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sábado, 16 de febrero de 2008

CAPITULO IV ÚLTIMA PARTE Y FIN

FINAL DEL RELATO

Te entregué este avance, esta misiva en mano. No me atreví a confiarla al correo, como si quisiera asumir toda la responsabilidad. Tu respuesta no se hizo esperar. Sostuve heroicamente tu mirada encendida y mi recompensa fue el interés que leí en tus ojos.

  • ¿Es un folleto de instrucciones? – Me preguntaste con amabilidad.

  • Muy incompleto... – respondí.

  • Entonces, espero la siguiente entrega con impaciencia –dijiste.


Entonces supe a ciencia cierta que escribiría esto para ti.


Pero la recompensa no terminó ahí. Recuerdo que al principio, antes de leer la carta, te mantuviste reservada conmigo, casi hostil. Hablabas mucho, gesticulabas y te reías. Me gustaba la manera en que expresabas tu timidez, que yo conocía de sobra, mientras decidías la mejor manera de actuar a continuación.


Iniciamos un jugueteo que no tenía más objeto que el de romper el hielo de la distancia que nos había tenido tanto tiempo separados. Me tomaste en tu boca y yo hice lo propio. Yo experimentaba un doble placer, en cierto modo muy ambiguo: el de comerte y el de ser chupado a la vez. Tu sexo no estaba como de costumbre. Tenía la misma forma, la misma consistencia y el mismo poder evocador, y también reaccionaba con los mismos sobresaltos a los cosquilleos de mi lengua, pero tenía otro sabor, otro modo de retorcerse entre mis dientes... quizá otra saliva... no sé, y no me importa. Lo importante es que estamos aquí de nuevo.


De repente, deseé tu placer más que el mío y me retiré de tu boca por un momento, tú permaneciste lo suficientemente accesible como para permitirme acariciarte por debajo de la falda. Sentí la dulce suavidad de tus muslos al rozarlos. Mis manos comenzaron a recordar, al mismo tiempo que las redescubrían, las redondeces femeninas, sus atractivos, la elasticidad de una piel entre sedosa y aterciopelada, la calidez dócil y moldeable de los tejidos delicados, la humedad turbadora de cierto valle...

Permaneciste de rodillas, de espaldas a mí, pero me facilitabas la tarea con multitud de detalles, separando los muslos, arqueando la espalda y ofreciéndote por completo a mi caricia, mientras me prodigabas las tuyas.


Comencé a quitarte la ropa. La falda cedió sin problemas, y te retorciste para que pudiera alcanzar tus bragas. Como aún hacía calor, llevabas las piernas desnudas e ibas calzada con unas encantadoras sandalias que iluminaban con un vivo destello la zona inferior de tu cuerpo, totalmente descubierta. Lo que más destacaba era tu culo, enormemente excitante, redondo, insinuante y provocador. Me estreché contra ti por detrás y te enlacé por el talle. ¡ Que caliente estabas! Respondías a mi presión acercando aún más las nalgas; mis manos comenzaron a recorrerte en una danza deliciosa, cuya coreografía se debía más a la intuición que a la técnica, se deslizaron bajo tu camiseta, que llevabas directamente sobre la piel, sin sujetador, encontraron tu pecho, lo aprisionaron, lo tantearon y lo acariciaron. Tus pechos estaban muy duros, puntiagudos... ¡ y cómo se estremecían! Sentía que tus pezones se endurecían bajo mis dedos y se movían al mismo compás; comencé a rozarlos muy suavemente con la palma de las manos abierta. El placer fue absolutamente compartido: aquel cosquilleo en el hueco de mis manos se tornó tan sugestivo y turbador que comencé a sentir una inmensa sed de ti. Me deslizaba por tu cuerpo como si se tratara de una guitarra, de un instrumento sensible que vibrara soberbiamente bajo los dedos de un músico enamorado. Dejé tus pechos para ir al encuentro de tus caderas y tus nalgas. De redondez en redondez, iba abandonándome... ¡Ah! La intuición, en efecto, prevalecía sobre la técnica... Sin embargo, a partir de aquel momento la intuición fue reemplazada por mi propio deseo, un deseo loco de poseerte, de saciarte, de seducirte, de hacerte gozar.


