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lunes, 15 de octubre de 2007

Las razones ¿ocultas?

Me encanta esto del blogger. Será porque soy de los que pienso que discutir es la llave para encontrar el porqué de las cosas al poder compartir con otros nuestro punto de vista; porque como decía Joseph Joubert: "Es mejor debatir una cuestión sin resolverla, que resolver una cuestión sin debatirla.", o, simplemente, porque me gusta polemizar, discutir, debatir y defender mis ideas a capa y espada. El caso es que cada día me gusta más poder escribir aquí lo que pienso y compartir mis ideas con otros miembros de este mundo, que afortunadamente, tienen mentes más preclaras que la mía. Es fascinante, de verdad.

Sé que últimamente, a pesar de lo que acabo de escribir, no le estoy prestando demasiada atención a este pequeño lugar en que me desahogo. Pero tengo una excusa perfecta: estoy completamente enamorado. Sí, sí... me he enamorado como un crío de quince años, pero no de una mujer; ni siquiera de una persona o de un animal. No. Me he encoñado del todo con el Linux. Concretamente de la distribución que he instalado en mi ordenador, Ubuntu. No podéis imaginar lo ilusionado que estoy con las cosas nuevas que estoy aprendiendo... es alucinante lo poco que sabía de ordenadores, creyéndome un adelantado en estas cosas de la informática, hasta que he instalado (por cierto, que se tarda menos de diez minutos en hacerlo y no hay que borrar nada del ordenador, si os animáis), configurado y hecho funcionar a mi gusto (A MI GUSTO) el dichoso aparatito que me mantiene comunicado con el mundo exterior. El caso es que me he lanzado a estudiar y me siento más que satisfecho de lo mucho que he aprendido en estos pocos días. Mucho más de lo que había aprendido en los últimos dieciséis años que llevaba usando el invento de mi amigo Guillermo Puertas.

Entre lo que estoy estudiando y que me había propuesto sorprender a mi amiga INTE con un buen cuento en el concurso de Zaragoza al que ambos nos hemos comprometido a participar, estaba dejando bastante de lado este pequeño diario. Después de todo, todos tenemos una vida real paralela a la que disfrutamos en este "no-sitio". Una vida a la que también tenemos que prestar atención de vez en cuando para seguir disfrutando de ambas.

Pero este retiro voluntario, parcial y temporal ha sido roto por la necesidad de denunciar la manipulación a la que estamos siendo sometidos.

Aviso que, a riesgo de ser un pesado, de volverme un tipo cargante e insistir una y otra vez sobre la misma materia, hoy vuelvo a escribir sobre el dichoso cambio climático de mis entretelas. Lo digo por si alguno que esté leyendo esto se quiere retirar ahora y no volver a leer mis opiniones sobre este recurrente tema.

¿No? Bueno, vosotros mismos... El que avisa no es traidor:

No sé si se puede estar más indignado que yo sobre este maldito asunto, de verdad... Y es que cuanto más profundizo en él, más me solivianta la impunidad con que nos manejan aquellos que tienen dinero suficiente para sobornar (no encuentro una palabra más adecuada para definir esta situación) a los medios de comunicación generalistas y manipular nuestra opinión.

Ya escribí en su momento que el documental del amigo yanqui Al Gore no era más que una sucesión de chapuzas, leyendas, infundios, exageraciones y despropósitos infundados envueltos en un halo de ecología de salón, muy conveniente a sus intereses. Y es que no deberíamos perder de vista que este señor no es más que la cabeza de un grupo de empresarios que se metió a político... empresarios que por cierto, se dedican a la producción de lámparas de bajo consumo, paneles solares, motores eólicos y otras muchas actividades no tan bien vistas desde el mundo verde (industrias químicas, centrales nucleares, gestión de residuos radiactivos, etc.). Bien, pues eso a la gente no le sale de ojo... no entiendo por qué... imagino que porque se cuidan muy mucho de dar publicidad a estos asuntos. En cambio, la operación de marketing que han montado con el dichoso documental supera con mucho cualquier producción cinematográfica hollywoodiense al uso.

