€.

- Oye... ¿Qué me cobras? –Solté mirando las monedas de mi mano-.

- ¿Por qué?¿Pasa algo?¿Está mal?

- Pues... creo que sí... –Dije tendiendo la vuelta hacia ella-.

- A ver... – Me sonríe ella, y continua-... No, está bien, me ha dado 3 € ¿no?

- Sí... – Empiezo a encenderme- Te he dado tres euros y me estás cobrando 2,70 como si fuera un extranjero... y el paquete vale 2,20, mocita...

Sorprendida por el tono, la chica se quedó un poco cortada, pero reacciona violentamente y con rapidez.

- No señor, son 2,70 € -Contesta ofendida, y haciendo una pausa, como para tragar saliva, continúa- La tienda es mía y el precio lo pongo yo. Si quieres el tabaco lo pagas, y si no, te vas a otro sitio.

- Sí que me voy a ir... sí... pero a la Guardia Civil, ahora mismo. En cuanto me pases una hoja de reclamaciones que rellenaré por el camino. A ver si es cierto que un estanco puede gravar el precio fuera de los márgenes establecidos por Ley.

Por supuesto, su seguridad se hizo añicos en cuanto vio que no iba a montar un escándalo, sino que realmente pretendía tomar las medidas que la había anunciado. Debe ser la cara de mala leche que tengo. O que cuando se me mira a los ojos no se adivina fácilmente mis intenciones. Tenía un amigo en la mili con el que comencé con mal pie. Nos peleábamos bastante a menudo al inicio de nuestra relación. Después, con el tiempo, cuando nos hicimos buenos amigos me confesó que le daba miedo la “pena” con que lo miraba antes de machacarle las costillas. A la muchacha del estanco le debió pasar lo mismo. El caso es que rectificó:

- ¡Uy! Perdona, me he equivocado... si lo que me has pedido es Camel... no sé dónde tengo la cabeza –Decía con la mejor de sus sonrisas, pero rabiando por dentro- Aquí tienes... y perdona otra vez por el despiste – Mientras me devolvía los cincuenta céntimos timados-.

- Sí, mujer, sí... –Dije maquiavélico- como que tienes mucho tabaco a 2,70. No si al final me tengo que callar y dejar que me tomes por tonto...

Y, por expresar mi enfado, y en parte para provocarla, encendí un cigarrillo y me marché moviendo la cabeza en una negación que quería decir “lo que tiene uno que aguantar” (Recuerdo a mis lectores que está prohibido fumar dentro de los estancos, y mucho más en los estancos que están dentro de un centro comercial) Pero ni la muchacha ni los seguratas se atrevieron a llamarme la atención, a pesar de que había uno tan cerca que seguro que había escuchado perfectamente la discusión. Sé fehacientemente que mientras me alejaba la chica me estaba poniendo los cuernos, o sacando la lengua, o algo semejante, pues sentía su mirada clavada en mi nuca como si fuera un dardo venenoso.

Pero no se trata de los cincuenta céntimos de euro de la diferencia. Ni de los cincuenta céntimos del desayuno de esta mañana, que también la he tenido en mi ciudad con una antipático camarero por culpa de un puto zumo de naranja. Se trata de las injusticias con que nos dejamos atropellar de vez en cuando por no discutir. Por miedo al escándalo pasamos por alto nuestra dignidad, que es la vulnerada en estos intentos de timarnos que en nuestro país crecen como setas en cuanto llega el verano, incluso con los aborígenes. Como si con el calor todos nos volviéramos turistas extranjeros y estuviera permitido sacar tajada de nuestra ignorancia del idioma o de las costumbres.

Yo no soy don Erre que Erre. No me importan los puñeteros cincuenta céntimos. Pero un día de estos van a colmar mi paciencia y voy a tener que partirle la cara a alguien... y entonces se culminará el proceso de identidad con mi esposa que predice el refrán... en cuanto explote y pierda la imperturbabilidad que me caracteriza... jajajajajajja...






jueves, 26 de julio de 2007

Asilo político.