Te levantaste; tenías un aspecto extraño... No me dejaste acercarme a ti mientras te ponías el vestido negro al que hacía alusión en mi carta. Cuando terminaste, hiciste una picardía que sabes que me encanta, levantarte el vestido para dejarme ver tu sexo, hoy desmesuradamente abierto e hinchado.

  • ¡Mira! –Dijiste.

  • ¡Mira tú también!


Hacia mucho tiempo que estabas acostumbrada a obedecerme.

Y miraste, reconociéndote en el espejo. Intentaba repetir el juego que descubrimos en aquel recordado viaje. ¡Que delicioso tormento sorprenderse así, en el propio desenfreno! ¿Quién inventó los espejos? ¿Quién fue el primero al que se le ocurrió la idea de descubrirse, de gozar de su propia imagen, de masturbarse ante el espejo, de joder con su reflejo? Desde Narciso, en todos los burdeles hay espejos, y aquel día descubrimos la razón, al saborear el doble placer de actor y espectador, el goce turbador de contemplar una película guarra cuyos protagonistas somos nosotros.

Te deseaba, te deseaba intensamente, quería tomarte, masturbarte, comerte y beberte, descubrir tu sabor y tu olor más íntimos, y suscitar en tu vientre una oleada de placer. Así que comencé a acariciarte de nuevo con la intención de hacerte perder de nuevo el control.


El líquido fluía bajo mis dedos como si manara de una fuente, mientras tus rodillas se iban separando poco a poco para facilitar mis exploraciones. Te acariciaba con las dos manos, profunda y concienzudamente. Te abría como se abre un fruto jugoso en pleno verano, vagaba de un extremo a otro de tu hendidura y, al pasar por tu culo, sentía su llamada palpitante bajo mis dedos: ése sería el camino de mi sexo hoy. Te incorporaste un poco y cambiaste de postura – ya no estabas de rodillas, sino en cuclillas -, y entonces me resultó más fácil penetrarte, en profundidad y simétricamente. Introduje al mismo tiempo los dos índices en tu coño, que resbalaba como si estuviera untado de aceite, y los dos pulgares en tu culo, que se ofrecía con descaro. Estabas caliente por dentro y por fuera, ardiente, deliciosa y excitada al máximo. Me entretuve pellizcando y tanteando el elástico tabique que separaba mis dedos, los cuales se deslizaban por tu culo con regularidad y firmeza, y recorrí tu vagina con movimientos circulares infinitamente lentos y suaves.

Mis manos, que se movían con una inteligencia frenética, te sostenían por completo, pues las fuerzas te abandonaban a medida que el placer te iba invadiendo y apenas podías apoyarte en el espejo que reflejaba nuestra doble imagen. Sin embargo, en aquel momento yo era más fuerte que Atlas, y el fardo que reposaba en mis brazos, más importante que todo el universo. La mujer del espejo realizó unos movimientos rápidos y verticales, como el galope de un caballo de tiovivo, y yo puse todo mi empeño en acompañarla en su éxtasis, sosteniéndote con fuerza. Luego se quedó inmóvil, tensa, rígida, en la cima del goce que acababa de proporcionarle.


La belleza de aquel rostro tenso del espejo desencadenó mi reacción, violenta y apresurada... me sentía celoso de mi propia imagen en el espejo, así que te cogí por la cintura y te senté encima de mí, buscando la puerta secreta que tan fácilmente había holgado en aquella ocasión.


Tus muslos, totalmente separados, me revelaban el turbador espectáculo de nuestra unión reflejada en el espejo. Veía mi dardo hundido en ella, mis testículos ligeramente aplastados bajo sus nalgas y su sexo abierto, tornasolado por la oleada que acababa de anegarla, nacarado, brillante, fluctuando entre el rojo oscuro y el rosa más tierno. Observé fijamente tu imagen, loco de alegría; hubiese deseado que mi mirada te quemase, y sin duda era así, ya que mantenías los ojos obstinadamente cerrados.