Tanto es así, que meses después de su estreno, las consecuencias del eco público suscitado por ése cuento de ¿ciencia? ficción ya se empiezan a recoger en todos los ámbitos. Incluso aquí, en el blogger... Y eso que se supone que los que estamos conectados a la red somos personas con un nivel cultural superior a la media, que estamos mucho mejor informados, puesto que tenemos a nuestra disposición toda la información que Internet nos ofrece. Pues bien: no es así. O no es así en todos los casos. Supongo que por falta de interés a la hora de buscar otros puntos de vista distintos de los que nos dan ya digeridos y procesados... no quiero ni pensar que sea por otras causas.

Pero ése no es el problema grave, no... Además, con toda la publicidad que le han dado al... documental... (perdón pero es que se me atraganta la palabra), no es extraño que unos cuantos, incluso muchos de los que han oído hablar de él o que lo hayan visto se sientan alarmados, si los conocimientos necesarios para interpretarlo no forman parte de su formación. No: el problema grave es que no nos están permitiendo escuchar a los que realmente saben de esta disciplina, es decir, geólogos, climatólogos, meteorólogos y ecologistas científicos de verdad, no de los de mesarse los cabellos y salir a gritar a la calle.

Veréis: Sé que lo que voy a decir ahora no tiene rigor, pero es que no tengo las cifras exactas, así que valdrá con una aproximación a ojo de buen cubero.
En el mundo habrá aproximadamente unos 25.000 científicos que se ocupan del tema medioambiental. SÓLO (aproximadamente) unos mil quinientos se creen ALGO de lo que "Una verdad Incómoda" ha puesto en el mercado de la Apocalipsis mediática en los últimos meses.

Pero no se nos deja escucharlos.

De los mil quinientos que apoyan esa bazofia, sólo unos pocos han participado en el informe de la Comisión de expertos que ha elaborado el informe del IPCC. Curiosamente, aquellos cuyas investigaciones están apoyadas económicamente por los socios de Al Gore... sin comentarios...

Para responder a una chica que visitó recientemente mi blog, Susana, he de decir que la gran mayoría de los que participaron en la elaboración de dicho informe son investigadores independientes y catedráticos universitarios, por lo que sus sueldos no dependen directamente de los gobiernos a los que tanto trabajo les cuesta implementar medidas para paliar los efectos de la contaminación o del uso del suelo. No son, por tanto, tan manipulables como los expertos del señor Gore y compañía. Creo que esto baste para hacerse una idea de la diferencia de criterio.

Pero la cosa no acaba ahí. Hace unos pocos días, un juez inglés dictó sentencia sobre una querella presentada por un grupo de científicos ingleses que se sienten tan indignados como yo mismo en lo que al asunto que nos ocupa se refiere. Cuando se comenzó a comercializar la película, hicieron un análisis serio de los datos que contenía el cuento de hadas; contrastaron las informaciones y decidieron que lo mejor sería acudir a los tribunales en vez de usar las armas que los partidarios del señor Gore utilizan: el desprestigio y la quema pública de sus reputaciones. Pues bien, dicha sentencia concluye que el mal llamado documental se basa en 9 afirmaciones seudocientíficas completamente FALSAS. Y que las pruebas que se sugieren dentro del mismo para demostrar esas afirmaciones son, cuando menos ridículas. Baste como ejemplo lo que más se ha comentado: La muerte de los pobrecitos osos polares. Murieron un total de once ahogados en el periodo que propone Al Gore con cara de jesuita contrito. Todos ellos, según las pruebas aportadas en el juicio, a causa de una tormenta... ni por deshielo ni por cambio climático... joder... que patinazo...

