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sábado, 16 de febrero de 2008

CAPITULO IV ÚLTIMA PARTE Y FIN

FINAL DEL RELATO

Te entregué este avance, esta misiva en mano. No me atreví a confiarla al correo, como si quisiera asumir toda la responsabilidad. Tu respuesta no se hizo esperar. Sostuve heroicamente tu mirada encendida y mi recompensa fue el interés que leí en tus ojos.

  • ¿Es un folleto de instrucciones? – Me preguntaste con amabilidad.

  • Muy incompleto... – respondí.

  • Entonces, espero la siguiente entrega con impaciencia –dijiste.


Entonces supe a ciencia cierta que escribiría esto para ti.


Pero la recompensa no terminó ahí. Recuerdo que al principio, antes de leer la carta, te mantuviste reservada conmigo, casi hostil. Hablabas mucho, gesticulabas y te reías. Me gustaba la manera en que expresabas tu timidez, que yo conocía de sobra, mientras decidías la mejor manera de actuar a continuación.


Iniciamos un jugueteo que no tenía más objeto que el de romper el hielo de la distancia que nos había tenido tanto tiempo separados. Me tomaste en tu boca y yo hice lo propio. Yo experimentaba un doble placer, en cierto modo muy ambiguo: el de comerte y el de ser chupado a la vez. Tu sexo no estaba como de costumbre. Tenía la misma forma, la misma consistencia y el mismo poder evocador, y también reaccionaba con los mismos sobresaltos a los cosquilleos de mi lengua, pero tenía otro sabor, otro modo de retorcerse entre mis dientes... quizá otra saliva... no sé, y no me importa. Lo importante es que estamos aquí de nuevo.


De repente, deseé tu placer más que el mío y me retiré de tu boca por un momento, tú permaneciste lo suficientemente accesible como para permitirme acariciarte por debajo de la falda. Sentí la dulce suavidad de tus muslos al rozarlos. Mis manos comenzaron a recordar, al mismo tiempo que las redescubrían, las redondeces femeninas, sus atractivos, la elasticidad de una piel entre sedosa y aterciopelada, la calidez dócil y moldeable de los tejidos delicados, la humedad turbadora de cierto valle...

Permaneciste de rodillas, de espaldas a mí, pero me facilitabas la tarea con multitud de detalles, separando los muslos, arqueando la espalda y ofreciéndote por completo a mi caricia, mientras me prodigabas las tuyas.


Comencé a quitarte la ropa. La falda cedió sin problemas, y te retorciste para que pudiera alcanzar tus bragas. Como aún hacía calor, llevabas las piernas desnudas e ibas calzada con unas encantadoras sandalias que iluminaban con un vivo destello la zona inferior de tu cuerpo, totalmente descubierta. Lo que más destacaba era tu culo, enormemente excitante, redondo, insinuante y provocador. Me estreché contra ti por detrás y te enlacé por el talle. ¡ Que caliente estabas! Respondías a mi presión acercando aún más las nalgas; mis manos comenzaron a recorrerte en una danza deliciosa, cuya coreografía se debía más a la intuición que a la técnica, se deslizaron bajo tu camiseta, que llevabas directamente sobre la piel, sin sujetador, encontraron tu pecho, lo aprisionaron, lo tantearon y lo acariciaron. Tus pechos estaban muy duros, puntiagudos... ¡ y cómo se estremecían! Sentía que tus pezones se endurecían bajo mis dedos y se movían al mismo compás; comencé a rozarlos muy suavemente con la palma de las manos abierta. El placer fue absolutamente compartido: aquel cosquilleo en el hueco de mis manos se tornó tan sugestivo y turbador que comencé a sentir una inmensa sed de ti. Me deslizaba por tu cuerpo como si se tratara de una guitarra, de un instrumento sensible que vibrara soberbiamente bajo los dedos de un músico enamorado. Dejé tus pechos para ir al encuentro de tus caderas y tus nalgas. De redondez en redondez, iba abandonándome... ¡Ah! La intuición, en efecto, prevalecía sobre la técnica... Sin embargo, a partir de aquel momento la intuición fue reemplazada por mi propio deseo, un deseo loco de poseerte, de saciarte, de seducirte, de hacerte gozar.


Te levantaste; tenías un aspecto extraño... No me dejaste acercarme a ti mientras te ponías el vestido negro al que hacía alusión en mi carta. Cuando terminaste, hiciste una picardía que sabes que me encanta, levantarte el vestido para dejarme ver tu sexo, hoy desmesuradamente abierto e hinchado.

  • ¡Mira! –Dijiste.

  • ¡Mira tú también!


Hacia mucho tiempo que estabas acostumbrada a obedecerme.

Y miraste, reconociéndote en el espejo. Intentaba repetir el juego que descubrimos en aquel recordado viaje. ¡Que delicioso tormento sorprenderse así, en el propio desenfreno! ¿Quién inventó los espejos? ¿Quién fue el primero al que se le ocurrió la idea de descubrirse, de gozar de su propia imagen, de masturbarse ante el espejo, de joder con su reflejo? Desde Narciso, en todos los burdeles hay espejos, y aquel día descubrimos la razón, al saborear el doble placer de actor y espectador, el goce turbador de contemplar una película guarra cuyos protagonistas somos nosotros.

Te deseaba, te deseaba intensamente, quería tomarte, masturbarte, comerte y beberte, descubrir tu sabor y tu olor más íntimos, y suscitar en tu vientre una oleada de placer. Así que comencé a acariciarte de nuevo con la intención de hacerte perder de nuevo el control.