Hice que te giraras y cambiamos de posición, necesitaba contactar con esos ojos que me estaban volviendo loco de angustia por hurtarme el placer de compartir el tuyo. ¡Señora! Es de muy mala educación no mirar a la gente a la cara. Es de muy mala educación y, además, muy estúpido, pues, en determinados momentos, no hay nada que resulte más delicioso que la vergüenza. Vamos, amor mío, abre los ojos y mira cómo te miro. Te hago el amor sólo con la mirada. Lee en mis pupilas y en mi rostro lo que siento ahí, a menos de un metro de mi cara. Descifra mi turbación y mi deseo, mi voluptuosidad al contemplarte así, como una mujer lúbrica y con todos sus secretos al descubierto. Tu herida es profunda, neta y precisa. El vello que la rodea la destaca sin protegerla. Me sé de memoria todos los pétalos de tu flor, la espuma de tu concha; siento tu clítoris erguido y exacerbado sin necesidad de tocarlo. Te exploro, te desmenuzo, te saboreo, te ansío sin escrúpulos... Te veo ensartada por el macho, te veo apretar el culo sobre mi columna... y el jugo que escapa de ti moja poco a poco mis cojones... Al contemplar este espectáculo olvido las dimensiones de la realidad, me sumerjo en un universo fabuloso donde la vida no es más que un apareamiento, en un universo mítico, milenario y antediluviano. Me siento hipnotizado por el placer de nuestras nupcias: mi corazón y mi sexo laten al unísono, al ritmo de esta danza tan vieja como el mundo. ¡Mírame! Eres una hermosa hipócrita que se la deja meter, que se deja poseer y ni siquiera se atreve a levantar la mirada. Tienes el coño abierto de par en par y los ojos cerrados en nombre de un viejo pudor. Si me miraras, si te atrevieras a abrir los ojos ante el humilde testigo y partícipe de este maridaje íntimo y cautivador, te besaría. ¿ Me oyes? Te besaría y arrastraría conmigo con más rapidez e intensidad de lo que nunca hayas vivido.


Un ligero parpadeo resultó suficientemente tentador para interpretarlo como una rendición. Posé mi boca en la tuya y bebí del manantial. Estabas apetecible como un melocotón, tibia, jugosa y perfumada. Olías a mujer y a hombre a la vez, y abracé los dos sexos en el mismo beso, arrastrándote con mi orgasmo, que más parecía una explosión.

Traté de alcanzar tu vagina para disfrutar de tus contracciones con uno de mis dedos a la vez que con mi sexo, y me dí cuenta que el camino estaba ocupado. ¡ Estaba dentro de ti, pero no por el camino que yo había elegido! ¡Acababa de correrme allí donde nuestro mutuo placer podía producir fruto!

Creo que mi voz dejó traslucir el terror de aquel descubrimiento. Y aunque tu reacción fue inmediata, no te separaste de mí; permanecimos abrazados en una paz tácitamente firmada, como si supiéramos que aquella ocasión, pese a reunir todas las condiciones favorables para que fructificara nuestra unión, no sería la elegida para que dicho fruto madurase. Me extrañó un poco que tu reacción no se exagerara como de costumbre. Casi me atrevería a asegurar que... ¡ Te complacía esa situación!

Creo que pocas veces te he amado como en aquella ocasión...


lunes, 11 de febrero de 2008

CAPITULO IV

CAPITULO IV

Inmediatamente después a esta experiencia, las cosas se precipitaron... Cada uno de nuestros encuentros se convirtió en una especie de obra de arte que nos empeñábamos, tanto uno como otro en perfeccionar. Tú habías aprendido de mis caricias, de mis palabras, de mis besos hasta qué punto la paciencia y la aplicación podían resultar provechosas, tanto para tu propio placer como para el que en cada jornada habías aprendido a proporcionarme. Hasta conseguiste entender aquello de que en el amor no hay nada prohibido, sucio o desagradable cuando ambos amantes desean hacerlo. Yo me había convencido, gracias a tus caricias, que la ternura no era lo mismo que el sexo, que el sexo no era lo mismo que el amor, que el amor no era lo mismo que la amistad, y que todas esas cosas juntas era lo más maravilloso que me había encontrado en mi vida; incluso aprendí los placeres que puede proporcionar una sana violencia, bien orquestada, consentida, e incluso en ocasiones esperada. Cada vez que nos reuníamos, avanzábamos uno al encuentro del otro con una curiosidad infinita por los gestos, las palabras y las situaciones aún no descubiertas, con una pasión febril de coleccionista, con una sabiduría ambigua que nos hacía circunscribir nuestras preocupaciones comunes al ámbito de la voluptuosidad. Ensayamos mil y una situaciones nuevas; inventamos mil y un lugares distintos donde amarnos y sentirnos el uno al otro. En cualquier momento o lugar sentíamos la urgencia de explorar nuestro nuevo universo de placer y de amor. ¡Que feliz me sentía entonces! ¡Que fácil nos resultaba llegar a un acuerdo tácito, sin palabras, sobre cuándo o cómo!