¿Alguien se ha enterado de esta noticia? ¿A que no? Yo la vi en el Norte de Castilla de pura casualidad... estaba en la parte derecha de la hoja izquierda del periódico. Junto al doblez de las hojas y no ocupaba más que ocho o nueve líneas. quién sepa algo sobre comunicación que saque sus propias conclusiones. Para los demás: ése es el sitio donde se pone lo que no interesa que nadie lea. Ya está dicho.

Rápidamente los expertos en publicidad que asesoran al ex candidato a presidente de Yanquilandia se pusieron a trabajar para contrarrestar el daño hecho a la imagen del nuevo salvador del mundo... Hay que hacer algo muy sonado y muy importante para que la noticia de este varapalo no se divulgue y nos deje con el culo al aire.

¿Y qué mejor publicidad que un premio Nobel de la Paz? Así nadie se atreverá a contradecir lo que el monigote barbote en un futuro próximo... porque emprenderla contra un premio nobel de la paz está muuy mal visto... Pues hala... a soltar la pasta necesaria y que lo beatifiquen ipso facto...

Sé que no he dejado en muy buen lugar a los Nobel de la Paz. Pero si piensas que también se lo dieron a Henry Kissinger que era el responsable de la CIA que pergeñó, instauró y apoyó una docena de dictaduras en Latinoamérica, Chipre, Timor, etc. durante su mandato... no es que yo les esté dejando mal, es que se dejan mal ellos solos... Vaya usted a saber... igual es que los de la Fundación Nobel estaban este año cortos de dineros.

Ahora, con este maravilloso y bien merecido premio, habrá quién aún piense que Al Gore es el responsable de abrir los ojos al gran público sobre la verdad del cambio climático. Una verdad manipulada, pero fácil de vender. Una verdad que cuando la mayoría se de cuenta del engaño sí se convertirá en una verdad muy incómoda. Tiempo al tiempo.

P.D. Por favor, lean los enlaces, que son muy interesantes y aclaran muchas cosas, así me evito tener que repetirlas en las respuestas a los comentarios.


lunes, 13 de agosto de 2007

Del MOPU y la vejez

Uno de los síntomas más claros de que estamos envejeciendo es, seguramente, la resistencia a aceptar la utilidad de nuevos inventos. Aún recuerdo con una sonrisa el maletón que solía arrastrar conmigo para poder hablar con los clientes en los inicios de la telefonía móvil; y, una vez reducido su tamaño, el orgullo con el que lucía mis primeros teléfonos celulares. Mi padre, reticente donde los haya a caer en nuevas modas, comentaba con sorna que aquello era una “chorrada” y que nadie le vería con un móvil en la mano hasta después de muerto. Por suerte, el aún vive; y más tarde hubo de aceptar la utilidad de estos teléfonos cuando le explicamos, sin lugar a dudas las ventajas que le reportaría llevarlo encima.

Pues a mí me pasa lo mismo con el GPS. Me parece, además de un peligro claro para la conducción, una chorrada de tomo y lomo. Me explico: entiendo su utilidad para aquellos que no tengan ni pajolera idea de dónde les lleva el coche; para aquellos que, como cuenta la leyenda, no se paran a pedir indicaciones ni cuando se ven perdidos en medio de la selva amazónica; para aquellas familias en que el coche se convierte en cada viaje en un maremagnum vocinglero, y en el que tienes que estar más pendiente de que el niño no vomite, o de subir y bajar el aire acondicionado, que de el desvío que has de tomar para llegar al apartamento playero. Pero para mí... como que va a ser que no...

En primer lugar, llevo al lado un copiloto cuya habilidad con el mapa de carreteras es proverbial: Si mi esposa interpreta en el mapa que hay que girar a la derecha, yo, que no me fío ni un pelo ni de mi propia sombra, leo los carteles indicadores, y siguiendo mi instinto... giro a la izquierda. Lo curioso del caso es que siempre termino llegando bien y en menos tiempo a los sitios. Claro que en este aparente contrasentido juegan baza también otros factores: En primer lugar mi experiencia en carretera. Seis años como autónomo en un camión dan mucho juego y suponen muchas horas de volante como para no hacer caso a la memoria y al instinto. Y en segundo lugar, un sentido de la orientación que ya quisieran para sí algunos de estos aparatitos modernos.

