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sábado, 16 de febrero de 2008

CAPITULO IV ÚLTIMA PARTE Y FIN

FINAL DEL RELATO

Te entregué este avance, esta misiva en mano. No me atreví a confiarla al correo, como si quisiera asumir toda la responsabilidad. Tu respuesta no se hizo esperar. Sostuve heroicamente tu mirada encendida y mi recompensa fue el interés que leí en tus ojos.

  • ¿Es un folleto de instrucciones? – Me preguntaste con amabilidad.

  • Muy incompleto... – respondí.

  • Entonces, espero la siguiente entrega con impaciencia –dijiste.


Entonces supe a ciencia cierta que escribiría esto para ti.


Pero la recompensa no terminó ahí. Recuerdo que al principio, antes de leer la carta, te mantuviste reservada conmigo, casi hostil. Hablabas mucho, gesticulabas y te reías. Me gustaba la manera en que expresabas tu timidez, que yo conocía de sobra, mientras decidías la mejor manera de actuar a continuación.


Iniciamos un jugueteo que no tenía más objeto que el de romper el hielo de la distancia que nos había tenido tanto tiempo separados. Me tomaste en tu boca y yo hice lo propio. Yo experimentaba un doble placer, en cierto modo muy ambiguo: el de comerte y el de ser chupado a la vez. Tu sexo no estaba como de costumbre. Tenía la misma forma, la misma consistencia y el mismo poder evocador, y también reaccionaba con los mismos sobresaltos a los cosquilleos de mi lengua, pero tenía otro sabor, otro modo de retorcerse entre mis dientes... quizá otra saliva... no sé, y no me importa. Lo importante es que estamos aquí de nuevo.


De repente, deseé tu placer más que el mío y me retiré de tu boca por un momento, tú permaneciste lo suficientemente accesible como para permitirme acariciarte por debajo de la falda. Sentí la dulce suavidad de tus muslos al rozarlos. Mis manos comenzaron a recordar, al mismo tiempo que las redescubrían, las redondeces femeninas, sus atractivos, la elasticidad de una piel entre sedosa y aterciopelada, la calidez dócil y moldeable de los tejidos delicados, la humedad turbadora de cierto valle...

Permaneciste de rodillas, de espaldas a mí, pero me facilitabas la tarea con multitud de detalles, separando los muslos, arqueando la espalda y ofreciéndote por completo a mi caricia, mientras me prodigabas las tuyas.


Comencé a quitarte la ropa. La falda cedió sin problemas, y te retorciste para que pudiera alcanzar tus bragas. Como aún hacía calor, llevabas las piernas desnudas e ibas calzada con unas encantadoras sandalias que iluminaban con un vivo destello la zona inferior de tu cuerpo, totalmente descubierta. Lo que más destacaba era tu culo, enormemente excitante, redondo, insinuante y provocador. Me estreché contra ti por detrás y te enlacé por el talle. ¡ Que caliente estabas! Respondías a mi presión acercando aún más las nalgas; mis manos comenzaron a recorrerte en una danza deliciosa, cuya coreografía se debía más a la intuición que a la técnica, se deslizaron bajo tu camiseta, que llevabas directamente sobre la piel, sin sujetador, encontraron tu pecho, lo aprisionaron, lo tantearon y lo acariciaron. Tus pechos estaban muy duros, puntiagudos... ¡ y cómo se estremecían! Sentía que tus pezones se endurecían bajo mis dedos y se movían al mismo compás; comencé a rozarlos muy suavemente con la palma de las manos abierta. El placer fue absolutamente compartido: aquel cosquilleo en el hueco de mis manos se tornó tan sugestivo y turbador que comencé a sentir una inmensa sed de ti. Me deslizaba por tu cuerpo como si se tratara de una guitarra, de un instrumento sensible que vibrara soberbiamente bajo los dedos de un músico enamorado. Dejé tus pechos para ir al encuentro de tus caderas y tus nalgas. De redondez en redondez, iba abandonándome... ¡Ah! La intuición, en efecto, prevalecía sobre la técnica... Sin embargo, a partir de aquel momento la intuición fue reemplazada por mi propio deseo, un deseo loco de poseerte, de saciarte, de seducirte, de hacerte gozar.


Te levantaste; tenías un aspecto extraño... No me dejaste acercarme a ti mientras te ponías el vestido negro al que hacía alusión en mi carta. Cuando terminaste, hiciste una picardía que sabes que me encanta, levantarte el vestido para dejarme ver tu sexo, hoy desmesuradamente abierto e hinchado.

  • ¡Mira! –Dijiste.

  • ¡Mira tú también!


Hacia mucho tiempo que estabas acostumbrada a obedecerme.

Y miraste, reconociéndote en el espejo. Intentaba repetir el juego que descubrimos en aquel recordado viaje. ¡Que delicioso tormento sorprenderse así, en el propio desenfreno! ¿Quién inventó los espejos? ¿Quién fue el primero al que se le ocurrió la idea de descubrirse, de gozar de su propia imagen, de masturbarse ante el espejo, de joder con su reflejo? Desde Narciso, en todos los burdeles hay espejos, y aquel día descubrimos la razón, al saborear el doble placer de actor y espectador, el goce turbador de contemplar una película guarra cuyos protagonistas somos nosotros.

Te deseaba, te deseaba intensamente, quería tomarte, masturbarte, comerte y beberte, descubrir tu sabor y tu olor más íntimos, y suscitar en tu vientre una oleada de placer. Así que comencé a acariciarte de nuevo con la intención de hacerte perder de nuevo el control.


El líquido fluía bajo mis dedos como si manara de una fuente, mientras tus rodillas se iban separando poco a poco para facilitar mis exploraciones. Te acariciaba con las dos manos, profunda y concienzudamente. Te abría como se abre un fruto jugoso en pleno verano, vagaba de un extremo a otro de tu hendidura y, al pasar por tu culo, sentía su llamada palpitante bajo mis dedos: ése sería el camino de mi sexo hoy. Te incorporaste un poco y cambiaste de postura – ya no estabas de rodillas, sino en cuclillas -, y entonces me resultó más fácil penetrarte, en profundidad y simétricamente. Introduje al mismo tiempo los dos índices en tu coño, que resbalaba como si estuviera untado de aceite, y los dos pulgares en tu culo, que se ofrecía con descaro. Estabas caliente por dentro y por fuera, ardiente, deliciosa y excitada al máximo. Me entretuve pellizcando y tanteando el elástico tabique que separaba mis dedos, los cuales se deslizaban por tu culo con regularidad y firmeza, y recorrí tu vagina con movimientos circulares infinitamente lentos y suaves.

Mis manos, que se movían con una inteligencia frenética, te sostenían por completo, pues las fuerzas te abandonaban a medida que el placer te iba invadiendo y apenas podías apoyarte en el espejo que reflejaba nuestra doble imagen. Sin embargo, en aquel momento yo era más fuerte que Atlas, y el fardo que reposaba en mis brazos, más importante que todo el universo. La mujer del espejo realizó unos movimientos rápidos y verticales, como el galope de un caballo de tiovivo, y yo puse todo mi empeño en acompañarla en su éxtasis, sosteniéndote con fuerza. Luego se quedó inmóvil, tensa, rígida, en la cima del goce que acababa de proporcionarle.


La belleza de aquel rostro tenso del espejo desencadenó mi reacción, violenta y apresurada... me sentía celoso de mi propia imagen en el espejo, así que te cogí por la cintura y te senté encima de mí, buscando la puerta secreta que tan fácilmente había holgado en aquella ocasión.


Tus muslos, totalmente separados, me revelaban el turbador espectáculo de nuestra unión reflejada en el espejo. Veía mi dardo hundido en ella, mis testículos ligeramente aplastados bajo sus nalgas y su sexo abierto, tornasolado por la oleada que acababa de anegarla, nacarado, brillante, fluctuando entre el rojo oscuro y el rosa más tierno. Observé fijamente tu imagen, loco de alegría; hubiese deseado que mi mirada te quemase, y sin duda era así, ya que mantenías los ojos obstinadamente cerrados.