Y fue en el clímax de esa situación idílica, cuando nuestra relación comenzó a cojear de quién sabe que pié. Conociste a aquellos amigos del Sur... Comenzaste a sentirte atrapada... Te marchaste a averiguar lo que sentías... Pero como dije al principio, no te quiero recordar los momentos tristes. El verano que pasamos no es digno de recordar.

Poco a poco, sin apenas darnos cuenta, nuestras vidas comenzaron a juntarse de nuevo... Nos fuimos de vacaciones... Y cuando volví a casa y tú te quedaste allí, sentí que de nuevo renacía el amor, que volvíamos a estar casi como al principio. Fue entonces cuando comencé a madurar, tras varios intentos infructuosos la idea de este libro. Fue cuando me pediste por teléfono que te escribiera algo... y lo hice.


Escribí: "El otro día, cuando se te cortó la comunicación, cuando escuché “escrib...”, pensé que tras los maravillosos días que acabamos de pasar juntos, merecías algún poema, alguna canción, alguna composición lírica que reflejara mis sentimientos por ti, la alegría de amarte y la tristeza de no tenerte a mi lado en estos momentos. Pero ya me conoces, soy vago por naturaleza; y esto, unido al sobreesfuerzo que supone alinear mis emociones en unas páginas manchadas de tinta, - proeza atlética que sólo por una persona tan especial como tú soy capaz de realizar- ha hecho que sólo tras tu petición expresa de ayer, me decida a comenzar algo que, sinceramente, no creo que merezca la pena.

Y es que solamente tú, con tu bondad y tus sentimientos cegándote, crees en mí; eres la única persona del mundo que piensa en estos garabatos inconexos como en el fruto del trabajo y la mente de un escritor. Quizá por eso, y porque te amo como no he amado nunca, me cuesta menos escribir para ti. "Escríbeme algo bonito” –me dijiste ayer -. Y créeme que lo intento; llevo toda la noche buscando un tema sobre el que, pincelada tras pincelada, componer un cuadro que te haga jadear de emoción. Y no se me ocurre nada.

Cada vez que lo intento evoco tu figura. Cuando pienso en los días pasados, recuerdo tu perfecta nariz quemada por el sol; cuando imagino el proyecto del camping, me inunda la cabeza tu sonrisa de felicidad y de ilusión. Cuando recreo tu vuelta, son tus ojos, el día que nos despedimos, los que anegan mi corazón. Cuando pienso en lo feliz que he sido junto al mar, en la playa, es tu cuerpo tendido al sol y cubierto de aceites el que me viene a la memoria; si intento figurarme cómo sería la vida viviendo juntos, es tu rostro en el momento supremo del placer lo que veo.

Y cuando intento tranquilizarme, controlar este deseo de abrazarte y besarte hasta fundirnos la piel, enciendo de nuevo la pipa, pienso en todos esos pequeños placeres que he disfrutado a tu lado: la pipa y el güisqui nocturno, el ritual de sacarme algún pelo de la barba, o la odisea del hilo de seda. Y sobre todo recuerdo cuando compartíamos la ducha, con el agua deslizándose por tu cuerpo y cayendo al suelo desde el vello de tu sexo, como si manase de él lo mismo que haría de un manantial de montaña.

Como ves, todo lo bonito o hermoso que he disfrutado está ligado a ti, todos los placeres que merecen la pena no son tales si no puedo disfrutarlos contigo. Me encanta viajar, y, sin embargo, el viaje de regreso fue aburrido y eterno sin tu compañía. La respuesta a todo esto está muy clara, y lamento reiterarme de este modo tan poco elegante; pero es que estoy profunda y absolutamente enamorado de ti. Y lo estoy de una manera sana y convencida, como nunca lo había sentido antes.