El líquido fluía bajo mis dedos como si manara de una fuente, mientras tus rodillas se iban separando poco a poco para facilitar mis exploraciones. Te acariciaba con las dos manos, profunda y concienzudamente. Te abría como se abre un fruto jugoso en pleno verano, vagaba de un extremo a otro de tu hendidura y, al pasar por tu culo, sentía su llamada palpitante bajo mis dedos: ése sería el camino de mi sexo hoy. Te incorporaste un poco y cambiaste de postura – ya no estabas de rodillas, sino en cuclillas -, y entonces me resultó más fácil penetrarte, en profundidad y simétricamente. Introduje al mismo tiempo los dos índices en tu coño, que resbalaba como si estuviera untado de aceite, y los dos pulgares en tu culo, que se ofrecía con descaro. Estabas caliente por dentro y por fuera, ardiente, deliciosa y excitada al máximo. Me entretuve pellizcando y tanteando el elástico tabique que separaba mis dedos, los cuales se deslizaban por tu culo con regularidad y firmeza, y recorrí tu vagina con movimientos circulares infinitamente lentos y suaves.

Mis manos, que se movían con una inteligencia frenética, te sostenían por completo, pues las fuerzas te abandonaban a medida que el placer te iba invadiendo y apenas podías apoyarte en el espejo que reflejaba nuestra doble imagen. Sin embargo, en aquel momento yo era más fuerte que Atlas, y el fardo que reposaba en mis brazos, más importante que todo el universo. La mujer del espejo realizó unos movimientos rápidos y verticales, como el galope de un caballo de tiovivo, y yo puse todo mi empeño en acompañarla en su éxtasis, sosteniéndote con fuerza. Luego se quedó inmóvil, tensa, rígida, en la cima del goce que acababa de proporcionarle.


La belleza de aquel rostro tenso del espejo desencadenó mi reacción, violenta y apresurada... me sentía celoso de mi propia imagen en el espejo, así que te cogí por la cintura y te senté encima de mí, buscando la puerta secreta que tan fácilmente había holgado en aquella ocasión.


Tus muslos, totalmente separados, me revelaban el turbador espectáculo de nuestra unión reflejada en el espejo. Veía mi dardo hundido en ella, mis testículos ligeramente aplastados bajo sus nalgas y su sexo abierto, tornasolado por la oleada que acababa de anegarla, nacarado, brillante, fluctuando entre el rojo oscuro y el rosa más tierno. Observé fijamente tu imagen, loco de alegría; hubiese deseado que mi mirada te quemase, y sin duda era así, ya que mantenías los ojos obstinadamente cerrados.


Hice que te giraras y cambiamos de posición, necesitaba contactar con esos ojos que me estaban volviendo loco de angustia por hurtarme el placer de compartir el tuyo. ¡Señora! Es de muy mala educación no mirar a la gente a la cara. Es de muy mala educación y, además, muy estúpido, pues, en determinados momentos, no hay nada que resulte más delicioso que la vergüenza. Vamos, amor mío, abre los ojos y mira cómo te miro. Te hago el amor sólo con la mirada. Lee en mis pupilas y en mi rostro lo que siento ahí, a menos de un metro de mi cara. Descifra mi turbación y mi deseo, mi voluptuosidad al contemplarte así, como una mujer lúbrica y con todos sus secretos al descubierto. Tu herida es profunda, neta y precisa. El vello que la rodea la destaca sin protegerla. Me sé de memoria todos los pétalos de tu flor, la espuma de tu concha; siento tu clítoris erguido y exacerbado sin necesidad de tocarlo. Te exploro, te desmenuzo, te saboreo, te ansío sin escrúpulos... Te veo ensartada por el macho, te veo apretar el culo sobre mi columna... y el jugo que escapa de ti moja poco a poco mis cojones... Al contemplar este espectáculo olvido las dimensiones de la realidad, me sumerjo en un universo fabuloso donde la vida no es más que un apareamiento, en un universo mítico, milenario y antediluviano. Me siento hipnotizado por el placer de nuestras nupcias: mi corazón y mi sexo laten al unísono, al ritmo de esta danza tan vieja como el mundo. ¡Mírame! Eres una hermosa hipócrita que se la deja meter, que se deja poseer y ni siquiera se atreve a levantar la mirada. Tienes el coño abierto de par en par y los ojos cerrados en nombre de un viejo pudor. Si me miraras, si te atrevieras a abrir los ojos ante el humilde testigo y partícipe de este maridaje íntimo y cautivador, te besaría. ¿ Me oyes? Te besaría y arrastraría conmigo con más rapidez e intensidad de lo que nunca hayas vivido.


Un ligero parpadeo resultó suficientemente tentador para interpretarlo como una rendición. Posé mi boca en la tuya y bebí del manantial. Estabas apetecible como un melocotón, tibia, jugosa y perfumada. Olías a mujer y a hombre a la vez, y abracé los dos sexos en el mismo beso, arrastrándote con mi orgasmo, que más parecía una explosión.

Traté de alcanzar tu vagina para disfrutar de tus contracciones con uno de mis dedos a la vez que con mi sexo, y me dí cuenta que el camino estaba ocupado. ¡ Estaba dentro de ti, pero no por el camino que yo había elegido! ¡Acababa de correrme allí donde nuestro mutuo placer podía producir fruto!

Creo que mi voz dejó traslucir el terror de aquel descubrimiento. Y aunque tu reacción fue inmediata, no te separaste de mí; permanecimos abrazados en una paz tácitamente firmada, como si supiéramos que aquella ocasión, pese a reunir todas las condiciones favorables para que fructificara nuestra unión, no sería la elegida para que dicho fruto madurase. Me extrañó un poco que tu reacción no se exagerara como de costumbre. Casi me atrevería a asegurar que... ¡ Te complacía esa situación!

Creo que pocas veces te he amado como en aquella ocasión...


martes, 22 de enero de 2008

MIERDAMOTO

Yo, como todo hijo de vecino, tengo mis fobias y mis filias. Nunca se sabe a ciencia cierta el porqué de estas preferencias o aversiones, por mucho que se haga trabajo de introspección. Aunque todos, en aras de la convivencia pacífica, tengamos que tragarnos algunos sapos y culebras para evitar enfrentamientos no deseados o que nos pueden traer más perjuicios que beneficios.