Hice que te giraras y cambiamos de posición, necesitaba contactar con esos ojos que me estaban volviendo loco de angustia por hurtarme el placer de compartir el tuyo. ¡Señora! Es de muy mala educación no mirar a la gente a la cara. Es de muy mala educación y, además, muy estúpido, pues, en determinados momentos, no hay nada que resulte más delicioso que la vergüenza. Vamos, amor mío, abre los ojos y mira cómo te miro. Te hago el amor sólo con la mirada. Lee en mis pupilas y en mi rostro lo que siento ahí, a menos de un metro de mi cara. Descifra mi turbación y mi deseo, mi voluptuosidad al contemplarte así, como una mujer lúbrica y con todos sus secretos al descubierto. Tu herida es profunda, neta y precisa. El vello que la rodea la destaca sin protegerla. Me sé de memoria todos los pétalos de tu flor, la espuma de tu concha; siento tu clítoris erguido y exacerbado sin necesidad de tocarlo. Te exploro, te desmenuzo, te saboreo, te ansío sin escrúpulos... Te veo ensartada por el macho, te veo apretar el culo sobre mi columna... y el jugo que escapa de ti moja poco a poco mis cojones... Al contemplar este espectáculo olvido las dimensiones de la realidad, me sumerjo en un universo fabuloso donde la vida no es más que un apareamiento, en un universo mítico, milenario y antediluviano. Me siento hipnotizado por el placer de nuestras nupcias: mi corazón y mi sexo laten al unísono, al ritmo de esta danza tan vieja como el mundo. ¡Mírame! Eres una hermosa hipócrita que se la deja meter, que se deja poseer y ni siquiera se atreve a levantar la mirada. Tienes el coño abierto de par en par y los ojos cerrados en nombre de un viejo pudor. Si me miraras, si te atrevieras a abrir los ojos ante el humilde testigo y partícipe de este maridaje íntimo y cautivador, te besaría. ¿ Me oyes? Te besaría y arrastraría conmigo con más rapidez e intensidad de lo que nunca hayas vivido.


Un ligero parpadeo resultó suficientemente tentador para interpretarlo como una rendición. Posé mi boca en la tuya y bebí del manantial. Estabas apetecible como un melocotón, tibia, jugosa y perfumada. Olías a mujer y a hombre a la vez, y abracé los dos sexos en el mismo beso, arrastrándote con mi orgasmo, que más parecía una explosión.

Traté de alcanzar tu vagina para disfrutar de tus contracciones con uno de mis dedos a la vez que con mi sexo, y me dí cuenta que el camino estaba ocupado. ¡ Estaba dentro de ti, pero no por el camino que yo había elegido! ¡Acababa de correrme allí donde nuestro mutuo placer podía producir fruto!

Creo que mi voz dejó traslucir el terror de aquel descubrimiento. Y aunque tu reacción fue inmediata, no te separaste de mí; permanecimos abrazados en una paz tácitamente firmada, como si supiéramos que aquella ocasión, pese a reunir todas las condiciones favorables para que fructificara nuestra unión, no sería la elegida para que dicho fruto madurase. Me extrañó un poco que tu reacción no se exagerara como de costumbre. Casi me atrevería a asegurar que... ¡ Te complacía esa situación!

Creo que pocas veces te he amado como en aquella ocasión...


lunes, 11 de febrero de 2008

CAPITULO IV

CAPITULO IV

Inmediatamente después a esta experiencia, las cosas se precipitaron... Cada uno de nuestros encuentros se convirtió en una especie de obra de arte que nos empeñábamos, tanto uno como otro en perfeccionar. Tú habías aprendido de mis caricias, de mis palabras, de mis besos hasta qué punto la paciencia y la aplicación podían resultar provechosas, tanto para tu propio placer como para el que en cada jornada habías aprendido a proporcionarme. Hasta conseguiste entender aquello de que en el amor no hay nada prohibido, sucio o desagradable cuando ambos amantes desean hacerlo. Yo me había convencido, gracias a tus caricias, que la ternura no era lo mismo que el sexo, que el sexo no era lo mismo que el amor, que el amor no era lo mismo que la amistad, y que todas esas cosas juntas era lo más maravilloso que me había encontrado en mi vida; incluso aprendí los placeres que puede proporcionar una sana violencia, bien orquestada, consentida, e incluso en ocasiones esperada. Cada vez que nos reuníamos, avanzábamos uno al encuentro del otro con una curiosidad infinita por los gestos, las palabras y las situaciones aún no descubiertas, con una pasión febril de coleccionista, con una sabiduría ambigua que nos hacía circunscribir nuestras preocupaciones comunes al ámbito de la voluptuosidad. Ensayamos mil y una situaciones nuevas; inventamos mil y un lugares distintos donde amarnos y sentirnos el uno al otro. En cualquier momento o lugar sentíamos la urgencia de explorar nuestro nuevo universo de placer y de amor. ¡Que feliz me sentía entonces! ¡Que fácil nos resultaba llegar a un acuerdo tácito, sin palabras, sobre cuándo o cómo!

Y fue en el clímax de esa situación idílica, cuando nuestra relación comenzó a cojear de quién sabe que pié. Conociste a aquellos amigos del Sur... Comenzaste a sentirte atrapada... Te marchaste a averiguar lo que sentías... Pero como dije al principio, no te quiero recordar los momentos tristes. El verano que pasamos no es digno de recordar.

Poco a poco, sin apenas darnos cuenta, nuestras vidas comenzaron a juntarse de nuevo... Nos fuimos de vacaciones... Y cuando volví a casa y tú te quedaste allí, sentí que de nuevo renacía el amor, que volvíamos a estar casi como al principio. Fue entonces cuando comencé a madurar, tras varios intentos infructuosos la idea de este libro. Fue cuando me pediste por teléfono que te escribiera algo... y lo hice.


Escribí: "El otro día, cuando se te cortó la comunicación, cuando escuché “escrib...”, pensé que tras los maravillosos días que acabamos de pasar juntos, merecías algún poema, alguna canción, alguna composición lírica que reflejara mis sentimientos por ti, la alegría de amarte y la tristeza de no tenerte a mi lado en estos momentos. Pero ya me conoces, soy vago por naturaleza; y esto, unido al sobreesfuerzo que supone alinear mis emociones en unas páginas manchadas de tinta, - proeza atlética que sólo por una persona tan especial como tú soy capaz de realizar- ha hecho que sólo tras tu petición expresa de ayer, me decida a comenzar algo que, sinceramente, no creo que merezca la pena.

Y es que solamente tú, con tu bondad y tus sentimientos cegándote, crees en mí; eres la única persona del mundo que piensa en estos garabatos inconexos como en el fruto del trabajo y la mente de un escritor. Quizá por eso, y porque te amo como no he amado nunca, me cuesta menos escribir para ti. "Escríbeme algo bonito” –me dijiste ayer -. Y créeme que lo intento; llevo toda la noche buscando un tema sobre el que, pincelada tras pincelada, componer un cuadro que te haga jadear de emoción. Y no se me ocurre nada.

Cada vez que lo intento evoco tu figura. Cuando pienso en los días pasados, recuerdo tu perfecta nariz quemada por el sol; cuando imagino el proyecto del camping, me inunda la cabeza tu sonrisa de felicidad y de ilusión. Cuando recreo tu vuelta, son tus ojos, el día que nos despedimos, los que anegan mi corazón. Cuando pienso en lo feliz que he sido junto al mar, en la playa, es tu cuerpo tendido al sol y cubierto de aceites el que me viene a la memoria; si intento figurarme cómo sería la vida viviendo juntos, es tu rostro en el momento supremo del placer lo que veo.

Y cuando intento tranquilizarme, controlar este deseo de abrazarte y besarte hasta fundirnos la piel, enciendo de nuevo la pipa, pienso en todos esos pequeños placeres que he disfrutado a tu lado: la pipa y el güisqui nocturno, el ritual de sacarme algún pelo de la barba, o la odisea del hilo de seda. Y sobre todo recuerdo cuando compartíamos la ducha, con el agua deslizándose por tu cuerpo y cayendo al suelo desde el vello de tu sexo, como si manase de él lo mismo que haría de un manantial de montaña.

Como ves, todo lo bonito o hermoso que he disfrutado está ligado a ti, todos los placeres que merecen la pena no son tales si no puedo disfrutarlos contigo. Me encanta viajar, y, sin embargo, el viaje de regreso fue aburrido y eterno sin tu compañía. La respuesta a todo esto está muy clara, y lamento reiterarme de este modo tan poco elegante; pero es que estoy profunda y absolutamente enamorado de ti. Y lo estoy de una manera sana y convencida, como nunca lo había sentido antes.

Cuando intento compara mis sentimientos actuales hacia ti con todo lo que he sentido anteriormente, llego a la conclusión de que todo lo pasado era fingido, era un aprendizaje, como un entrenamiento para poder disfrutar de verdad esto que paladeo ahora. El amor que siento en este momento no es fruto sólo de la pasión; en otras ocasiones he obtenido más sexo que en este momento contigo, aunque bien es cierto que la calidad del contacto tampoco se puede comparar, quizá –y no es la primera vez que llego a esta conclusión- en parte por eso precisamente, por el amor que siento por ti. Tampoco es fruto del capricho o de tu hermosura, que es mucha.

Es un amor maduro, violento y veraz. Es maduro porque aunque siento miedo –y todo aquel que no lo confiese es porque no ama de verdad- de perderte, a entregarme y a aceptar este sentimiento como es; aunque aún siento miedo a descubrir que tú no me amas como yo a ti; y aunque aún me preocupan y me agobian todos estos miedos hasta el punto de complicar, a veces en exceso, nuestra relación; a pesar de todo ello, siento placidez en mi interior.

Es un amor sin preocupaciones desmesuradas y sin alteraciones propias de la juventud. Sin angustias vitales y sin posesividades que ahoguen la razón. Y es tan hermoso amar así...