Es cierto que desde que dejé el volante para dedicarme a otras labores profesionales, la configuración de muchas ciudades y lugares de nuestro país, han experimentado una transformación que las hace prácticamente irreconocibles. Pero, por suerte, los puntos de referencia siguen siendo los mismos que antaño y no se han movido de su sitio. Al menos aún nadie ha conseguido mover montañas o apartar del camino de una autovía una iglesia o un convento. Es más: estoy seguro que en España se conseguirá antes lo primero que lo segundo.

Las nuevas carreteras, a pesar de tener que esquivar las grandes propiedades de los amigos de quien esté en el poder en el momento de iniciar su construcción, siguen un patrón universal: llevar a una dirección cardinal que hace muy fácil llegar a tu destino; siempre que tengas claro dónde quieres ir, por supuesto. Y hacen tan aburrido el acto de manejar el coche, que cuando el copiloto no te da conversación, puedes admirar el paisaje y orientarte mejor que con cualquier aparato de localización. Todo ello, por supuesto, sin perder la concentración al volante y sin distracciones. Y si no vas como Fitipaldi por el asfalto.

Además de todo esto, siempre queda el viejo recurso de fomentar las relaciones humanas parando en cualquier bar a tomar un refresco... y preguntar a los lugareños que están al tanto de la más mínima incidencia, la última obra o la dirección prohibida provisional que colocaron anoche. Algo que ningún GPS te dirá por muy moderno y actualizado que sea.

En mi caso en cuestión, el aparatito se convierte, en suma, en un adorno inútil, cuando no en una carga, a la hora de hacer un viaje.

Pero la cosa no queda ahí; no. Os voy a poner un ejemplo claro. Viaje usted a Marbella. Según los mapas de carretera del MOPU –o como coño se llame hoy el ministerio con más cambios de nombre del mundo entero- y los GPS son 797 kilómetros y 8 h con 40 minutos de recorrido. Vale: de momento lo de los kilómetros no coincide ni por el forro. Por que con tanto cambio en las autovías, hay puntos kilométricos que suponen casi dos kilómetros y medio en el cuenta del vehículo. Sí, sí, como lo oyes chico... Entre Medina del Campo y Adanero se pueden contabilizar más de uno de este caso. Menos mal que el GPS tiene en cuenta la posición relativa del vehículo en referencia a un satélite, que si no, antes de llevar la tercera parte del trayecto estaríamos más perdidos que una cabra en un garaje. Imaginad que quedáis con un amigo en un punto kilométrico en concreto a una hora para continuar el viaje juntos: si no fuera por el teléfono móvil, lo más probable es que ambos ni siquiera llegaseis a veros, que dos kilómetros y medio es mucha distancia, sobre todo si hay alguna curva o cambio de rasante en la carretera...

Voy a abreviar, que si no el post se me hace eterno a mí y a quien lo lea. Tengo dos noticias; una buena y otra mala:

La buena es que si alguien quiere viajar a Africa, a Marruecos en concreto, sólo tendrá que esperar unos pocos años y un par de modificaciones más de la autovía entre Granada y Málaga.

La mala es que los malagueños se encontrarán en breve al otro lado del estrecho.

Y es que los 182 km que separan estas dos ciudades se han convertido por arte de magia en 218. ¡Treinta kilómetros más!¡Y en tan sólo cinco años! Con esperar unos pocos más no hará falta coger un barco para pasar a Marruecos. Comprobadlo vosotros mismos con el cuentakilómetros del coche. Pero no hagáis caso al GPS o pasaréis vuestras vacaciones en el embalse del Agujero en vez de en el mar Mediterráneo. U os encontraréis en la estación de servicio de Jabalquinto cuando la memoria de vuestro GPS os indique que habéis llegado a Córdoba... palabra... (Conste que este error es imperdonable, ya que Jabalquinto está a sólo 20 km de Jaén) O sea que...