Pero en algunos casos, aunque no sepamos muy bien la razón de nuestras cóleras, éstas están más que justificadas. En mi caso concreto, tengo una tirria a las motos que es que me solivianto en cuanto veo algún tonto de esos que van montados en un mosquito. Entendedme bien: no tengo manía al los moteros, ni mucho menos; más bien todo lo contrario, me parece algo tan romántico y tan meditado por parte de las personas que practican ése deporte, con sus riesgos y sus bellezas, que he de confesar que en más de una ocasión me he planteado comprar una moto y salir por ahí a hacer kilómetros.

Mi grima se reduce sólo a los ciclomotores. Sobre todo a esos proyectos de moto que llevan algunos muchachos jóvenes, sin silenciador, y sin responsabilidad ninguna por su parte, y que me ponen los nervios de punta. Eso de ver por la calle a algún tonto montado en un ruido, me saca de mis casillas tanto, tanto, que en más de una ocasión, cuando pasaban por mi lado, he sentido la tentación de levantar una pierna y meterles el talón en toda la boca, para que dejen de molestar de una puta vez.

Y no quiero ni hablar de buscar aparcamiento en mi barrio... Porque los señoritos son tan chulos que para aparcar una mierda de medio metro de ancho necesitan el mismo sitio que un tráiler... Es tanta la manía que les tengo, que cuando decidí comprar una parcela y hacerme una casa, me aseguré de encontrar un pueblo cercano a mi ciudad donde no hubiera jovencitos con moto. De hecho, la primera nacida y empadronada en dicho pueblo en los últimos 50 años es mi hija, así que...

Pero es más... Cuando el señor juez decida lo que quiera con el problema de mi casa, y esté terminada, voy a comprarme una escopeta bien grande, para si, de repente, deciden hacer reuniones los de los pueblos vecinos cerca de mi parcela, cargarla con balas de sal, y pegarles un susto de muerte... Ya verás qué rápido se buscan otro lugar de reunión.

Porque, por supuesto, no voy a pegarle un tiro a un chico, claro. En el fondo los culpables no son ellos, sino sus padres que les consienten la irresponsabilidad de ir por ahí destrozando los nervios del resto de la ciudadanía, poniendo en peligro a todo bicho viviente, incluidos ellos mismos, y aparcando donde les sale de los huevecillos pelones que están en proceso de maduración.

Una de las cosas que más me gustó de Barcelona cuando viajaba a ella, era ver las motos aparcaditas en la acera. Allí (que me corrijan los que van más a menudo, si me equivoco) hay una normativa municipal que OBLIGA a aparcar las motos en las partes más anchas de las aceras, procurando que no molesten ni a peatones ni a la circulación del resto de vehículos. De esa forma, el espacio disponible para aparcar turismos (y camiones, que cuando viajaba allí era en camión) no se veía mermado por ningún chulo que, esperando a la novia, hacía gala de vespino nueva y jodía el aparcamiento a un par de turismos. Sí, digo un par, no uno sólo.

Y es que cuando estos elementos deciden atracar sus blancas carrozas junto a la acera, se aseguran de colocarla de tal manera que, aparte de ocupar cuatro metros de espacio (y os aseguro que hay veces que no entiendo cómo lo hacen, deben de estirar la carrocería de los mosquitos justo antes de aparcarla, pero de verdad que ocupan la hostia de espacio para lo diminutas que son), dificultan de tal manera aparcar a su lado, que es preferible continuar buscando sitio que intentar ponerlas a continuación. Por que son tan pequeñas, pesan tan poco, que con el roce del aire del tubo de escape se pueden ir al suelo.

Y claro, ahí tienes montada la marimorena en menos que canta un gallo. No sólo aparece el dueño de la mierdamoto, sino también su novia, su suegra, la vecina del tercero, probablemente el sufrido padre que se ha gastado sus buenos sueldos para que su criatura tenga con qué presumir y echarse novia (sospecho que para que se vayan antes de casa), y el bienintencionado enteradillo de turno que "lo ha visto todo perfectamente" desde el sofá de su casa viendo el fútbol... Y, de repente, te has convertido en un criminal que ha destrozado el futuro de un "pobrechico", y que no tiene más razón de ser que putear a la sufrida víctima de la agresión. Porque en ningún momento ha sido un accidente... tiene que haber sido a posta...

Encima que te putean por ocupar mucho más espacio del que les corresponde. Encima que te obligan a realizar maniobras imposibles para colocar un turismo donde siempre aparcas sin mirar. Y encima que tienes aún la santa paciencia de ayudar a levantar la mierdamoto y disculparte ante una colección de granos que no sabe si mata o espanta. Encima. Tienes que aguantar el chaparrón que te viene encima de todo el vecindario y aguantar el estigma de convertirte en un criminal que no sabe aparcar.

Todo ello, claro, si no te da el ataque de furia y coges la mierdamoto y la lanzas por encima de los contenedores de basura, a cuatro metros encima de la acera. En esos casos no aparece ni la Guardia Civil. Aparcas a gusto y encima dejas espacio para que aparque otro coche. Y del dueño, ni señal, oiga... desaparecen como por arte de magia...


lunes, 23 de julio de 2007

Relato (segunda parte)

Volvió la cabeza hacia mí, mirándome en una muda súplica de contacto, mientras se mordía ligeramente un dedo y gemía más fuerte. Mi mano comenzó un suave masaje circular en sentido contrario a las agujas del reloj sobre su vientre, desplazando la piel que cubría su monte de venus y aumentando la presión en cada vuelta; haciendo que las puntas de mis dedos llegasen a rozar levemente su ya descubierto clítoris. Pero no podía quedarme así. Tenia que probarla. El perfume de su piel, su suavidad, su olor a hembra y su dulzura juvenil tenían que saber a gloria, y yo necesitaba saborearlos.