También es violento. Es un amor violento por su forma de nacer, inesperada por ninguno de los dos. Es violento por los arrebatos que siento en ocasiones de abrazarte y acabar con la distancia que supone nuestra piel. Es un amor a golpes –los que tú me das- que mantiene un rescoldo encendido en todo momento y que, sin aviso previo, hace crecer una llama que nos abrasa a los dos. Y es violento por la ternura que nos amansa y nos hace disfrutar del dolor que sentimos cuando no podemos estar juntos. Espero que me entiendas esta reflexión...


Y por último, sé que es veraz por su dureza y solidez. Es resistente a tus rabietas y a mis enfados, a veces eternos de largos. No se arruga por las circunstancias adversas que nos rodean. No le importa tu familia o la mía, ni el abismo de presiones sociales o económicas que afronta. No disminuye con la distancia que, a veces, nos separa, ya sean kilómetros o actitudes. Es fuerte porque se limita a resistir y a colarse en mis pensamientos para lanzarme, en el momento más inoportuno, un recuerdo de ti. Es verdadero porque si no lo fuera así no me hubiera hecho buscarte durante tanto tiempo sin importar le la época o el lugar donde te fuera a encontrar... Él es así.

"Escríbeme algo bonito” vuelvo a recordar. Y ahora que llevo un rato pensándolo, me doy cuenta. No conozco nada más bonito que tú y que los sentimientos que me inspiras. Sueño con abrazarte desde el mismo momento en que subí a aquel tren. No deseo nada más que volver a pasarte el brazo por la cintura y atraerte hasta mí; sentir tu pecho junto al mío y tu lengua jugueteando en mi boca. ¡Ah! Y tu olor... volver a percibir tu olor inundándome por completo. Notar tu piel estremeciéndose bajo tu ropa es una sensación maravillosa, pero poder llevarme tu olor a casa y evocar ése momento cuando estoy a solas... es casi como hacerlo eternamente, sin interrupción.

Deseo tenerte de nuevo entre mis brazos, rodearte la cintura y acariciar tu rostro y tu cabello con estas torpes manos que sólo se hacen diestras para tan divino menester. Si ahora estuvieses frente a mí, te miraría largamente, como hago a menudo para asegurarme que eres tú en realidad, que no eres un espejismo, un sueño de la razón de un loco de soledad; Preguntándome, como suelo hacerlo, que he hecho yo para aspirar a tan inmerecido regalo como es el compartir un pedacito de tu vida. Y te besaría. Te besaría con la desesperación que he ido acumulando a través de los tiempos y los países en los que te he ido buscando. Te besaría haciendo que mi lengua explore tus labios hasta encontrar la tuya, siempre escondida, siempre esperándome. Te apretaría fuerte contra mí para retener el tiempo que pasemos así, abrazados, sintiendo tus senos contra mi pecho, tus brazos alrededor de mi cuello, tus caderas junto a mi sexo y tu respiración acompasándose con la mía; notando cómo nuestros corazones se sincronizan en un solo ritmo que poco a poco se va transmitiendo a nuestras cinturas, a nuestras caderas, a nuestros sexos...

Te siento tan cerca ahora en mi imaginación, que casi puedo recorrer tu espalda con mis manos. Siento tu calor, aquí en mi boca y tu cuerpo contra el mío. Siento el peso de tus brazos sobre mi cuello y la redondez de tus nalgas entre mis manos, que se van deslizando hacia tus caderas para contactar con tu piel desnuda. Llevas puesto el vestido negro que sólo te pones para ocasiones especiales entre tú y yo. Vuelvo a tu espalda a través de tu cintura, por debajo de la ropa esta vez; y me detengo en el broche del sujetador mientras mi aliento va dejando un rastro de amor en tu cuello. Voy sintiendo crecer tu placer y mi deseo a medida que mis dedos se cuelan por el elástico de tu ropa interior haciéndola viajar por la largura infinita de tus muslos.

Vuelvo a mirarte a los ojos y noto la humedad de tu deseo en ellos tanto como en tu sexo, a través de la fina tela del vestido. Deseo poseerte tanto como tú a mí, pero no será ahora mismo; antes te obligo a girar, a darme la espalda para poder besarte la nuca y desnudarte los hombros con mis caricias y con mis besos. Noto cómo tus manos desatan mi miembro y lo liberan del pantalón mientras aún estás de espaldas y acaricio tu pecho. Siento el impulso de decirte todo lo que siento, lo feliz que soy, lo mucho que te amo y lo hermosa que estás en estos momentos; abro la boca y sólo sale de ella un triste “te quiero”. ¿Dónde están las palabras? ¿Dónde los sentimientos? ¿Dónde, todas esas cosas que estaba pensando hace un momento?

¡Ah, ya sé! Ahora lo entiendo. Sabia naturaleza que ahorra hasta en el aliento de los amantes, para no estropear tan lindos e intensos momentos. Ahí está todo, comprimido en un “te quiero”.


Te deseo con locura,
quiero sentirme dentro
pero antes quiero
ver el placer

ahogándote por dentro.

Recorro tu pecho en besos,
Tu vientre y muslos en caricias

Y fabrico velas con mi lengua para
Navegar en todo el mar de tu cuerpo.
La poesía no puede narrarse
No puedo contar lo que siento.
La poesía no está en las palabras,
Vuelve a estar en los gestos,
Está en cada una de mis caricias,
Está en los movimientos de tu cuerpo.

Me gusta sentir la culebra
Que se retuerce junto a mi aliento.


Te siento encima de mi boca, peleando contigo misma, que no deseas hacerlo. Y recorro tu sexo con mi lengua, de arriba abajo, de abajo arriba, imprimiendo un ritmo que tú misma comienzas a dictarme cuando las olas de placer te van arrastrando. Exploro cada rincón, cada pliegue, cada pelo, llenándome la boca con el sabor que más anhelo. Siento tu cuerpo crisparse y veo cómo se balancea tu pecho. Me miras a los ojos y comienzas a sonrojarte mientras el goce comienza a hacerse perfecto. Tus ojos se llenan de agua y de un brillo de acero. Ya vuelves a ser mi dueña, mi reina, mi espejo. La señora que duerme en mi cama y que me ayuda a gobernar mi feudo. La muñeca que coge la espada y defiende mi honor y mi reino es la misma que siento ahora a través de tus ojos y tu sexo. Y al igual que si fuera una espada, agarras ahora mi sexo. No intentas acariciarlo; ya sabes lo que deseo. Me empujas sobre tu carne, siento tu sexo ardiendo cómo se aparta y me rodea el miembro. Tu cara de placer es inenarrable. Tu sonrisa es el cielo. El movimiento se hace continuo, insistente, va dejando de ser lento por momentos.

Noto tu geografía secreta recorriéndome por entero... Al fondo un dolor placentero... a la entrada, una vena egoísta que me empuja otra vez dentro... No puedo parar, no quiero estarme quieto. El placer nos arrastra a ambos... y en el momento supremo... un beso. Un beso de saliva fría que hace que me queme por dentro, que me dice que tú también disfrutas con el premio. Siento tus contracciones y tus uñas clavándose en mi pecho. Si supieras lo feliz que me haces... no sé cómo explicarte esto.

viernes, 1 de febrero de 2008

CAPITULO III


Muchas veces me he preguntado que puede seguir interesándote de mí. Es más, no sé exactamente que extraño impulso te empujó a besarme aquella noche en casa de nuestro amigo común.

Soy consciente de no ser ninguna belleza ni de tener nada especial que me haga más atractivo que el resto de los hombres. Entonces ¿Qué es lo que te interesa de alguien a quien has tenido y tienes a tu merced? Más allá de toda mi ternura, de todos mis besos, de mis supuestos dones, de todas las palabras que me atreví a pronunciar y de todos los movimientos que me atreví a realizar ¿Qué me queda para poder cautivarte de nuevo?

Me queda un secreto que sé que ansías, lo que durante tanto tiempo me has pedido: que desnude mi alma a través de estas líneas, que te cuente lo que pasa furtivamente por debajo de mis párpados, obstinadamente cerrados ante la proximidad del placer, lo que atormenta mi mente de hombre prudente y juicioso en las horas de delirio y de fiebre...

Quieres imágenes, palabras, historias que alcancen tu parte más profunda y la conviertan en agua; que te lleguen a lo más hondo y te conmuevan por el hecho de conocer al autor y a los actores de este juego. Pues bien, aquí tienes un recuerdo que me atormenta cada vez que tu perfume llega hasta mi boca:

Llegó una noche en que nuestra tierna complicidad, nuestro común amor por la extravagancia y la fantasía, y quizá también algunas copas de más, nos llevaron más lejos de lo que hubiera podido pensar en ti.

Aquel día, habíamos planeado una salida a aquella vieja ciudad, según tú la más elitista del país, donde habías trabajado durante una temporada y a la que querías volver para acabar con algunos de los fantasmas que te atormentaban y para disfrutar de sus playas.

Contratamos una habitación en el hotel más caro de la ciudad y salimos a dar un paseo por la playa, no sin antes aprovechar el cambio de ropa para estrenar una de las camas que disfrutaríamos esa noche. Saboreamos con prisa el paseo y el helado lleno de arena que nos comimos. Tu risa cantarina no cesó desde el momento en que salimos del hotel ante los torpes comentarios que yo iba haciendo por el camino.