Tengo un amigo que conocí por internet hace ya más de 8 años. En todo este tiempo, pese a la distancia que nos separa, no hemos roto el contacto, al contrario, nuestra amistad ha pasado por multitud de fases, como es lógico en toda relación de este tipo, y ha salido reforzada de cada una de ellas. La verdad es que no es un caso atípico en mi vida, ya que he conocido a muy buena gente por internet, incluyendo a mi esposa, que pese a ser de la misma ciudad, no habíamos coincidido nunca y probablemente no hubiésemos congeniado de no haber hablado antes por este medio.
El tema de este amigo es especialmente particular, ya que provenimos de mundos completamente distintos socioculturalmente hablando. Sin embargo, enseguida conectamos en una relación que tiene más de hermanamiento que de amistad.
Mi amigo acaba de sucumbir a la moda, propiciada por los calores del verano, de la separación y el divorcio. Digo que es una moda, porque últimamente me estoy encontrando en medio de una auténtica epidemia de éste mal. Recientemente mi propio hermano ha decidido terminar la relación con su mujer, hace un par de años mi hermana hizo lo propio, y algunos amigos y conocidos más están cayendo a mi alrededor como moscas.

Quizá a mi hermano, con su pérdida reciente, debería haberle prestado más atención, pero por su forma de ser y la manera en que ha tomado la decisión, se le ve más entero y estable que a este amigo al que me refiero.

Noto que necesita a alguien a su lado en estos días, así que he tomado la decisión de hacer el viaje para acompañarlo en tan malos momentos.

Para animaros a ayudarme y para consolar a mi amigo, he elegido esta canción de Pau Donés:


miércoles, 4 de abril de 2007

condenada educación

No estoy a favor del uso de la violencia. Al contrario que mucha gente, no puedo decir que reniegue de ella "por principio", sino que he llegado a esa postura desde el convencimiento práctico. En mi vida he tenido ocasión de entrar en contacto con personas y situaciones en que la violencia formaba parte de un todo, de una forma de vivir o de defenderse de las circunstancias que nos rodean. Yo he sido una de esas personas; y hasta que maduré lo suficiente para darme cuenta que vencer no es convencer, hice uso de la violencia tal y como lo aprendí en la calle. No estoy orgulloso de ello, pero sí de haber sabido superarlo y de comprender la forma en que se genera dentro de uno mismo o en las personas que nos rodean, y encontrar la mejor manera de ahogar al monstruo antes de que sea demasiado fuerte para poseernos. En mi juventud usé y abusé de la violencia tanto como me era posible, ya que para mí, suponía una forma de vida natural y espontánea, un modo lícito de imponer mi voluntad o de hacer escuchar mi opinión. Tuve muchos problemas, incluso legales, y hoy puedo presumir de haber vencido esa tendencia, de hacer de la calma y el dialogo unas formas mucho más efectivas y duraderas de resolución de conflictos.

De aquella época conservo, aparte de los conocimientos intrínsecos de vulnerar, una cierta agresividad en la forma de comunicarme que pueden sorprender o espantar a los extraños, a quienes no me conocen bien; pero que aquellas personas que viven a mi alrededor han aprendido a conocer y soportar sin sentirse amenazados. Recuerdo que, al principio de nuestra relación, a la que hoy es mi mujer, sus amigos la avisaban sobre la posibilidad de estar intimando con un maltratador en potencia. Nada más lejos de la realidad. Si estoy en contra de la violencia gratuita, en el caso de la violencia contra mujeres o niños, soy partidario de su castigo público y contundente. No hay nada más vejatorio que abusar de quienes, por naturaleza, no están capacitados para defenderse. Siempre he dicho y vuelvo a suscribir ahora que quien maltrata a una mujer o a un niño debería tener la suficiente hombría para cortarse el brazo con que dio el golpe. Sé que suena bestia y de una honorabilidad trasnochada, pero es así como pienso.

Y ahora voy a contradecirme un poco: leo con espanto una noticia en el Norte de Castilla que me ha hecho pensar hasta qué extremos hemos llegado en nuestro celo por proteger a los menores. No sé si estoy tan de acuerdo con la injerencia de la ley dentro de nuestras casas, de nuestra vida familiar, de la educación de nuestros hijos. Condenar a un padre a 3 meses y 21 días de prisión por dar un zapatillazo a su hija adolescente, me parece, no excesivo, sino esperpéntico.

Mi generación ha crecido con la amenaza de la zapatilla de nuestras madres, o como en mi caso, del palo de la escoba. En mi caso concreto, mi madre ha roto tantos palos de escoba en mi cabeza que, tras tantos años de práctica conmigo y con mis hermanos, podría dar lecciones de esgrima a los más expertos tiradores del mundo. Lo digo en serio: he visto algunos senseis de Kendo que no tendrían nada que hacer en un tatami contra mi progenitora armada con un cepillo de barrer.
Comentarios aparte, esta forma de impartir disciplina no me parece que haya sido perjudicial para nuestro desarrollo. De hecho, nos ha impelido a buscar otras formas menos agresivas de educación. A casi ninguno le gustaba ser castigado con un par de buenos zapatillazos, así que ahora tratamos de educar a nuestros hijos en el dialogo, en la tolerancia, y en la autodisciplina, procurando no castigar físicamente e imponiendo las normas de convivencia dentro de nuestras casas por medio del raciocinio y de la comunicación.