Cambié mi posición para colocarme entre sus muslos; y agarrando con fuerza sus pequeños glúteos atraje hacia mi boca el manantial en que se había convertido su sexo. Ella se incorporó un poco para facilitarme la maniobra. Estaba ansiosa, podía notarlo en la electricidad que emanaba con cada movimiento de su cuerpo. No le faltaba nada para tener un orgasmo que prometía ser desgarrador, así que decidí alargar un poco más su agonía. En vez de dirigir mi lengua directamente a su clítoris, o beber de su vagina como quien bebe de una fuente, sediento, hambriento, como un náufrago del desierto, hice que la punta de mi lengua formara un gancho y me dediqué a recorrer los bordes de sus labios mayores y a separarlos, aún más si cabe, del agujero que me llamaba. Su sabor era difícil de describir. Estaba dulce, muy dulce, como un zumo de piña muy aguado, pero con sabor a tortilla de patatas. Todo en consonancia con su aspecto, con su suavidad, como la carne de un higo, pero sin las pepitas. Si la piel de sus muslos parecía seda, sus partes íntimas tenían la misma textura que la nata. Nunca había sentido una suavidad parecida ni en mis sueños más lujuriosos.

Me deshice de mi chaqueta, que aún tenía puesta, de forma brusca, no sin antes pelear como un desesperado por encontrar rápidamente uno de los preservativos que guardaba. Quería estar tranquilo. Quería parecer frío y controlado. No quería que se notara mi ansia ni la torpeza que nos invade a los hombres cuando estamos a punto de perder la cabeza. Mientras me ponía con manos temblorosas el preservativo, ella aprovechó para coger mi cabeza y tratar de dirigir mi lengua donde más deseaba su contacto. Trató de agarrarme del pelo, pero como lo llevo rapado como un inclusero, se desesperaba y retorcía tratando de hacerme llegar hasta su clítoris; rozándome con sus uñas; agarrándome de las orejas; empujando sus caderas hacia delante, gimiendo y suspirando cuando tan sólo rozaba con mis labios el capuchón que ya hacía rato no podía ocultar el botón de su placer.

Fue entonces cuando pude escuchar claramente su dulce voz. Una frase entera entre gruñidos y jadeos de placer y desesperación:

- ¡Argggfff...! Si... si vas a hacer... ¡ahh!.. algo m... más... ssss... éste es el momento... no creo que pueda resistir mucho mmm... máaasss... mucho tiempo... ¡ooh!

Sonreí... Y levanté la cabeza de entre sus piernas. Dudé sólo el tiempo suficiente para leer en sus ojos que verdaderamente estaba a punto, que deseaba llegar al momento en que el tiempo se paraliza y el placer te arranca suavemente los riñones de su sitio. Nuestras miradas se encontraron en la penumbra del tren y se conectaron como dos ríos que se juntan y se mezclan para no volver a separarse jamás. Las corrientes de nuestros pensamientos se juntaron para formar unidas una sola mente, con un solo objetivo común: alcanzar el máximo placer.

Para no hacerla sufrir más, apliqué mis labios a su clítoris, cubriendo con mi boca todo su sexo, pequeño, pueril, casi virginal y comencé a mover mi lengua blanda sobre el secreto pedazo de carne que sentía palpitar contra mis labios. Ella, que me había sonreído durante la pequeña pausa que había hecho, empujó mi cabeza para alejarla de su vientre. Quizá pensó que no era el momento de ser egoísta. O quizá lo que quería era algo más que el roce de mis labios contra su carne; pero siguió empujando hasta volver a poner mi cabeza a distancia de su cuerpo. Apoyó sus manos sobre mis hombros y, clavando su mirada en mis ojos, se deslizó suavemente del asiento para ensartarse con fuerza, casi con furia en mi polla. Gritó. Fue un grito animal, básico, atávico, brutal. Por la posición en la que me encontraba, de rodillas frente a ella, apenas había introducido la mitad de mi pene en su interior. Sin embargo, por el orgasmo que acompañaba a su alarido, nacido del fondo de su garganta, como un rugido, parecía como si el miembro la estuviera desgarrando por dentro.

Se derramó sobre mí como un jarrón que se rompe, dejando caer su contenido sobre mis pantalones. Su vagina apretó la punta de mi pene con desesperación, con fuerza, como recorrido por descargas eléctricas que su cuerpo no podía y no quería controlar. Golpeaba con su vientre mi barriga, haciendo palanca con los riñones contra el borde del asiento.

Cuando lentamente, el placer remitió, clavó en mí una mirada profunda. Suspiraba aún dejando escapar las últimas oleadas de placer cuando su boca se unió a la mía en un beso húmedo, lascivo, hambriento. Adiviné que no habíamos acabado. Me empujó suavemente de los hombros, tratando de cambiar mi incómoda posición. Yo estaba desbordado por asistir como espectador a tal marea de placer. Pero no quería dejar de abrazarla. Esperaba pacientemente que su interior se recobrara de la tormenta para poder moverme y no irritar ni siquiera un poco su preciosa intimidad.

- Sigue –Me dijo, casi en un susurro.

Era una orden. Pero era tan dulce que no pude resistirme a obedecerla.

Agarrándola fuertemente de los glúteos, la elevé sobre mis caderas. Me puse en pie y la llevé conmigo hasta el asiento. Durante todo el viaje en mis brazos, ella se abandonó a la contemplación de mi cara. Parecía no querer olvidar ninguno de mis rasgos. Y parecía querer absorber todo mi sexo dentro del suyo. Sin separar ni un milímetro su pelvis de la mía, se abrazó a mi cuello y acompañó cada uno de mis movimientos hasta acomodarnos en el asiento junto a mi ordenador. La viscosidad de sus flujos me hacían sentir como la boa que engulle su presa, pero al revés. Como la serpiente, su mirada capturó mis ojos. Y yo me dejé hipnotizar.

En aquel momento, notamos como el tren frenaba lentamente.

- Es Ávila –acerté a murmurar-.