De regreso a nuestra habitación, preparamos una cena fría y unas copas de vino que
hicieron subir rápidamente la temperatura del cuarto. Tú te habías traído en aquella ocasión un botín poco habitual, compuesto de ropa interior, cuerdas, venda para los ojos y el wakizashi que yo te regalé. Sólo de pensar que podría hacer realidad una de mis fantasías eróticas más deseadas, comencé a sentir una opresión bajo mi ropa interior que no decaería durante aquellos dos largos días.

Recuerdo perfectamente que, en primer lugar, y en contacto con la piel, llevabas un camisón corto, una especie de pequeña túnica demasiado corta para ocultar lo esencial y sujeto por unos lazos cuya función parecía ser la de deslizarse indolentemente por tus hombros; tus pezones se excitaban con el roce del encaje del escote, y su transparencia subrayaba y exageraba la redondez y arrogancia de tu pecho. Enseguida sentí deseos de morder aquellas manzanas tan maravillosamente expuestas a mi alcance.

Acabamos con la frugal cena a toda prisa, no sin antes aprovechar los palillos japoneses que te regalé aquella noche para iniciar algunos juegos eróticos relacionados con la comida y tu sexo.
Como un mago circense, te sacaste de la manga un caneco con whisky, del que bebimos para ahogar el fuego que comenzaba a quemarnos por dentro.

De entre la blancura del camisón que llevabas puesto, tu vello parecía aún más negro. Separaste con una mano la tela complaciente de la prenda para que pudiera verlo todo y, con la yema de los dedos, abriste la otra hendidura, más íntima, que divide la zona baja de tu vientre. Y yo contemplé, ya encendido, aquel juego de colores y fallas que conformaban aquella pequeña obra de arte, la blanca alrededor de la negra, la negra conteniendo como un estuche japonés a la rosa, más viva, más nacarada, más palpitante. Tus dedos se divertían en el papel de guías turísticos, me abrían el paso a través de un fruto delicado y jugoso, acogedor como un melocotón que acaba de reventar bajo el sol, vibrante como una concha a la que se ha obligado a mostrar su secreto...

Me arrodillé entre tus piernas para saborear ligeramente el perfume de tu intimidad y me levanté enseguida; tenias un aspecto extraño, con aquella doble sonrisa de placer; la superior, de un brillo estrellado y achispado por el alcohol y la vertical, húmeda y anhelante de mis caricias más profundas.Te cogí de los hombros y, guiándote hacia el espejo del armario, te dije:

-¡Mírate tú también!

Permaneces de pié ante el espejo, y la ropa, más que cubrirte, te desnuda. Los pezones, erguidos y de un rojo oscuro, realzan el bordado del camisón. A través del borde inferior de la prenda, se adivina un extraño animal, mitad peludo, mitad en carne viva. Yo estoy detrás de ti, contemplando cómo te miras, y la luz de tus ojos desprende un resplandor muy parecido al reconocimiento, al deseo. Por primera vez te has visto como en realidad eres, hermosa, deseable, por primera vez emulas a Narciso mirándose en el lago y a mí me entra el miedo que al asomarte demasiado, caigas en el espejo. Por eso te sujeto por la cintura y trato de romper el encantamiento que te ha cautivado con un beso en la boca.

Nos asomamos a la ventana al tiempo de ver cómo otra pareja en una habitación vecina comenzaba también a hacer el amor. El alcohol y el ambiente lúbrico se nos ha subido a la cabeza y necesitamos despejarnos un poco con el frescor de la brisa nocturna. Pero no podemos sujetarnos. Yo al menos. Comienzo a acariciarte mientras enciendes un cigarro que acompañe al whisky nocturno.
Tu trasero es de seda y su dureza provoca un abultamiento en la prenda que llevo puesta de lo más elocuente. ¡Con qué rapidez me desprendo de la ropa! Ya no soporto más la tensión erótica del momento y te sujeto del brazo con determinación, me siento en una silla y te atraigo de espaldas a mí.

Ábrete bien y dime qué quieres.


Al igual que la voz, el gesto era imperioso, excitado y te empalé a la fuerza en mi estaca. Podía ver tu placer en la curvatura de tu espalda. Separo tus piernas con las mías, encima de las cuales reposan tus muslos... Veo a una mujer inundada por la voluptuosidad, desgarrada con el sexo totalmente abierto, veo mis genitales bajo tu culo, y mi pene hundido en tu coño, un coño tan mojado que a cada movimiento se oye una especie de chapoteo... Veo cómo mis manos, dominadas por el delirio, intentan abrirte aún más; veo cómo las tuyas las guían hacia tu clítoris y exigen una caricia; veo tu danza caótica, que me engulle y me vomita con la cadencia de un pistón bien engrasado; veo mi polla dura, enorme, ya no la veo, la veo, ya no la veo...
La expresión que invade tu rostro, ahora vuelto hacia mí en busca de un beso que relaje la tensión de una postura tan impersonal, resulta aún más enloquecedora que el juego de tu coño chupándome la picha. ¿Eres tú realmente esa criatura concentrada en el límite del dolor, ensimismada en el inminente placer, extasiada, delirante...? ¿Son tuyos esos ojos febriles e implorantes, esa cabellera hirsuta maltratada por un viento tempestuoso, esa boca que suplica, que dice “si” y “no”, que dice “más”...? ¿Es tuya esa cabeza de yegua montada por un semental, que tensa la nuca como la hembra tensa la grupa...?

El placer te hace incorporarte una última vez, con la espalda arqueada y los muslos tan tensos que parecen a punto de desgarrarse. Tu sexo sólo alberga el extremo del mío, que te provoca los últimos estremecimientos... Y cuando te dispones a suspirar de gusto para señalar el final del round, me sientes, tan rebelde como siempre, en busca de una entrada más secreta... Antes de que puedas manifestar tu protesta, encuentro tu culo y lo maltrato con mi nabo, que es un auténtico entrometido y consigue meterse en todas partes. Te separo las nalgas con las dos manos y fuerzo el paso, que cede, arrancándote un grito. Ya está, he logrado entrar. Te siento llena a rebosar, el dolor y la voluptuosidad se confunden en ti y, a tu pesar, re retuerces sobre mi dardo. El placer, que no había decrecido por completo, recobra sus fuerzas; estás llena de mí, con esa sensación desgarradora que te dice que debes rechazarme y te hace retroceder, y que al mismo tiempo te impulsa a desear que me interne más, que llegue hasta el fondo, y te hace apretar el culo y descender lo máximo posible sobre mi polla. Hoy tu vientre está habitado por el demonio de mi sexo, eres mía más íntimamente que nunca, me das todo de ti, llegando incluso a un estado de demencia tal que tú misma me sacas de tu interior para hacerme elegir ése otro camino en el que el amor produce sus frutos y mendigar con voz quebrada por el placer: “quiero que me hagas un hijo, quiero un hijo tuyo”.


La sorpresa y la perplejidad me hacen dudar por un solo instante. Yo también lo deseo, deseo perpetuar mi simiente dentro de ti, hacer que la fuerza y la belleza se fundan en una sola persona como si en vez de ser cualidades fueran los apellidos de la nueva criatura; deseo saldar la deuda que me ha hecho buscarte durante tanto tiempo y por tantos países como granos de arena hay en una playa. Pero entiendo que ese deseo, aunque expresado con toda sinceridad y consciencia, puede deberse sólo a la combinación de placer y alcohol, de ternura y lujuria, de amor y pornografía. Y que quizá mañana, cuando la
responsabilidad llegue al tiempo que la aurora, nos convierta en seres odiosos del placer que nos sumergió en una empresa tan grande.

Has sido tú la que ha elegido este camino de tu cuerpo que conduce al clímax de la feminidad, has querido ofrecerme el don de tu pudor y tus secretos, y la rendición de las últimas barreras consagrándome tu condición última de mujer. Noto cómo se van tensando tus músculos ante la inminencia del choque que hará saltar el polvorín de tus contracciones. Y es en ésos últimos latidos cuando decido traicionarte y no hacer caso de tu ruego. Golpeo con más fuerza apretando mi pubis contra el tuyo mientras siento la llegada de tu orgasmo. La explosión ha sido dantesca. Quedas inerme entre mis brazos que te recogen del suelo y te meten en la cama casi a punto de quedar dormida por el esfuerzo. Estás más hermosa que nunca, con el rostro relajado como consecuencia del placer. El sueño hace que tus párpados se vuelvan cada vez más pesados y que una media sonrisa de felicidad amanezca en tu cara...

Espero comentarios, a ver si así os gusta más o no...