Cuando intento compara mis sentimientos actuales hacia ti con todo lo que he sentido anteriormente, llego a la conclusión de que todo lo pasado era fingido, era un aprendizaje, como un entrenamiento para poder disfrutar de verdad esto que paladeo ahora. El amor que siento en este momento no es fruto sólo de la pasión; en otras ocasiones he obtenido más sexo que en este momento contigo, aunque bien es cierto que la calidad del contacto tampoco se puede comparar, quizá –y no es la primera vez que llego a esta conclusión- en parte por eso precisamente, por el amor que siento por ti. Tampoco es fruto del capricho o de tu hermosura, que es mucha.

Es un amor maduro, violento y veraz. Es maduro porque aunque siento miedo –y todo aquel que no lo confiese es porque no ama de verdad- de perderte, a entregarme y a aceptar este sentimiento como es; aunque aún siento miedo a descubrir que tú no me amas como yo a ti; y aunque aún me preocupan y me agobian todos estos miedos hasta el punto de complicar, a veces en exceso, nuestra relación; a pesar de todo ello, siento placidez en mi interior.

Es un amor sin preocupaciones desmesuradas y sin alteraciones propias de la juventud. Sin angustias vitales y sin posesividades que ahoguen la razón. Y es tan hermoso amar así...

También es violento. Es un amor violento por su forma de nacer, inesperada por ninguno de los dos. Es violento por los arrebatos que siento en ocasiones de abrazarte y acabar con la distancia que supone nuestra piel. Es un amor a golpes –los que tú me das- que mantiene un rescoldo encendido en todo momento y que, sin aviso previo, hace crecer una llama que nos abrasa a los dos. Y es violento por la ternura que nos amansa y nos hace disfrutar del dolor que sentimos cuando no podemos estar juntos. Espero que me entiendas esta reflexión...


Y por último, sé que es veraz por su dureza y solidez. Es resistente a tus rabietas y a mis enfados, a veces eternos de largos. No se arruga por las circunstancias adversas que nos rodean. No le importa tu familia o la mía, ni el abismo de presiones sociales o económicas que afronta. No disminuye con la distancia que, a veces, nos separa, ya sean kilómetros o actitudes. Es fuerte porque se limita a resistir y a colarse en mis pensamientos para lanzarme, en el momento más inoportuno, un recuerdo de ti. Es verdadero porque si no lo fuera así no me hubiera hecho buscarte durante tanto tiempo sin importar le la época o el lugar donde te fuera a encontrar... Él es así.

"Escríbeme algo bonito” vuelvo a recordar. Y ahora que llevo un rato pensándolo, me doy cuenta. No conozco nada más bonito que tú y que los sentimientos que me inspiras. Sueño con abrazarte desde el mismo momento en que subí a aquel tren. No deseo nada más que volver a pasarte el brazo por la cintura y atraerte hasta mí; sentir tu pecho junto al mío y tu lengua jugueteando en mi boca. ¡Ah! Y tu olor... volver a percibir tu olor inundándome por completo. Notar tu piel estremeciéndose bajo tu ropa es una sensación maravillosa, pero poder llevarme tu olor a casa y evocar ése momento cuando estoy a solas... es casi como hacerlo eternamente, sin interrupción.

Deseo tenerte de nuevo entre mis brazos, rodearte la cintura y acariciar tu rostro y tu cabello con estas torpes manos que sólo se hacen diestras para tan divino menester. Si ahora estuvieses frente a mí, te miraría largamente, como hago a menudo para asegurarme que eres tú en realidad, que no eres un espejismo, un sueño de la razón de un loco de soledad; Preguntándome, como suelo hacerlo, que he hecho yo para aspirar a tan inmerecido regalo como es el compartir un pedacito de tu vida. Y te besaría. Te besaría con la desesperación que he ido acumulando a través de los tiempos y los países en los que te he ido buscando. Te besaría haciendo que mi lengua explore tus labios hasta encontrar la tuya, siempre escondida, siempre esperándome. Te apretaría fuerte contra mí para retener el tiempo que pasemos así, abrazados, sintiendo tus senos contra mi pecho, tus brazos alrededor de mi cuello, tus caderas junto a mi sexo y tu respiración acompasándose con la mía; notando cómo nuestros corazones se sincronizan en un solo ritmo que poco a poco se va transmitiendo a nuestras cinturas, a nuestras caderas, a nuestros sexos...