- No importa. No te muevas por favor –susurró junto a mi oreja-

Por un momento, pensé en lo absurdo de toda aquella situación. En lo incómodo que sería si algún viajero tenía el acierto de elegir nuestro compartimento. Ni siquiera podríamos disimular. Su tanga y mi chaqueta habían quedado en mitad del suelo, delatando fehacientemente que la posición en la que estábamos era algo más que un juego. Joder, si ni siquiera sabía cómo se llamaba...

No sé si fue el miedo a ser sorprendidos, los nervios o qué, pero mi pene comenzó a flojear en su interior, dejando parte de su vientre sin el duro contacto que la tenía llena y aletargada. Al notar mi distanciamiento, me miró fija y dulcemente a los ojos, de nuevo.

- ¡No!... No... Espera un poco... – cuchicheó con desesperación- No te apartes aún.

Y cogiendo mi cara entre sus manos, me dio un beso dulce y profundo, muy lento, a la vez que sus caderas comenzaron un balanceo lento y corto, apretando con sus músculos el miembro para evitar que se escapara de su interior. Aquello tuvo un efecto vivificador en mi polla. Ya no me importaba si alguien entraba de repente. No me importaba si el tren volvía a iniciar la marcha. No quería saber nada más del mundo, del tren, del revisor. Toda mi esencia se concentraba en unos músculos pegajosos que atraían mi carne a su interior y llamaban de nuevo a mi placer. Dejé vagar mis manos frenéticamente por su cuerpo como sabuesos en busca de una liebre. Al llegar a sus hombros, deslicé los tirantes de su vestido y su sujetador en un solo movimiento para dejar al descubierto dos pequeños pechos redondos y muy blancos, con unos pezones mínimos, casi infantiles y unas aureolas oscuras, casi sólidas surcadas por multitud de arruguitas. Tomé una de sus tetas en mi boca con voracidad, como si estuviera a punto de devorarla, como una manzana fresca, mientras mi otra mano hurgaba en busca de una puerta trasera donde distraer el placer de su dueña.

Ahora, su lento vaivén del principio, se había transformado en un traqueteo rítmico y feroz cuyos límites se hallaban en el hueso de mi vientre y el dedo violador que la penetraba por detrás.

Mis labios y mis dientes castigaban sus pezones para que mi lengua se encargara de curar el daño causado por aquellos agresores. Sus dedos apresaban mi nuca y empujaban mi boca al encuentro de su lengua invasora. Sus rodillas apretaban mis costillas como una pitón a su víctima. Sus pies empujaban mis riñones al encuentro de nuestras caderas, que chocaban y chocaban cada vez con más violencia... Un grito desgarrador comenzó a nacer del fondo de su garganta, asustando a su lengua y subiendo al encuentro de mi saliva.

- ¡Uhmmm...mmmm...ffffff... Ufffff... Aaarrggghhhh! ¡Sí...! ¡Sí...! ¡Dioooossss!

¡Dios! Si... – gritó en medio de un vendaval de placer- Sí... sigue... no te pares...

Yo no la escuchaba. No podía pararme. Estaba embelesado contemplando su goce. El éxtasis me sorprendió desprevenido. Un fuerte empujón nació de mis riñones, bajó hasta mis muslos, invadió mis testículos y subió como un geiser a lo largo de mi miembro para ir al encuentro de sus entrañas, sin frenos, sin barreras, como un río desbordado choca contra las olas del mar y se envuelve con la marea.

Bajando la cabeza y apoyándola contra mi hombro dijo:

- Otro... otro... me voy a correr otra vez... ¡mmmmmmmmmmm! – Dijo-.Y se apretó fuertemente contra mi pecho.

Sus brazos se fueron relajando poco a poco, abandonando mi castigada nuca y deslizándose por mis hombros hasta abrazarme desmadejada, deshecha, vulnerable.

- ¡Jijijijijijijiji! –Me sorprendió su risa- Vaya locura ¿no?

- Sí... no me lo esperaba, la verdad – sonreí satisfecho-

- Ni yo... no pienses que hago esto a menudo. -Se incorporó lentamente, como sobreponiéndose a un gran esfuerzo y me miró a la cara, esperando una respuesta. En sus ojos brillaban unas lágrimas que aún pugnaban por salir del mar de sus órbitas

- No, la verdad es que en la última media hora no se puede decir que haya pensado mucho. – Contesté tratando de hacer que el buen humor rebajara la tensión del momento.

Ella respondió a mi sonrisa con franqueza. No hacían falta más palabras. Ya nos habíamos justificado lo suficiente y nuestro espacio vital comenzaba exigir que nos separásemos. Cuando iniciaba el torpe movimiento para tratar de sacar sus pies de detrás de mi espalda, la apreté de nuevo contra mí.

- Espera –Dije. Y tomando su barbilla con mis dedos la besé dulcemente. – No hay prisa, no tengas miedo.

- No es miedo, pero me siento un poco incómoda. –sonrió. Y con alegría añadió- Además... se me están quedando dormidas las piernas... Jajaajaja...

- Jajajajajjajajaj...

La risa tuvo el efecto de hacer nuestra separación un poco menos embarazosa y más natural. Al principio nuestros cuerpos hermanados por el placer se resistieron a abandonar a la pareja de goce. Su sexo no quería verse vacío y tuve que pelearme con el mío para recuperar el preservativo usado y envolverlo en un pañuelo de papel.

Mientras recomponíamos nuestras ropas no dejamos de reírnos de nosotros mismos, de la situación, de la posibilidad de vernos sorprendidos in franganti, de los gritos proferidos durante el orgasmo, que seguro habían sido escuchados por los viajeros de otros compartimentos, y de nuestras estentóreas carcajadas, tan delatadoras como los gritos.

Recuperó sus sandalias y me contó que tenía billete para un coche cama, pero que sus compañeros de habitación roncaban y había decidido cambiar de sitio para tratar de dormir un poco. Volvimos a reinos con la incongruente realidad. Yo la conté que volvía a casa después de un día de lo más aburrido. No nos dimos más detalles personales que el intercambio de fluidos que habíamos disfrutado. No me dijo su nombre ni yo le di el mío.