LA DEUDA CAPÍTULO 2

CAPITULO II


Hacer el amor es comparable a una prueba atlética. Es como correr los cien metros lisos; todo el mundo es capaz de hacerlo, pero no todos pueden llegar a destacar en una competición con otras personas, pocos disfrutan corriéndola y, por tanto, nunca llegarán a sobresalir en ella. Sé que vas a decirme que casi todo el mundo disfruta de una relación sexual. Piénsalo, gozar no es lo mismo que disfrutar. Todo el mundo puede pasarlo bien en la cama, pero eso no significa que disfruten de lo que están haciendo; no todo el mundo disfruta de hacer el amor por el mero hecho de hacerlo. Al igual que en la prueba atlética, hay personas que corren para llegar primero a la meta, otros, por el placer de ganar a sus semejantes, en cambio, otros compiten contra sí mismos, y son éstos los que consiguen los récords. Tú y yo, en la actualidad, podríamos correr con los atletas más renombrados y apenas nos costaría unos pocos días vencerlos con facilidad. Mientras que los demás piensan desde antes de salir en la meta, nosotros podemos correr sólo pensando en la carrera, disfrutando de nuestra posición dentro de la misma, volviendo la cabeza para controlar con el rabillo del ojo la distancia que nos separa de los que viene tras nosotros.

En la época en que nos conocimos, no era de ése modo, tú eras una amante tímida y reservada, aunque con unas terribles ganas de aprender y vencer el miedo a ser tú misma y a disfrutar de tu cuerpo. Yo apenas pasaba de ser un amante convencional, aunque mis anteriores experiencias me habían enseñado a no ser demasiado apresurado, seguía en un papel que consideraba mi privilegio exclusivo: el de dispensador de placeres constantemente renovados a mi amante de turno y el de amigo tierno y dulce para los momentos en que alguien necesitara de un hombro ancho sobre el que llorar. De hecho, si recuerdas, ése fue el motivo por el que te viste envuelta en éste lío monumental en el que ahora nos encontramos ambos.

Pero yo buscaba otra cosa. Deseaba encontrar algo que intuía en el fondo de mi ser que existía y que no podía definir. Algo que no había encontrado en ninguna de mis amantes anteriores y que me hacía estar dolido con todas las mujeres del mundo. Algo que no había visto ni en la película más romántica ni en la novela más delirante. Algo especial. Algo... Deseaba tierna seducción, reciprocidad en las caricias, confundir mi papel de macho con el de doncella violada, olvidarme de los protocolos hechos con anterioridad y repetidos hasta la saciedad por todos los amantes mediocres del mundo. Necesitaba encontrar a alguien con quien explorar y compartir el mundo del amor en todas sus dimensiones. Precisaba de una Mujer con mayúsculas, una hembra que me invitara a sus intimidades más profundas y que supiera entregarme aquello que nunca había recibido del sexo femenino con la dulzura necesaria para hacerme ver lo que yo tanto anhelaba.

En este momento no puedo evitar pensar en ti y en la primera vez que estuvimos juntos. A pesar de tus ruegos, en aquella ocasión exigí ver a plena luz tu cuerpo desnudo y a ti te molestó la grosería que mostré al forzarte, al observarte como si fuera un caballo al que se va a comprar, o simplemente a montar; a mí me molestó también tu repentina docilidad, tu pasividad, tu falta de voluntad... En aquél mismo instante me juré que entre tú y yo no habría nada, y que no estaba dispuesto a soportar a una mujer que, ya la primera vez, dejaba que impusiera mi dominio sobre su pudor y su orgullo, que no tenía voluntad suficiente como para despojarse de ése falso decoro, si era falso o, aún más grave, que no se quería lo suficiente como para apreciar la belleza de su propio cuerpo.

Sin embargo, había algo especial en tu forma de negar, de sentir un poco de vergüenza, tu obediencia me turbaba lo suficiente como para continuar acariciándote la espalda. Tenías la piel un poco fría y yo estaba ardiendo. Era verdad, estaba ardiendo de deseo. ¡Qué suave era tu piel y que enloquecedor tu cuerpo! Te senté en mis piernas de espaldas; mi vientre estaba fascinado ante la perspectiva de unirse a tus nalgas, y te acaricié así, estrechando mi pecho contra tus riñones, haciendo que mis manos se deslizasen por tus costados y notando cómo crecían tus pezones enormemente excitados al contacto con mis dedos... Entrelacé mis piernas con las tuyas, las anudé mientras te besaba la espalda y notaba el estremecimiento que contagió hasta a aquella banqueta tan estrecha que amenazaba con echarnos al suelo para no sentir la inminencia del orgasmo que se avecinaba sin aún habernos quitado del todo la ropa. Tu sexo, que se abría en el abrazo, se aplastaba contra mi piel. Mis brazos rodearon tu cintura y mis manos iniciaron una impaciente exploración bajo tu vientre. Fue un auténtico relámpago. Nunca había sentido tanto al acariciar a una mujer como sentí en el momento en que mi dedo alcanzó tu clítoris. Mi sexo respondió al instante y ya no pude contenerlo por más tiempo dentro de mi ropa interior. Con un solo movimiento me puse en pié y te elevé en brazos para llevarte a un sitio donde nuestros juegos no amenazaran con desencolar aquella vieja banqueta de piano.

Al mirarte a los ojos veo que has comprendido hasta qué punto estoy decidido. Te entregas a mis caricias con voluntad, casi con desesperación, y puedo leer en tu mirada una curiosidad que me estimula... ¿Sabes que he decidido convertirme en el hombre más potente del universo? Mírame bien, mira como crece entre mis piernas este apéndice monstruoso que me situará a la altura del fauno, del sátiro mitológico, del pequeño dios que se ocultaba en la espesura de un bosque mítico y cuyo miembro le precedía a gran distancia cuando salía de entre los matorrales, que sembraba el horror en el vientre de las mujeres y la envidia bajo la túnica de los hombres... Y será así por y para ti... Te acariciaré tanto tiempo como sea necesario, tengo toda la eternidad por delante; Eres la primera mujer de la tierra, la más bella, la más sensible, la más hábil, la única que existe para mí. Además, puedo confesarte tranquilamente que ésa historia que se cuenta de la serpiente ha sido curiosamente tergiversada. Voy a explicarte lo que sucedió en realidad: tú estabas allí, ante mí, eras la primera y única mujer, mi espejo, mi doble, aunque poseías algo diferente. Cuando toqué tu diferencia, ésta se agitó y quise calmarla. Quise llenar ése hueco que te estaba atormentando. ¡Yo inventé la serpiente! Sé que hace un cuarto de hora ignorabas por completo que tenías un sexo. Y sé también que ahora no puedes olvidarlo. Ardía bajo tus bragas que van quedando olvidadas en el camino a tu habitación y sé que lo sientes moverse por todas partes, como una boca que succiona, como un animal vivo que respira, como un corazón que late. Noto en tu bajo vientre un pequeño motor que funciona de forma autónoma a ti misma. Vibra, está empapado, exige un contacto más directo, una caricia más concreta. Me siento obnubilado por su forma, que cobra vida bajo mis dedos. De repente has tomado conciencia de tu vacío, de tus agujeros, de tus pliegues... No me explico cómo puedes pasar la mayor parte del tiempo sin darte cuenta que estás dividida, ahí abajo por una voluptuosa espesura que ahora tan solo desea abrirse, por una hendidura completamente mojada que te atraviesa desde el vientre hasta el culo. Mis manos recuerdan siglos de saber hacer, de saber complacer. Corretean por tu cuerpo, se separan, vuelven a unirse... Ascienden a la misma velocidad por tus piernas, se encuentran bajo tu vulva y subrayan su forma de orquídea, atrapando sus pétalos en un gesto de plegaria y de ofrenda. Mi boca, envidiosa de ellas, recorre el mismo camino y encuentra una nueva boca donde revivir los mismos besos que he anhelado dar siempre De repente he encontrado el porqué de todas las demás mujeres que hubo en mi vida. Me retuerzo de placer al sentir el tuyo.

Tu también te retuerces, tienes ganas de sentirme dentro, pero hace tiempo que domino la técnica de dar marcha atrás y deseo que este momento no acabe nunca. Te he tomado en mi boca y no pienso soltarte hasta que te inunde el placer; te excito con la lengua y los labios y mis manos recorren tus pechos al mismo tiempo que te mamo. ¡Que hinchado está tu sexo! Es la primera vez que veo a una mujer tan mojada. ¿Lo ves? Tus labios son un enorme fruto rebosante de jugo que fluye bajo el sol. Comienzas a suplicarme, sin embargo, estoy más ávido de tu propio placer que del mío. Me buscas, deseas que te penetre, saltar sobre mí, y tu vagina, enferma de deseo, realiza movimientos caóticos contra mi vientre buscándome. ¡No! Soy yo quién va a llenarte, soy yo quién va a hacerte el amor. Te rindes, ya no puedes soportar ese gigantesco vacío que lo único que pide es verse colmado, lleno, rebosante. Eso es lo que estaba esperando. Yo no me rendiré ni por un segundo. Soy perfectamente dueño de la situación; me sumerjo con suavidad, con mucha suavidad y vuelvo a emerger del mismo modo. Tengo muelles de acero en los muslos y escapo a la encantadora sensación de tranquilidad que se vive en tu interior. ¡No te muevas! Si quiero puedo pasarme una hora jodiéndote así. ¡Te digo que no te muevas! Concentro mis cinco sentidos en percibir la sensación, hoy totalmente nueva, de mi sexo sumergido hasta los pelos en el tuyo, chupado, aspirado, escupido muy lentamente, muy, muy lentamente... una hora si quieres...