El problema es que en esta ecuación, hay dos partes. Y si una de las partes no se aviene a la convención establecida, no estamos educando, sino consintiendo en exceso a nuestros vástagos. Estoy harto de ver a compañeros de mi generación con multitud de problemas a la hora de educar a sus hijos, no sólo adolescentes, sino infantiles, que se enfrentan a los padres con un descaro inconcebible en nuestra época.

Puede que no toda la culpa sea de nuestros hijos. Por como está estructurada nuestra sociedad hoy, los dos cónyuges tienen que trabajar para poder pagar las hipotecas excesivas, los gastos que genera la vida en común, y los niños no pasan tiempo suficiente con sus padres. Encuentro lógico que el poco tiempo que pasamos con ellos no queramos dedicarlo a enfrentamientos, no queramos que se sientan agredidos por nuestra forma de ver las cosas, no queramos estar enfadados o que ellos se enfaden con nosotros, así que la disciplina tiende a relajarse, nos sentimos tentados a consentirlos más, para no tener que castigarles durante el poco tiempo libre que podemos concederles. Y cuando las situaciones se desmadran, a nuestro entender, nos encontramos con que es demasiado tarde para "enderezarlos"...

Siempre he dicho que nadie conoce mejor a un hijo que sus propios padres, si la comunicación es la adecuada. Y que para educar a mi hija, no necesitaré de la violencia ni del castigo físico, puesto que sé lo que la gusta y tengo potestad para privarla de ello si necesito disciplinarla, pero ¿Y si eso no es suficiente? ¿Y si se rebela contra lo que ella, seguramente, verá injusto, mientras yo lo considero necesario? Me temo que algunos de los excesos que cometen hoy los niños con los adultos (maltrato a los profesores, a los ancianos, falta de respeto en general, etc) tienen su origen en el momento en que sus padres ceden ante esta forma sutil de chantaje. Si me echo atrás en un momento poco propicio, mi hija sabrá que puede hacer lo que la venga en gana. El resultado de esa forma de educación puede ser otro monstruito incapaz de adaptarse en sociedad, otro despojo humano que cree poder salirse siempre con la suya; lo cual, como es evidente, nunca es así. Pero descubrirlo puede hacer de ella una inadaptada, una persona infeliz o una sociópata. Y no estoy dispuesto a consentir eso.

Quizá la linea entre disciplina y maltrato sea muy fina. Puede que sólo se pueda distinguir una de otro por la actitud con que se imparte. Entiendo que la frustración no es justificante para dar un zapatillazo a nadie, al igual que la violencia no es la forma adecuada de imponer tus ideas. Pero aún así, reclamo mi derecho como padre a dar un azote a mi hija cuando considere adecuado hacerlo. Reclamo mi derecho a imponerme por la fuerza cuando mis razones no produzcan el efecto deseado, en arras de la educación que deseo para ella. Quiero hacer de mi casa una democracia en la que el poder judicial sea efectivo, sin que el poder judicial de la sociedad pueda injerir en su aplicación. Este atropello judicial en la intimidad de mi domicilio no puede ser bueno ni para la educación de mi hija, ni para mí, ni para el resto de los padres responsables. No podemos dejar que el exceso de celo interfiera hasta el punto de que los hijos olviden el respeto y la obediencia a sus mayores, o la siguiente generación nos hará añorar los tiempos de mi abuelo, en que se trataba de usted al cabeza de familia.

Y hablando de mi abuelo: recuerdo una ocasión en que sacó a cintazos a un tío mío de casa, teniendo éste la edad que yo tengo ahora (41 años) sólo por que se le ocurrió mandar a la mierda a su madre. A mi abuelo todo el mundo le trataba de usted y nunca fue acusado de maltratador, no porque no se estilase en aquella época, sino porque era justo en sus juicios, aunque el castigo se realizaba con una vara de avellano en las manos. Desde su muerte he tenido ocasión de asistir a muchos entierros, tanto familiares como de otros conocidos; y en ninguno he visto llorar tanto y tan sinceramente a tantísima gente.

Yo, por si acaso, siguiendo el buen ejemplo de mi abuelo, me he agenciado una buena vara de avellano.