Seguimos con una divertida conversación hasta que llegó el momento de bajarme . La besé en la boca con pasión. El olor de su sexo me acompañó hasta mi casa mezclado con los pelos de mi perilla, resbalando por la piel de mis genitales, escondido en los pliegues de mi ropa, marcado a fuego en mi memoria.

Al día siguiente, cuando se lo contaba a mi mujer, y después, haciéndole el amor, lo que más recordaba era su fragancia.

Luego, cuando volví a coger el tren que me llevaba de vuelta a Madrid, quise alimentar la esperanza. Quizá por esas cosas de la vida nos volviéramos a encontrar.

viernes, 20 de julio de 2007

Relato

Me gusta viajar en tren. Siempre me ha parecido un medio de transporte muy romántico, favorecedor de las relaciones humanas y sobre todo, cómodo. Así que cuando, por motivos laborales, comencé a viajar asiduamente a Madrid, decidí rápidamente que aparcaría el coche y lo utilizaría todo lo posible. Pronto, mis idas y venidas se convirtieron en algo casi diario; y el tren me permitía durante dos horas y pico, preparar mis entrevistas de trabajo antes de la llegada a destino, con lo que la teórica pérdida de tiempo se convertía en realidad en una inversión. Podía, gracias a los viajes, dedicar mi tiempo libre a otras cosas, mientras transformaba los desplazamientos en horas efectivas de trabajo, además de librarme del estrés del caótico tráfico de la capital.
Debido a mi actividad, no siempre cojo el mismo tren. En ocasiones uso el que llamamos aquí “el de los ejecutivos” que sale a las 7:11 h y llega a Madrid a las 9:45 h; donde todos o casi todos los viajeros enchufamos el portátil casi antes de conectar nuestras posaderas con el asiento. En otras, prefiero madrugar menos para llegar justo antes de la hora de la comida en un tren que llega desde Vitoria; éste hace un recorrido con muchas paradas y paisajes montañosos, arbolados cerrados, encajonamientos de rocas irisadas, profundos valles verdísimos y otras muchas distracciones que lo hacen especialmente bello, distrayéndome en ocasiones de la monotonía del ordenador, o permitiéndome reflexionar tranquilamente durante la contemplación por la ventanilla de las preciosas vistas.
Mi vida transcurre así, casi sin darme cuenta, entre trayectos relajantes que permiten mantener mi nivel de estrés dentro de los límites de la cordura, practicando sin saberlo la cultura del slow down mucho antes de que se pusiera de moda en nuestro país.
Para la vuelta a casa, suelo tomar un regional exprés que sale de Madrid a la 20:30 h, aunque en ocasiones, sobre todo cuando los cursos o reuniones de trabajo se alargan hasta después de la hora de cenar, prefiero coger un tren que se llama Costa Vasca. Éste es un tren a la antigua, con sus vagones divididos en compartimentos a lo largo de un pasillo, con su puerta y sus cortinas que separan del corredor y permiten cierta intimidad; con sus asientos alargados a ambos lados del compartimento, con vagón restaurante y sus vagones litera, extrañamente incómodos.
Durante el verano pasado tuve que usar con frecuencia este último tren para volver a mi ciudad, ya que me tocó en varias ocasiones asistir de ponente en algún curso. Por desgracia, mi forma abierta de impartirlos suele hacer que se alarguen innecesariamente para debatir con los alumnos y aclarar dudas usualmente vanas, repetitivas, que deberían haber quedado claras durante el desarrollo de la clase, pero que muchos alumnos, con ganas de destacar, se empeñan en subrayar.
Aquel jueves, después de despedir a uno de los alumnos con evidentes síntomas de intoxicación etílica por culpa de buffet de la merienda, decidí quedarme a dormir en Madrid, en el mismo hotel en el que impartía las clases. Llamé a mi esposa para avisarla del cambio de planes, prometiendo volver al día siguiente en el tren de la noche, y , si podía acortar todo lo posible la sección de ruegos y preguntas, llegar a casa antes de que se metiera en la cama.
Cuando el recepcionista del hotel, tras consultar con el gerente de turno, me confirmó que no había ni una sola plaza para pasar la noche; pensé que no era cuestión de buscar habitación en un hotel distinto y que podía darle una sorpresa a mi mujer: aún estaba a tiempo de tomar el Costa Vasca sin darme demasiada prisa. Podía presentarme en casa a dormir y volver al día siguiente, ya que mi turno de ponente no comenzaba hasta las 16 h.
Pedí un taxi que me dejó en la estación diez minutos antes de la partida de mi tren. El tiempo justo de coger el billete y presentarme en el andén correspondiente casi a la carrera, pues ya anunciaban por megafonía la salida. Busqué un compartimento vacío junto al vagón restaurante y coloqué mi maletín en el portaequipajes de encima de mi cabeza justo cuando el tren iniciaba su recorrido.
Me dolían los ojos, estaba cansado y hambriento; y como en el tren ya no se podía fumar más que en el restaurante, pensé en aprovecharme que no había paradas hasta llegar a Ávila para acercarme a dicho vagón, tomar una cena ligera y echar un cigarrillo. Con un poco de suerte, Álvaro, uno de los camareros con lo que había hecho amistad durante varios viajes, estaría de turno y me distraería contándome algún chascarrillo o poniéndome al día de la actualidad de los fichajes de la liga de fútbol. Cuando salía del compartimento, casi choqué con Pepe, uno de los revisores habituales con el que también había coincidido muchas veces en el vagón restaurante:

- Buenas noches, Pepe. ¿Cómo va el servicio hoy? – Saludé alegre-.
- Bien, bien, no hay mucha gente. ¿Vas a echar un pito?
- Sí –contesté-. Voy a ver si Álvaro me pone algo caliente para cenar y me distraigo un rato –dije tendiendo mi billete para que lo picase-.
- Pues va a ser que no... Hoy no está él de servicio. Pero si me esperas diez minutos, te acompaño y te doy un rato de palique – dijo devolviéndome el pasaje agujereado. Y echándome un vistazo, continuó- No hace falta que cargues con el maletín. Déjalo en el compartimento; apenas hay viajeros, y como hemos salido desde Atocha, ya están casi todos dormidos. No creo que haya mucho movimiento esta noche.