Hoy, cosas que la casualidad, cuando voy a postear lo que escribí anoche, me encuentro con que Sansón, uno de los dibujantes del Norte de Castilla, ha encontrado inspiración en el mismo tema que yo... o yo la he encontrado en el mismo lugar que él... jajajjajajaja. El caso es que esta es su viñeta:

jueves, 9 de agosto de 2007

Que no lo entiendo

Que, de verdad que no lo puedo entender...

Que no me cabe en la cabeza que alguien pueda hacer daño a una niña de 18 meses, por muy enfadado que se esté.

Que tengo una hija de casi ésa edad y tengo que contener mi instinto de correr hacia ella cada vez que se da un topetazo para no mimarla demasiado y no protegerla en exceso, convirtiéndola así en alguien demasiado dependiente.

Que es a eso a lo que te empuja el instinto, no a hacer daño a tu propia prole.

Que ni siquiera las ratas, más agresivas que el ser humano, son capaces de herir a sus crías. Ellas que entienden la agresividad como una forma de relación. Que sus encuentros y reconocimientos de jerarquía dan lugar a empujones como si se tratase de un concierto heavy; y que acaban haciendo que sus colas se enreden en nudos imposibles de desatar, muriendo de pura violencia contenida, de agobio y de frustración –lo que se ha dado en llamar “rey de ratas”- son capaces de dañar a sus retoños ni siquiera por omisión.

Que otros animales con fama de muy agresivos, como por ejemplo los diablos de Tasmania, son capaces de morir de rabia, golpeándose contra cualquier cosa antes de infligir perjuicio a sus cachorros.

Que me dan ganas de coger el mango de mi hacha y liarme a hostias con tanto hijo de puta que hay suelto por el mundo (con todo mi respeto a las prostitutas y a sus hijos, que no tienen la culpa de que en mi idioma no se conciba mayor insulto).

Que, por tanto, ¡¡¡¡ME CAGO EN LA PUTA MADRE QUE LE PARIÓ A ÉSE ENGENDRO, A SU FAMILIA Y A TODA SU RAZA!!!!

Que el suicidio no es suficiente castigo por el delito cometido.

Que tendría que haber sobrevivido para sufrir mucho y muchísimo tiempo, y aún así, no habría expiado su culpa.

Que espero que no tenga más hijos por ahí sueltos, porque los genes de ése individuo no deberían transmitirse, por el bien de la humanidad.

Que, por favor, si los tiene, alguien con autoridad condene a muerte a los engendros de ése cabrón, que su ADN debe perderse, no vaya a volver a pasar en el futuro.

Que sé que me estoy pasando, pero tengo un cabreo que no se lo deseo ni a mi peor enemigo.

Que nunca he entendido cómo alguien puede abusar de su fuerza física con una mujer o un niño.

Que siempre he pensado que quien golpea a una mujer debería cortarse la mano con que cometió tamaña villanía.

Que me los dejen a mí, por favor. Sólo pido una habitación a oscuras y la posibilidad de que midan sus fuerzas contra mi rabia, a ver si así demuestran los hombres que son...

Que no puedo escribir más porque tengo las gafas empañadas de lágrimas de rabia y de ganas de dar un mordisco en la yugular al mundo entero.

Aunque sé que eso no arreglará la injusticia cometida... pero al menos igualaré el tanteo: LO PROMETO.