Te siento tan cerca ahora en mi imaginación, que casi puedo recorrer tu espalda con mis manos. Siento tu calor, aquí en mi boca y tu cuerpo contra el mío. Siento el peso de tus brazos sobre mi cuello y la redondez de tus nalgas entre mis manos, que se van deslizando hacia tus caderas para contactar con tu piel desnuda. Llevas puesto el vestido negro que sólo te pones para ocasiones especiales entre tú y yo. Vuelvo a tu espalda a través de tu cintura, por debajo de la ropa esta vez; y me detengo en el broche del sujetador mientras mi aliento va dejando un rastro de amor en tu cuello. Voy sintiendo crecer tu placer y mi deseo a medida que mis dedos se cuelan por el elástico de tu ropa interior haciéndola viajar por la largura infinita de tus muslos.

Vuelvo a mirarte a los ojos y noto la humedad de tu deseo en ellos tanto como en tu sexo, a través de la fina tela del vestido. Deseo poseerte tanto como tú a mí, pero no será ahora mismo; antes te obligo a girar, a darme la espalda para poder besarte la nuca y desnudarte los hombros con mis caricias y con mis besos. Noto cómo tus manos desatan mi miembro y lo liberan del pantalón mientras aún estás de espaldas y acaricio tu pecho. Siento el impulso de decirte todo lo que siento, lo feliz que soy, lo mucho que te amo y lo hermosa que estás en estos momentos; abro la boca y sólo sale de ella un triste “te quiero”. ¿Dónde están las palabras? ¿Dónde los sentimientos? ¿Dónde, todas esas cosas que estaba pensando hace un momento?

¡Ah, ya sé! Ahora lo entiendo. Sabia naturaleza que ahorra hasta en el aliento de los amantes, para no estropear tan lindos e intensos momentos. Ahí está todo, comprimido en un “te quiero”.


Te deseo con locura,
quiero sentirme dentro
pero antes quiero
ver el placer

ahogándote por dentro.

Recorro tu pecho en besos,
Tu vientre y muslos en caricias

Y fabrico velas con mi lengua para
Navegar en todo el mar de tu cuerpo.
La poesía no puede narrarse
No puedo contar lo que siento.
La poesía no está en las palabras,
Vuelve a estar en los gestos,
Está en cada una de mis caricias,
Está en los movimientos de tu cuerpo.

Me gusta sentir la culebra
Que se retuerce junto a mi aliento.


Te siento encima de mi boca, peleando contigo misma, que no deseas hacerlo. Y recorro tu sexo con mi lengua, de arriba abajo, de abajo arriba, imprimiendo un ritmo que tú misma comienzas a dictarme cuando las olas de placer te van arrastrando. Exploro cada rincón, cada pliegue, cada pelo, llenándome la boca con el sabor que más anhelo. Siento tu cuerpo crisparse y veo cómo se balancea tu pecho. Me miras a los ojos y comienzas a sonrojarte mientras el goce comienza a hacerse perfecto. Tus ojos se llenan de agua y de un brillo de acero. Ya vuelves a ser mi dueña, mi reina, mi espejo. La señora que duerme en mi cama y que me ayuda a gobernar mi feudo. La muñeca que coge la espada y defiende mi honor y mi reino es la misma que siento ahora a través de tus ojos y tu sexo. Y al igual que si fuera una espada, agarras ahora mi sexo. No intentas acariciarlo; ya sabes lo que deseo. Me empujas sobre tu carne, siento tu sexo ardiendo cómo se aparta y me rodea el miembro. Tu cara de placer es inenarrable. Tu sonrisa es el cielo. El movimiento se hace continuo, insistente, va dejando de ser lento por momentos.