Pero no, al cabo de unos segundos abandonaste la lucha. Levantaste los riñones y abriste mucho los ojos. No debiste hacerlo... ¿por qué no cierras los ojos como las demás mujeres? Comenzaba a sentirme orgulloso y, de repente, me vi arrastrado a un orgasmo demoledor, devastador, arrollador que yo no había provocado. Un orgasmo que me hizo olvidar todos los que tuve con anterioridad. Un orgasmo distinto, categórico, especial por su forma de presentarse y por las sensaciones que me producía. Por primera vez sentía tanto mi orgasmo como el de mi pareja, con lo que el placer se multiplicó por dos, por mil.

Fue algo que marcó la diferencia desde el primer momento. Ya nunca más volvería a buscar ese algo que buscaba en el resto de las mujeres antes de encontrarte. Si conseguía hacer de ti una compañera de verdad, una amiga con todas las letras, quizá habría encontrado la perfección que buscaba desde hacía tanto tiempo...

lunes, 28 de enero de 2008

La Deuda (continuación)

“Amor mío, ven, invádeme, deslízate por mi interior, habita mi cuerpo como si fuese la única morada posible... Ven más adentro, más aún. Ven a latir en mis profundidades, a chocar contra mis diques, a sitiarlos, a derribarlos, a atravesarlos. ¿Por qué no vienes más adentro? Te quiero más grande y más fuerte, quiero sentirte aún más. Soy una gruta mágica, sumérgete en mis secretos, en mis tesoros. Entra dentro de mí. Tengo ganas de notarte así; agrandándome, es tan fácil, puesto que te amo y puedo decírtelo... Mi boca todavía no ha confesado nada, pero mi cuerpo, que se abre para ti como nunca lo ha hecho, lo proclama con su lenguaje propio. No han sido tus dedos ni tu suave y duro miembro los que lo han mojado y persuadido, sino tu silencio cómplice, tus palabras y tu comprensión las que al deslizarse sobre mí, han bañado y empapado hasta el último rincón y me han convertido en un inmenso pozo sin fondo ávido de ti e imposible de saciar.

Si continúas golpeando de ese modo tan voluptuoso en el fondo de mi vientre, no podré contenerme por más tiempo... Siento la inefable caricia de tu vello en mis nalgas, siento que mi corazón late violentamente tres veces por segundo y que tu maravilloso látigo penetra en mí, tan acogedora como una catedral abierta de par en par y en cuyo interior tu ariete se enardece...

Ya está, ya está, ya viene... Voy a decírtelo, voy a decirte que te quiero, que te quiero desde hace mucho tiempo, y tanto... con tanta intensidad...” ¡Te quiero!

Lo has dicho... Lo has dicho consciente y voluntariamente: el goce no sirve de excusa. Y yo lo repito con la misma intensidad con que un espejo devuelve tu imagen, lleno de luz y de alegría por la confesión. Has proferido esa abominación deliciosa y yo he sido tu cómplice. Porque yo también te amo, y quizá nunca podré volver a gozar sin decírtelo... sin escuchártelo... Te quiero, te quiero... ¡Ah! Que bien suenan, qué limpias son estas palabras durante tanto tiempo retenidas, combatidas, ahora que hemos capitulado por culpa de unas miserables velas y de tu repentina locuacidad... Siento que esta incontinencia me desgarra; sí me desgarra, pero también me alivia.

Te poseí una vez más; estabas encima de mí, yo estaba ensimismado y tú, enloquecida, me cabalgabas mientras mi boca continuaba pronunciando aquellas terribles palabras a tu oído.
“Haz sitio, amor mío, trazaré un camino en tu interior. Siento palpitar mi sexo como un pájaro cautivo, sorprendido por la trampa en la que acaba de caer. Consérvame dentro de ti, conviértete en mi jaula, en mi cárcel de carne y sangre, y todas las palabras que pronuncies tejerán a mí alrededor una tela de araña de la que jamás podré ni querré escaparme. Excavaré una guarida en ti con mi dardo, un túnel donde desearía sepultarme para siempre y cuya frontera me embriaga.
Pon tus manos sobre mí, aquí en mi pecho. No tienes manos que correspondan a una mujer. Tienes manos firmes, de guerrero, seguras del placer que saben proporcionar. Desde que te conozco, ya no puedo conformarme con sentirme dentro de ti en un solo lugar; quiero sentir mis dedos en tu culo, quiero que te moldeen, que te llenen, que forjen tu goce doloroso y soberano.
Quiero sentir mi boca en tus pechos, quiero experimentar intensas contradicciones, sentirme enorme y diminuto a la vez, salir de tus entrañas para regresar a ellas del mismo modo en que el salmón remonta el río, a contracorriente, para regresar al origen...
Quiero que te mantengas muy abierta y desgarrarte, que mis brazos inmovilicen tus piernas y que mi ataque sea impetuoso y profundo como no ha sido nunca antes. Quiero hacerte sentir la incertidumbre de no saber si estás haciendo el amor o dando vida a una criatura nueva, de ignorar si estoy dejándote preñada o naciendo de ti..."

Exijo la paradoja; me exijo a mí mismo la espera interminable, retenerme hasta que ya no pueda más, cerrarme y aguantar mucho, mucho tiempo para proporcionarte placer durante mucho, mucho tiempo, y a la vez exijo que te rindas, que te fundas, que me estrangules y me arrastres con tus espasmos, que goces muy deprisa y muy intensamente con un grito de sorpresa y de felicidad, de pesar y de victoria...”
Quiero todas estas pruebas de amor y muchas más, las más habituales, las más tópicas, las más maravillosas.

La noche aún no ha acabado y continuamos divagando, resignados ahora a nuestra triste suerte de seres desenfrenados que se aman. La vela arde, como si fuera el símbolo de una elocuente fragilidad, protegida no obstante contra el tenaz viento... Y yo ardo con ella, y mi llama no es menos ferviente. Mi corazón se alegra de que sigas hablando, aunque tu humor ha cambiado desde la felicidad a la melancolía, desde la melancolía hasta casi la ira; parece como si te disgustase haber disfrutado tanto y comienzo a sentir tu urgencia por marcharte, por que la noche se acabe. Tus palabras me emocionan: tus palabras sencillas, sin promesas, tus frases en pasado, tu cuidado de no conjugar jamás el futuro...

La única visión de futuro que me ofreciste ha quedado grabada en mi memoria como la más conmovedora de tus confesiones. “No debes odiarme si algún día me voy...” Y aquello, que viniendo de otra persona me hubiera herido, lo acepté porque lo dijiste tú; de hecho, más que aceptarlo, lo saboreé...

A cualquier otra, mi susceptibilidad ofendida habría respondido: “¿Y por qué no puedo ser yo el primero en irme?” Pero, viniendo de ti, sabía exactamente lo que significaba la frase y me embriagaba analizándola.

Porque, sin duda, aquello era una declaración, una de las declaraciones más osadas, una forma de sugerir: “Y si llegara a amarte tanto que resultara peligroso, si llegara a amarte hasta el extremo de necesitar una ruptura” Aquella idea digna de Napoleón (“En cuestión de amor, tan sólo cabe un acto heroico: la huida” decía el emperador), aquella idea imperial y delicada, aquel modo de confesar y retractarse al mismo tiempo continúa siendo para mí una joya inapreciable, el anillo de compromiso que jamás me ofrecerás, la no petición de matrimonio de una mujer que se siente al borde del amor de su vida y, sin embargo, se prepara para no ceder jamás a él.

Así es como entendí aquél “no debes odiarme si algún día me voy”, y ésa es la razón por la que sigo considerando aquel ruego como la cosa más insólita que jamás hayas pronunciado.

No, mi querida amiga, extraordinaria mujer que tanto me has hecho sentir, no te odio ni te odiaré jamás, eres libre de tus actos, de tu alma y de tu corazón, libre de tus inquietudes y de tus escrúpulos, y no sentirás ningún remordimiento porque, si es preciso hacerlo, tendré el valor de jurar, como Cirano en el momento de morir: “No, no, mi querido amor, no te amaba...”

Y dormimos en aquella cama extraña milagrosamente encajados el uno en el otro, como dos piezas complementarias del mismo puzzle, como dos compañeros súbitamente curtidos por las contingencias de lo cotidiano. La experiencia hubiera debido ser una novedad, pero como en otras muchas actividades que después iríamos descubriendo, yo tenía la extraña sensación de haber compartido siempre tu sueño y de saber por instinto la actitud que debía adoptar para amoldar mi enorme cuerpo y no molestarte. Al verte durmiendo, te descubrí aún más femenina y vulnerable, atenta a mi bienestar como yo lo estaba al tuyo, y pensé: “Ahora la amaré también porque duerme y su sueño es todavía más enternecedor que todo lo demás”.