P.D. Por favor, si hay alguien que tenga posibilidad de llevar a cabo mi petición, que los vaya ordenando por tamaños: los más grandes primero. Y un orinal para los que esperen...

miércoles, 4 de abril de 2007

condenada educación

No estoy a favor del uso de la violencia. Al contrario que mucha gente, no puedo decir que reniegue de ella "por principio", sino que he llegado a esa postura desde el convencimiento práctico. En mi vida he tenido ocasión de entrar en contacto con personas y situaciones en que la violencia formaba parte de un todo, de una forma de vivir o de defenderse de las circunstancias que nos rodean. Yo he sido una de esas personas; y hasta que maduré lo suficiente para darme cuenta que vencer no es convencer, hice uso de la violencia tal y como lo aprendí en la calle. No estoy orgulloso de ello, pero sí de haber sabido superarlo y de comprender la forma en que se genera dentro de uno mismo o en las personas que nos rodean, y encontrar la mejor manera de ahogar al monstruo antes de que sea demasiado fuerte para poseernos. En mi juventud usé y abusé de la violencia tanto como me era posible, ya que para mí, suponía una forma de vida natural y espontánea, un modo lícito de imponer mi voluntad o de hacer escuchar mi opinión. Tuve muchos problemas, incluso legales, y hoy puedo presumir de haber vencido esa tendencia, de hacer de la calma y el dialogo unas formas mucho más efectivas y duraderas de resolución de conflictos.

De aquella época conservo, aparte de los conocimientos intrínsecos de vulnerar, una cierta agresividad en la forma de comunicarme que pueden sorprender o espantar a los extraños, a quienes no me conocen bien; pero que aquellas personas que viven a mi alrededor han aprendido a conocer y soportar sin sentirse amenazados. Recuerdo que, al principio de nuestra relación, a la que hoy es mi mujer, sus amigos la avisaban sobre la posibilidad de estar intimando con un maltratador en potencia. Nada más lejos de la realidad. Si estoy en contra de la violencia gratuita, en el caso de la violencia contra mujeres o niños, soy partidario de su castigo público y contundente. No hay nada más vejatorio que abusar de quienes, por naturaleza, no están capacitados para defenderse. Siempre he dicho y vuelvo a suscribir ahora que quien maltrata a una mujer o a un niño debería tener la suficiente hombría para cortarse el brazo con que dio el golpe. Sé que suena bestia y de una honorabilidad trasnochada, pero es así como pienso.

Y ahora voy a contradecirme un poco: leo con espanto una noticia en el Norte de Castilla que me ha hecho pensar hasta qué extremos hemos llegado en nuestro celo por proteger a los menores. No sé si estoy tan de acuerdo con la injerencia de la ley dentro de nuestras casas, de nuestra vida familiar, de la educación de nuestros hijos. Condenar a un padre a 3 meses y 21 días de prisión por dar un zapatillazo a su hija adolescente, me parece, no excesivo, sino esperpéntico.

Mi generación ha crecido con la amenaza de la zapatilla de nuestras madres, o como en mi caso, del palo de la escoba. En mi caso concreto, mi madre ha roto tantos palos de escoba en mi cabeza que, tras tantos años de práctica conmigo y con mis hermanos, podría dar lecciones de esgrima a los más expertos tiradores del mundo. Lo digo en serio: he visto algunos senseis de Kendo que no tendrían nada que hacer en un tatami contra mi progenitora armada con un cepillo de barrer.
Comentarios aparte, esta forma de impartir disciplina no me parece que haya sido perjudicial para nuestro desarrollo. De hecho, nos ha impelido a buscar otras formas menos agresivas de educación. A casi ninguno le gustaba ser castigado con un par de buenos zapatillazos, así que ahora tratamos de educar a nuestros hijos en el dialogo, en la tolerancia, y en la autodisciplina, procurando no castigar físicamente e imponiendo las normas de convivencia dentro de nuestras casas por medio del raciocinio y de la comunicación.

El problema es que en esta ecuación, hay dos partes. Y si una de las partes no se aviene a la convención establecida, no estamos educando, sino consintiendo en exceso a nuestros vástagos. Estoy harto de ver a compañeros de mi generación con multitud de problemas a la hora de educar a sus hijos, no sólo adolescentes, sino infantiles, que se enfrentan a los padres con un descaro inconcebible en nuestra época.