Noto tu geografía secreta recorriéndome por entero... Al fondo un dolor placentero... a la entrada, una vena egoísta que me empuja otra vez dentro... No puedo parar, no quiero estarme quieto. El placer nos arrastra a ambos... y en el momento supremo... un beso. Un beso de saliva fría que hace que me queme por dentro, que me dice que tú también disfrutas con el premio. Siento tus contracciones y tus uñas clavándose en mi pecho. Si supieras lo feliz que me haces... no sé cómo explicarte esto.

viernes, 1 de febrero de 2008

CAPITULO III


Muchas veces me he preguntado que puede seguir interesándote de mí. Es más, no sé exactamente que extraño impulso te empujó a besarme aquella noche en casa de nuestro amigo común.

Soy consciente de no ser ninguna belleza ni de tener nada especial que me haga más atractivo que el resto de los hombres. Entonces ¿Qué es lo que te interesa de alguien a quien has tenido y tienes a tu merced? Más allá de toda mi ternura, de todos mis besos, de mis supuestos dones, de todas las palabras que me atreví a pronunciar y de todos los movimientos que me atreví a realizar ¿Qué me queda para poder cautivarte de nuevo?

Me queda un secreto que sé que ansías, lo que durante tanto tiempo me has pedido: que desnude mi alma a través de estas líneas, que te cuente lo que pasa furtivamente por debajo de mis párpados, obstinadamente cerrados ante la proximidad del placer, lo que atormenta mi mente de hombre prudente y juicioso en las horas de delirio y de fiebre...

Quieres imágenes, palabras, historias que alcancen tu parte más profunda y la conviertan en agua; que te lleguen a lo más hondo y te conmuevan por el hecho de conocer al autor y a los actores de este juego. Pues bien, aquí tienes un recuerdo que me atormenta cada vez que tu perfume llega hasta mi boca:

Llegó una noche en que nuestra tierna complicidad, nuestro común amor por la extravagancia y la fantasía, y quizá también algunas copas de más, nos llevaron más lejos de lo que hubiera podido pensar en ti.

Aquel día, habíamos planeado una salida a aquella vieja ciudad, según tú la más elitista del país, donde habías trabajado durante una temporada y a la que querías volver para acabar con algunos de los fantasmas que te atormentaban y para disfrutar de sus playas.

Contratamos una habitación en el hotel más caro de la ciudad y salimos a dar un paseo por la playa, no sin antes aprovechar el cambio de ropa para estrenar una de las camas que disfrutaríamos esa noche. Saboreamos con prisa el paseo y el helado lleno de arena que nos comimos. Tu risa cantarina no cesó desde el momento en que salimos del hotel ante los torpes comentarios que yo iba haciendo por el camino.

De regreso a nuestra habitación, preparamos una cena fría y unas copas de vino que
hicieron subir rápidamente la temperatura del cuarto. Tú te habías traído en aquella ocasión un botín poco habitual, compuesto de ropa interior, cuerdas, venda para los ojos y el wakizashi que yo te regalé. Sólo de pensar que podría hacer realidad una de mis fantasías eróticas más deseadas, comencé a sentir una opresión bajo mi ropa interior que no decaería durante aquellos dos largos días.

Recuerdo perfectamente que, en primer lugar, y en contacto con la piel, llevabas un camisón corto, una especie de pequeña túnica demasiado corta para ocultar lo esencial y sujeto por unos lazos cuya función parecía ser la de deslizarse indolentemente por tus hombros; tus pezones se excitaban con el roce del encaje del escote, y su transparencia subrayaba y exageraba la redondez y arrogancia de tu pecho. Enseguida sentí deseos de morder aquellas manzanas tan maravillosamente expuestas a mi alcance.

Acabamos con la frugal cena a toda prisa, no sin antes aprovechar los palillos japoneses que te regalé aquella noche para iniciar algunos juegos eróticos relacionados con la comida y tu sexo.
Como un mago circense, te sacaste de la manga un caneco con whisky, del que bebimos para ahogar el fuego que comenzaba a quemarnos por dentro.

De entre la blancura del camisón que llevabas puesto, tu vello parecía aún más negro. Separaste con una mano la tela complaciente de la prenda para que pudiera verlo todo y, con la yema de los dedos, abriste la otra hendidura, más íntima, que divide la zona baja de tu vientre. Y yo contemplé, ya encendido, aquel juego de colores y fallas que conformaban aquella pequeña obra de arte, la blanca alrededor de la negra, la negra conteniendo como un estuche japonés a la rosa, más viva, más nacarada, más palpitante. Tus dedos se divertían en el papel de guías turísticos, me abrían el paso a través de un fruto delicado y jugoso, acogedor como un melocotón que acaba de reventar bajo el sol, vibrante como una concha a la que se ha obligado a mostrar su secreto...