Dudé apenas un segundo, pero mi profesión consiste en mantener buenas relaciones con todo el mundo, y el secreto del éxito es precisamente saber en quién confiar, así que con un encogimiento de hombros contesté:

- Vale, te espero tomando algo y te invito a uno de esos puritos aromáticos que sé que te gustan.
- Diez minutos y estoy contigo – contestó abriendo mucho los ojos y anticipando el placer oloroso-.

Después de un rato de conversación, una frugal cena y un par de cafés, volví a mi sitio. El compartimento estaba a oscuras y con las cortinas echadas. En principio pensé que Pepe había tenido la gentileza de cerrarlas para evitar que nadie viera mi escaso equipaje; pero al abrir la puerta corredera, comprobé con sorpresa que una chica joven estaba acostada en el asiento frente al mío, con una mochila por almohada. Inmediatamente, dirigí mi mirada hacia el lugar donde había dejado el maletín. Allí continuaba, intacto. De hecho, apenas se veía, tumbado como estaba sobre el portaequipajes. Entre silenciosamente para no molestar a la otra pasajera.
La muchacha, vestida con una falda larga estampada con pequeñas flores rojas y una camiseta de tirantes, había dejado sus sandalias romanas cuidadosamente debajo del asiento. Su cuerpo, demasiado delgado, estaba echado de lado con las piernas encogidas y los pies apuntando hacia la ventanilla. No entiendo cómo no pudo escucharme al entrar; debía dormir profundamente, porque ni siquiera cambió el ritmo de la respiración cuando ocupé mi asiento, abrí mi maletín y encendí mi portátil. En realidad no tenía apenas trabajo atrasado, pero me parecía de mala educación quedarme allí simplemente contemplándola, o más bien adivinando las formas de su huesudo cuerpo en la penumbra, así que me empeñé en mirar ceñudo la pantalla mientras revisaba distraído los correos electrónicos que habían llegado a mi cuenta.
En un momento determinado, la otra pasajera hizo un movimiento en sueños, haciendo un pequeño ruidito con la respiración al moverse. Miré disimuladamente hacia ella para ver si se había despertado. Mi mirada se quedó prendada de su cuerpo. Era rubia ceniza, con el pelo rizado; y con el movimiento onírico había colocado las piernas en ángulo recto. Una apoyada en el asiento que usaba de cama, y la otra junto al respaldo que hacía tope contra su espalda. Estaba viviendo el sueño de todo hombre, ya que todos somos algo mirones. La muchacha con su postura me ofrecía una visión perfecta de su ropa interior: un tanguita de hilo dental de color carne. Traté de volver la vista a la pantalla, pero estaba como hipnotizado por la visión. Por una parte, me daba corte que la chica se despertara y se diera cuenta que estaba observando la entrepierna que me enseñaba accidentalmente. Por otra, mis ojos recorrían, como si fuera mi lengua, el borde de aquel tanga, adornando más que tapando los labios mayores que se me mostraban.
Miré más descaradamente aquel paisaje, deleitándome con sus curvas y valles. Aprovechando la luz que erráticamente llegaba desde el exterior me descubrí tratando de ver cómo llevaba adornado el pubis, ya que se veía en sus labios los efectos de una depilación reciente. No sé si fueron mis pensamientos lúbricos o mi mirada que se estaba solidificando sobre su cuerpo; pero, de repente, me pareció ver que su monte de venus se contraía, como bajo los efectos de una caricia leve. Me fijé más detenidamente: Sí, ahí estaba de nuevo la contracción... Sonreí para mis adentros.
Me incliné hacia delante, acercándome un poco más a ella y la miré a la cara. Estaba en fase REM, o sea que dormía profundamente. No había posibilidad de que se despertara de repente ni de que estuviera fingiendo para ver como reaccionaba yo. Durante un segundo pensé en dejar de lado lo que estaba haciendo y concentrarme en mirar tan bello espectáculo, pero el pudor me venció. ¿Y si se despertaba y me descubría observándola? Con el ordenador encendido al menos tenía una excusa para disimular y no hacer más violenta la situación. Además los sueños eróticos de mi compañera de viaje no eran cosa mía, podían muy bien haberme pasado desapercibidos.
Refugiándome tras la pantalla de cristal líquido seguí deleitándome con el espectáculo de sus órganos femeninos en plena tormenta. En realidad, el tanga era el culpable de aquella situación. Encastrado fuertemente en el perineo de la desconocida, restiraba de la piel de su vientre, haciendo que la costura del triangulo bordeara y rozara levemente la entrada a su vagina con los movimientos de su propia respiración. No pude evitar otra sonrisa al pensar en lo molesto que sería cuando despertara, me viera allí y no pudiera ajustar la indiscreta prenda en su lugar.
La joven pasajera hizo otro movimiento para tratar de acomodarse de nuevo, supongo que para evitar el molesto roce de la lencería, lo que me hizo desviar de nuevo la mirada a su cara. Seguía profundamente dormida. Cuando mis ojos volvieron a posarse en sus muslos no podía creer que hubiera tenido tanta suerte. El tanga se había desplazado con el último movimiento dejando al descubierto uno de sus labios mayores, ya fuera del todo de la prisión a la que le había estado sometiendo aquel minúsculo trozo de tela. El resultado era favorecedor para mi mirada pervertida. Ahora podía observar claramente que estaba totalmente depilada a través de la transparencia de la tela. El inconveniente para su dueña es que ahora era uno de sus labios menores el que sufría la tortura de la presión; aunque por los movimientos, que se estaban haciendo cada vez más pronunciados y rítmicos y por la humedad que comenzaba a empapar sus bragas, no parecía encontrarse nada incómoda...