El amanecer nos sorprendió cansados, turbados y como exhaustos por la aventura. Tras una despedida escueta y malhumorada, te marchaste a casa, y entonces, me aferré a la esperanza de que no hubiese sucedido nada trascendental, de que la noche pasada pudiera compararse con una especie de borrachera conjunta que nos había hecho divagar a ambos y exaltarnos algo más de lo que nos estaba permitido...

Cuando volví a verte, te mostraste un poco distante, un poco fría, un poco indiferente. Sólo un poco, en efecto, pero a mí ya me parecía demasiado. El dolor que experimenté, vivo, agudo, lacerante, me hizo comprender que podía olvidar para siempre mis esperanzas de curación. Por desgracia, el diagnóstico acababa de concretarse repentinamente, de un modo luminoso e irremediable, en aquellos síntomas demasiado evidentes que no irían sino agravándose con el tiempo y que contribuirían a que el final de nuestra relación fuese aún más doloroso: mi duda si tu mirada parecía rehuirme y mi tristeza si se posaba en otro hombre...

Procuré enfrentarme a la verdad cara a cara: mi estado era grave, muy grave. Se trataba de un tumor tal vez no incurable, pero en cualquier caso maligno; de algo peor, de una verdadera enfermedad, insidiosa y progresiva, cuyo contagio se debía a la imprudencia, al descuido, a la ingenuidad. Una enfermedad del corazón de esas que a todos nos gusta creer que sólo afectan a los demás.

Tu paso por mi vida a dejado una huella indeleble en mí, obrando un milagro inconcebible para otro poder del Universo que no sea el amor: convertirme en mujer y en madre para saldar la deuda cósmica que mantenemos entre tú y yo desde hace más de ochocientos años. Y también ha trastocado tu sexo: tú, M, eres el padre femenino de esta criatura, la única que tendremos juntos y que traigo al mundo poco a poco, línea a línea, página a página. Tú has sabido inspirarla, suscitarla, sugerirla... Tu paternidad, como todas las paternidades, se limita al papel de germen. Soy yo el responsable de ejecutar el resto, y lo hago con pasión, con el dolor y el placer de trabajar mucho tiempo, mucho, y de elegir las palabras y las frases adecuadas para alumbrar nuestra obra común: un hijo del auténtico amor, un hijo de papel engendrado con tu semilla -los recuerdos que me has dejado y los sueños que me has inspirado- y nacido gracias a mi esfuerzo constante, a mi parto de aprendiz de escritor y a la tinta de esta pluma que me da la impresión que se está agotando.

viernes, 25 de enero de 2008

MI PASADO

Hoy he estado haciendo limpieza de los disquetes antiguos en donde guardo las cosas que escribí en su momento, cuando aún soñaba con ser un gran escritor y ganarme la vida vendiendo mis palabras, mis sentimientos y mis vivencias. Como todo el mundo, me enamoré perdídamente, sufrí con la pérdida de la ilusión y del amor y renací de mis cenizas para encontrar la felicidad en la que hoy me siento instalado.

Normalmente, al revisar aquello que escribimos cuando somos más jóvenes, nos produce pudor reconocer que sentimos aquello que leemos. Y habitualmente, tendemos a deshacernos de los escritos pasados, para no tener que reconocer nuestros fallos; ya sean sentimentales o gramáticos.

Pues yo no. Me siento orgulloso de haber vivido lo que pasó. Me da igual que algunas cosas de las que escribí hoy me parezcan infantiles, faltas de espontaneidad o empapadas en una sensiblería cursi. Da lo mismo esconderse del pasado. Desnudarse ante el espejo puede darnos más de una satisfacción, algún disgusto y no pocas risas, pero desde luego, es uno de los ejercicios más sanos del mundo para reconocerse a uno mismo, para verse en realidad como uno es, no como se cree que es.

Gracias a mi admirado Bito, por animarme con sus cuentos a publicar los mios (más que nada por la pura envidia que me da leerle).

Hace ya algunos años, sufrí un desengaño amoroso bastante importante que me dejó un poco tocado. Una amiga (ésa a la que me refiero de vez en cuando como hermana del alma) me ayudó con su cariño y sus atenciones a superarlo. A ella le dediqué esto que publicaré a continuación. Hasta tuve la santa paciencia de escribirlo a mano con caligrafía medieval, letras capitales, tinta china de la güena, pluma natural y papel especial de imitación papiro para regalarle el único original que existe. Un beso para ella y otro para mi mujer, que hoy me hace ver la vida de otra forma.

CAPITULO I


No sería honesto por mi parte negar que, en principio, nada de lo sucedido, nada, estaba destinado a ocurrir así...

De todas las ocasiones en las que estuvimos juntos desde que comenzó nuestra amistad, en ningún momento nos planteamos pasar de eso: de la amistad. Alternábamos tranquilamente los cafés y las conversaciones amistosas con abundantes encuentros físicos que no han resultado ser más que fruslerías con lo que en ocasiones vivimos... Digo de un modo involuntario porque, si fuimos capaces de llegar a tales extremos, es evidente que no teníamos como vulgarmente se dice, “la cabeza encima de los hombros”.

Perder la cabeza, dejar salir la fiera que todos llevamos dentro y permitir que se exprese con palabras crudas y gestos salaces, no tiene ninguna importancia, es algo que puede pasarle a cualquiera. Quedar reducido a un sexo o un culo ardientes y desenfrenados no deja de ser una circunstancia de lo más trivial y comprensible. Pero mezclar el... –apenas me atrevo a pronunciar la palabra, aunque me siento obligado en honor a la verdad, ¡qué me absuelva quien pueda!-, mezclar el corazón en estos asuntos revela, nadie puede negármelo, una endiablada audacia y una obscenidad en los límites de lo soportable.

Sin embargo, puedo jurar que nos habíamos prohibido terminantemente plantearnos otra cosa que no fuera el presente más inmediato, como si se tratara de una eventualidad rigurosamente imposible. Sin palabras, sin decirlo claramente, habíamos acordado no amarnos, igual que si hubiéramos dicho “prohibido ir a la luna”. Y, aún así, a fuerza de buscar el séptimo cielo y de que el placer físico nos hiciera andar entre las nubes, en más de una ocasión estuvimos a punto de aterrizar en la luna, sin ni siquiera pensar en ello, sin apenas darnos cuenta.

De esos momentos es de los que hoy voy a hablarte, aunque tenga que martirizar tu pudor y violar tu memoria, que quizá los ha guardado en un armario como si fueran hechos escandalosos que es preciso ocultar. Hablar de ello también me hace sufrir a mí, puedes creerme, sobre todo teniendo en cuenta que no soy precisamente el menos culpable. Pero no es éste el objetivo de estas líneas; no quiero castigar tus ojos con más relatos tristes del tiempo que pasamos juntos; sino más bien, recurrir a ésa sensibilidad casi femenina de la que tantas veces me has acusado y disfrazarla con las palabras más soeces con las que pueda expresar mis... sentimientos... crímenes... no sé... Y, de paso, hacerte pasar un rato agradable con mis recuerdos. En fin, pasemos a las confesiones. No olvides que pecado confesado...

En realidad, se habían producido algunos signos precursores que debieran habernos hecho desconfiar. Recuerdo que un día, en el primer viaje a Avila, tras una frenética cabalgada de las más sanas –te había poseído durante un buen rato y había conseguido que gozaras un número considerable de veces sin discutir conmigo por quién tenía mayor número de orgasmos -, nos encontrábamos recuperando fuerzas, tumbados de cualquier manera, abrazados y abandonados al inocente placer de intercambiar pequeñas confesiones y bromas cómplices.

De repente, a causa de un chiste que hice, o tal vez de alguna exclamación que se me escapó y que seguramente encontraste divertida, te abalanzaste sobre mí de una forma muy espontánea, muy vital y totalmente nueva, te refugiaste entre mis brazos e hiciste este comentario aparentemente anodino: “¡Ah! ¡Cómo te quiero!”. Yo te acurruqué contra mi pecho para ocultar la sorpresa y la turbación. Lo que acababas de decir me parecía una imprudencia.

Luché y me sermoneé. Intenté convencerme de que no era más que un imbécil enamoradizo que se montaba películas en la cabeza y veía violaciones de nuestro pacto de amistad donde no las había, y de que tu exclamación, clara y sin segundas intenciones, sin duda era el resultado de la ternura que habitualmente se siente tras el coito... Aunque se parecía mucho a lo que generalmente se entiende por “hablar con el corazón en la mano”.

Con todo, mi actitud para contigo cambió desde ese día.

Por mi parte debo reconocer que desde hacía algún tiempo tenía la impresión de estar incurriendo en falta. No siempre me comportaba como un amante honesto y, a veces, mi actitud y los sentimientos nuevos que experimentaba se alejaban del recto camino que jamás debieran haber abandonado: el que trazaba mi pene cuando se introducía bien tieso en tu interior...