Puede que no toda la culpa sea de nuestros hijos. Por como está estructurada nuestra sociedad hoy, los dos cónyuges tienen que trabajar para poder pagar las hipotecas excesivas, los gastos que genera la vida en común, y los niños no pasan tiempo suficiente con sus padres. Encuentro lógico que el poco tiempo que pasamos con ellos no queramos dedicarlo a enfrentamientos, no queramos que se sientan agredidos por nuestra forma de ver las cosas, no queramos estar enfadados o que ellos se enfaden con nosotros, así que la disciplina tiende a relajarse, nos sentimos tentados a consentirlos más, para no tener que castigarles durante el poco tiempo libre que podemos concederles. Y cuando las situaciones se desmadran, a nuestro entender, nos encontramos con que es demasiado tarde para "enderezarlos"...

Siempre he dicho que nadie conoce mejor a un hijo que sus propios padres, si la comunicación es la adecuada. Y que para educar a mi hija, no necesitaré de la violencia ni del castigo físico, puesto que sé lo que la gusta y tengo potestad para privarla de ello si necesito disciplinarla, pero ¿Y si eso no es suficiente? ¿Y si se rebela contra lo que ella, seguramente, verá injusto, mientras yo lo considero necesario? Me temo que algunos de los excesos que cometen hoy los niños con los adultos (maltrato a los profesores, a los ancianos, falta de respeto en general, etc) tienen su origen en el momento en que sus padres ceden ante esta forma sutil de chantaje. Si me echo atrás en un momento poco propicio, mi hija sabrá que puede hacer lo que la venga en gana. El resultado de esa forma de educación puede ser otro monstruito incapaz de adaptarse en sociedad, otro despojo humano que cree poder salirse siempre con la suya; lo cual, como es evidente, nunca es así. Pero descubrirlo puede hacer de ella una inadaptada, una persona infeliz o una sociópata. Y no estoy dispuesto a consentir eso.

Quizá la linea entre disciplina y maltrato sea muy fina. Puede que sólo se pueda distinguir una de otro por la actitud con que se imparte. Entiendo que la frustración no es justificante para dar un zapatillazo a nadie, al igual que la violencia no es la forma adecuada de imponer tus ideas. Pero aún así, reclamo mi derecho como padre a dar un azote a mi hija cuando considere adecuado hacerlo. Reclamo mi derecho a imponerme por la fuerza cuando mis razones no produzcan el efecto deseado, en arras de la educación que deseo para ella. Quiero hacer de mi casa una democracia en la que el poder judicial sea efectivo, sin que el poder judicial de la sociedad pueda injerir en su aplicación. Este atropello judicial en la intimidad de mi domicilio no puede ser bueno ni para la educación de mi hija, ni para mí, ni para el resto de los padres responsables. No podemos dejar que el exceso de celo interfiera hasta el punto de que los hijos olviden el respeto y la obediencia a sus mayores, o la siguiente generación nos hará añorar los tiempos de mi abuelo, en que se trataba de usted al cabeza de familia.

Y hablando de mi abuelo: recuerdo una ocasión en que sacó a cintazos a un tío mío de casa, teniendo éste la edad que yo tengo ahora (41 años) sólo por que se le ocurrió mandar a la mierda a su madre. A mi abuelo todo el mundo le trataba de usted y nunca fue acusado de maltratador, no porque no se estilase en aquella época, sino porque era justo en sus juicios, aunque el castigo se realizaba con una vara de avellano en las manos. Desde su muerte he tenido ocasión de asistir a muchos entierros, tanto familiares como de otros conocidos; y en ninguno he visto llorar tanto y tan sinceramente a tantísima gente.

Yo, por si acaso, siguiendo el buen ejemplo de mi abuelo, me he agenciado una buena vara de avellano.