Mi imaginación masculina comenzó a trabajar a toda máquina. ¿Y si se despertaba con un apetito voraz de hombre?¿Sería capaz de tomar la iniciativa y echarse encima mío como una de esas ninfómanas de leyenda?¿Me veía yo capaz de actuar como los galanes de los relatos eróticos? Sin darme cuenta, mi corazón se estaba acelerando ante la posibilidad de un contacto que tenía tantas posibilidades de llevarse a cabo como las que tiene un novato de hacer hoyo en un solo golpe jugando al golf: ninguna. Lo más probable es que la chica se despertara de repente y me viera observándola con aquella mirada lúbrica y, o bien montara un escándalo, o bien se sintiera tan cortada que fuera incapaz de decir ni buenas noches. No obstante, por si acaso, palpé el bolsillo de mi chaqueta donde suelo guardar los preservativos... Siempre he sido de la opinión que la imaginación de los escritores tiene que tener una base real.
Entretanto, los movimientos de la muchacha se estaban convirtiendo en una masturbación en toda regla. Su respiración se tornaba irregular por segundos y era evidente, por el vaivén de sus caderas, que estaba disfrutando de lo lindo con aquel sueño erótico. Su placer estaba extendiéndose por entre las capas de sueño y no tardaría mucho en despertarse. Por mi parte, la erección que había comenzado a crecer entre mis piernas abiertas no era fácilmente disimulable ni siquiera con la pantalla del portátil en medio.
Me asusté de veras cuando la chica volvió a acomodarse en el asiento. Esta vez sus manos se dirigieron descaradamente a su pubis, acompañando el movimiento de sus caderas con evidente intención. Ya no sabía dónde meterme, y por un momento, pensé en apartar el ordenador y hacer otro viaje al vagón restaurante. Quizá eso sería lo más caballeroso por mi parte. Fumar un cigarrillo y dejar a mi acompañante a solas con su placer. Pero, por otra parte, además de estar disfrutando a tope con el espectáculo, cualquier movimiento por mi parte, incluso la más leve respiración, probablemente daría al traste con el juego de la mujer, además de crear una situación insostenible para ambos; así que contuve la intención de toser, de moverme, casi de respirar. Por aquel entonces, la viajera ya había apoyado el interior de los nudillos de su mano derecha sobre su clítoris, apartando con la zurda la molesta falda y ayudando a la diestra a aumentar la presión sobre el pubis. Soltó un gemido leve, abriendo un poco los labios y separando todo lo posible sus muslos.
En aquel momento, abrió los ojos levemente. Pude notar con claridad el respingo que la produjo la sorpresa al verme allí. Se detuvo al instante. Sus ojos se abrieron totalmente para clavar en mí una mirada húmeda pero llena de miedo. Creo que se dio cuenta que ya había avanzado demasiado para iniciar una maniobra de disimulo. O quizá ya no la importó lo que yo estuviera pensando. Probablemente ya sólo el placer era lo importante para ella, así que volvió a cerrar los ojos despacio y entreabrió los labios para dejar escapar un suspiro que tuvo la cualidad de sacarme de mi parálisis temporal. Todos mis músculos se relajaron a un tiempo, bueno, todos no... y pude soltar el aire que había estado conteniendo en mis pulmones durante unos segundos.
La mujer se relajó visiblemente y continuaba con las maniobras dirigidas a complacer el ansia que la envolvía. Los dedos meñiques de ambas manos se deslizaron por los elásticos del tanga, apartando la prenda de la humedad que por aquel entonces ya brillaba profusamente alrededor de su sexo. Mojó los dedos mayores de la mano derecha y dedicó una especial atención a su clítoris, rozándolo suavemente con su dedo índice mientras los otros dos dedos jugaban con los labios menores perezosamente.
No tenía sentido alguno seguir disimulando, así que aparté el portátil a un lado y me acomodé lo mejor que pude para poder liberar la presión que a mi vez estaba sufriendo en la entrepierna. Mi compañera de viaje debió notar el movimiento, pues abrió los ojos y me dedicó una mirada lúbrica que tenía más de invitación que de límite.
Animado por su beneplácito, bajé la cremallera de mi pantalón y saqué mi polla de la prisión en que se había convertido mi propia ropa interior. Mientras, ella estaba introduciendo lentamente dos dedos dentro de su vagina para retirarlos después y hacerles viajar por el cañón de los placeres hasta el clítoris, donde se demoraba un poco antes del viaje de retorno. Pude adivinar, más que ver, una sonrisa en sus labios. Aquella situación estaba siendo de lo más excitante y placentera para ambos. De repente, clavó los talones en el asiento sobre el que estaba tendida, terminó de subir del todo la falda hasta la cintura y se bajó de un tirón el maldito tanga, que ya debía estar torturándola en exceso. No me lo podía creer. Estaba retirando conscientemente la última barrera entre mi mirada y su sexo. Si aquello no era una clara invitación, no lo sería ninguna otra después. Si no me lanzaba en aquel momento, no habría más oportunidades de hacerlo ni indicación por su parte que me franqueara el paso más claramente.
Me puse de rodillas junto a ella. Mis manos tomaron dulcemente su pierna izquierda: mi derecha en su tobillo y mi izquierda en la cara interior de su muslo, junto a la rodilla. Mientras posaba su pierna en el suelo, la más atrevida de mis manos disfrutaba de la suavidad de su piel acercándose lentamente a su ingle.

¡Si! –dijo levemente separando al máximo sus rodillas. Su voz era dulce, juvenil, femenina. Una promesa de placer y un discreto perfume de sus labios llegaron hasta mí con el suspiro que exhaló cuando mis dedos entraron en contacto con su pubis rasurado.