Había empezado a soñar contigo y te lo confesé. Pero ¿se es culpable de los sueños? Lo más horrible del asunto es que mis sueños no siempre eran eróticos, sino que se mezclaban situaciones de lo más doméstico... Me da vergüenza confesarlo, pero cada vez me sorprendía más a menudo pensando en ti sin masturbarme, sin ni siquiera experimentar el ardor y la rigidez natural que la evocación de su amante debe suscitar bajo los pantalones de un hombre. Había algo en mi interior, aparte del sexo, que se emocionaba profundamente, algo que no sabía muy bien dónde situar, pero que resultaba sospechoso. Oculté aquella duda abominable todo el tiempo que me fue posible, hasta que un día en que me encontraba especialmente sensible y aprovechando una fiebre que podía excusar cualquier desvarío, me propuse revelarte la espantosa verdad: sin ninguna duda había caído muy bajo, pues, de una forma solapada y viscosa, había empezado a amarte... Incluso tuve la desfachatez de asegurarte que corresponderías al amor que te ofrecía tarde o temprano.

Haciendo gala de un sentido del tacto y de una indulgencia encomiables para una persona que se vanagloriaba de ser poco diplomática, fingiste ignorar aquel pecadillo que acababa de confesar. Con una amable sonrisa, un gesto tranquilizador y unas pocas palabras, me mimaste para taparme la boca... ¡Y desapareció! ¡El pecado que seguramente me arrepentiría de haber confesado ya no existía!... Lavado por un beso, ignorado por tu silencio, comenzó a fundirse en tu sonrisa dubitativa, que, al menos para mí incomprensiblemente, se complacía más en escuchar mis delirios obscenos de los instantes fogosos que mis enfermizas palabras de amor.

Animado por tu ejemplo, y dado el escaso éxito de mi intentona por cambiar el rumbo de nuestra relación, me recuperé de esa terrible enfermedad del alma a marchas forzadas.

Tras mi debilidad pasajera, me prometí a mí mismo: “Nunca más ensuciaré esta amistad ni una relación física tan hermosa con la trivialidad de mis sentimientos impuros”. Y, a continuación, puse todo mi empeño en olvidar que había en mí una zona extraña, que no era pene, ni pelo, ni piel, y que permanecía ávidamente a la espera cuando ya habías acariciado, lamido y estrujado todas las demás.

Poco a poco fui reconquistando mi inocencia mediante procedimientos muy pascalianos. “Para creer en Dios –decía el gabacho -, lo único que hay que hacer es arrodillarse y rezar”. Así que emprendí la tarea de mi reeducación con un interés absolutamente meticuloso. Me prohibí terminantemente pensar en ti si no era como amante, lo cual implicaba toda una serie de ejercicios físicos y espirituales. Por ejemplo, evocar de tu alma tan sólo la incipiente afición a los juegos eróticos en los que te estabas iniciando, de tu voz las entonaciones más lúbricas y emocionantes que emites cuando estoy dentro de ti, y de tus ojos, los destellos turbadores que los teñían de un resplandor dorado durante el orgasmo. Aunque, de cualquier modo, era preferible imaginar tu cuerpo a tu espíritu, tu boca a tu voz y tu coño a tus ojos...

Además, aquellas fantasías debían ir acompañadas, siempre que fuera posible, de auténticos sacrificios en honor del onanismo más convencido. En consecuencia, me acaricié un número determinado de veces pensando en ti, con una finalidad eminentemente terapéutica. Incluso llegué a pensar si no estaría experimentando el reflejo que descubrió aquél científico ruso, Pavlov, cuyo perro segregaba saliva en cuanto oía el sonido de un timbre; tú sustituías el perro por mi polla y el timbre por tu nombre, y obtenías el mismo resultado... Me encontraba en vías de curación.

Fuiste tú quién lo echaste todo a rodar. ¡Sí tú! Y la recaída fue muy grave, por no decir definitiva. Después de habértelo propuesto mil veces y mil veces haber sido rechazado, un día dijiste: “Quiero pasar toda la noche contigo; quiero dormir contigo”. Aquellas palabras, no por esperadas, dejaron de producirme una deliciosa sorpresa ya que siempre había temido que mi capricho te pareciera una extravagancia, una cursilería tremendamente vulgar. Al proclamar “prohibido el amor”, habíamos levantado unas barreras e inventado unos tabúes. “Prohibido el amor”... ¿Acaso aquello no significaba también “prohibido el sentimentalismo”? Dormir conmigo –habías dicho dormir- era una actividad todavía inédita, jamás realizada y, a causa de tus anteriores negativas, ni siquiera contemplada, cuya súbita perversidad me producía una viva agitación y un estremecimiento de placer.

Para colmo, nuestra corrupción llegó hasta el extremo de preparar minuciosamente la coartada para el resto de personas de nuestro entorno: cada uno de nosotros teníamos un plan diferente para ése fin de semana y no podríamos vernos.

Hasta adornamos con sumo cuidado la puesta en escena: ni la luz cruda con la que habitualmente me gustaba iluminar nuestros cuerpos cuando retozaban, ni la oscuridad total, que facilitaría al mismo tiempo el delirio de los espíritus y la explosión de los cuerpos, sino la luz de unas velas, que tú te encargaste de comprar y que propiciaría una peligrosa tendencia hacia el romanticismo, la intimidad, la ternura y la suavidad. El brillo de su llama danzaba sobre nosotros y nos hacía más bellos, más misteriosos, más conmovedores... Además, estábamos en una habitación extraña de un hotel, y los tabiques delgados y demasiado indiscretos nos impedían abandonarnos a la turbulencia que habitualmente caracterizaba nuestros encuentros. ¿Cómo no sucumbir a aquel clima? Penumbra que el resplandor ambarino de unas velas iluminaba sin traicionar, silencio apagado, habitado únicamente por nuestros susurros... Personas más duras que nosotros hubieran cedido a la tentación...

Yo sentía un violento deseo de ti, y al principio creí que mi cuerpo, ese querido compañero sólido y decidido iba a traicionarme, pero no fue así. Fue tu cuerpo, envarado por el miedo del delito que estábamos cometiendo, quién monopolizó la atención de ambos.

En efecto, se portó como un héroe arrojándose al agua para salvar las apariencias y ahogar el veneno, luchando, debatiéndose y gozando deprisa, muy deprisa y con gran intensidad para dejarnos sin aliento y sin palabras.

Pero en ése preciso momento comenzaste a hablar. ¡Ah! ¡Nunca debiste hacerlo! En aquella cálida oscuridad temblorosa, tu voz, más tierna e infantil que otros días, y, por una vez tan pródiga, fluía con toda naturalidad, como un tibio caudal... No como un caudal de aguas límpidas, sino de aguas turbias, tormentosas, dudosas; como una corriente que ascendía de las profundidades arrastrando una carga de algas arrancadas, de arena, de restos de conchas, de innumerables secretos sobre tus anteriores amantes, confesiones y confidencias que me halagaban, y yo te escuchaba paralizado por el estupor y por un inmenso agradecimiento...

Por supuesto, los animales racionales que se agitaban en nuestro interior reaccionaron de inmediato. Y la sensatez nos impulsó a tocarnos de nuevo, a abrazarnos, a acariciarnos. Pero sin amor, ese amor que nos parecía excesivo. Te entregaste a mí con fogosidad, con pasión, con delirio. Me pediste gestos tiernos y rendiciones ardientes, los exigiste y los comentaste con palabras diferentes a las de tu confesión anterior. Sin embargo, incluso aquellas palabras soeces, truculentas, apropiadísimas en suma para el sexo, me hacían sentir una inmensa gratitud, porque quizás era la primera vez que me obsequiabas con tanta elocuencia, utilizando un vocabulario que me rendía homenaje al recordar mis propias palabras, las mismas que yo te había susurrado o gritado a menudo, las mismas que tú habías conservado para devolvérmelas ahora transformadas, metamorfoseadas por tu voz de mujer enamorada.

Te poseí varias veces y por todas partes, por todas partes al mismo tiempo. Me las arreglé para dejar cada milímetro de tu cuerpo colmado de mi carne, y tú consentías enloquecida todas mis invasiones, las alentabas, las provocabas. Franqueé tu puerta estrecha con una facilidad que me sorprendió. Te susurré al oído “Nunca habías estado tan acogedora” y pude notar tu estremecimiento, el escalofrío recorriéndote la espalda. Y era cierto, te sentía profunda, accesible, permeable a todas mis exploraciones.

Algo en el fondo de tu ser cedía sin violencia, sin oponer resistencia. Las barreras ya no existían, hubiera podido penetrar totalmente en tu interior. Te habías reblandecido y enternecido con tus propias palabras, aún más que con mi robusto cuerpo vivo y anhelante de ti, donde brillaba el resplandor de una llama, más que con mis ojos en la oscuridad, más que con mis manos acariciando tu piel...

Unas palabras canturreaban en mi mente, unas palabras febriles que mezclaban con toda tranquilidad el amor y la animalidad más ingenua y encantadora, unas palabras triviales, unas palabras maravillosas, unas palabras que procedían de tu interior, del rincón más recóndito de tu mente...