Me arrodillé entre tus piernas para saborear ligeramente el perfume de tu intimidad y me levanté enseguida; tenias un aspecto extraño, con aquella doble sonrisa de placer; la superior, de un brillo estrellado y achispado por el alcohol y la vertical, húmeda y anhelante de mis caricias más profundas.Te cogí de los hombros y, guiándote hacia el espejo del armario, te dije:

-¡Mírate tú también!

Permaneces de pié ante el espejo, y la ropa, más que cubrirte, te desnuda. Los pezones, erguidos y de un rojo oscuro, realzan el bordado del camisón. A través del borde inferior de la prenda, se adivina un extraño animal, mitad peludo, mitad en carne viva. Yo estoy detrás de ti, contemplando cómo te miras, y la luz de tus ojos desprende un resplandor muy parecido al reconocimiento, al deseo. Por primera vez te has visto como en realidad eres, hermosa, deseable, por primera vez emulas a Narciso mirándose en el lago y a mí me entra el miedo que al asomarte demasiado, caigas en el espejo. Por eso te sujeto por la cintura y trato de romper el encantamiento que te ha cautivado con un beso en la boca.

Nos asomamos a la ventana al tiempo de ver cómo otra pareja en una habitación vecina comenzaba también a hacer el amor. El alcohol y el ambiente lúbrico se nos ha subido a la cabeza y necesitamos despejarnos un poco con el frescor de la brisa nocturna. Pero no podemos sujetarnos. Yo al menos. Comienzo a acariciarte mientras enciendes un cigarro que acompañe al whisky nocturno.
Tu trasero es de seda y su dureza provoca un abultamiento en la prenda que llevo puesta de lo más elocuente. ¡Con qué rapidez me desprendo de la ropa! Ya no soporto más la tensión erótica del momento y te sujeto del brazo con determinación, me siento en una silla y te atraigo de espaldas a mí.

Ábrete bien y dime qué quieres.


Al igual que la voz, el gesto era imperioso, excitado y te empalé a la fuerza en mi estaca. Podía ver tu placer en la curvatura de tu espalda. Separo tus piernas con las mías, encima de las cuales reposan tus muslos... Veo a una mujer inundada por la voluptuosidad, desgarrada con el sexo totalmente abierto, veo mis genitales bajo tu culo, y mi pene hundido en tu coño, un coño tan mojado que a cada movimiento se oye una especie de chapoteo... Veo cómo mis manos, dominadas por el delirio, intentan abrirte aún más; veo cómo las tuyas las guían hacia tu clítoris y exigen una caricia; veo tu danza caótica, que me engulle y me vomita con la cadencia de un pistón bien engrasado; veo mi polla dura, enorme, ya no la veo, la veo, ya no la veo...
La expresión que invade tu rostro, ahora vuelto hacia mí en busca de un beso que relaje la tensión de una postura tan impersonal, resulta aún más enloquecedora que el juego de tu coño chupándome la picha. ¿Eres tú realmente esa criatura concentrada en el límite del dolor, ensimismada en el inminente placer, extasiada, delirante...? ¿Son tuyos esos ojos febriles e implorantes, esa cabellera hirsuta maltratada por un viento tempestuoso, esa boca que suplica, que dice “si” y “no”, que dice “más”...? ¿Es tuya esa cabeza de yegua montada por un semental, que tensa la nuca como la hembra tensa la grupa...?

El placer te hace incorporarte una última vez, con la espalda arqueada y los muslos tan tensos que parecen a punto de desgarrarse. Tu sexo sólo alberga el extremo del mío, que te provoca los últimos estremecimientos... Y cuando te dispones a suspirar de gusto para señalar el final del round, me sientes, tan rebelde como siempre, en busca de una entrada más secreta... Antes de que puedas manifestar tu protesta, encuentro tu culo y lo maltrato con mi nabo, que es un auténtico entrometido y consigue meterse en todas partes. Te separo las nalgas con las dos manos y fuerzo el paso, que cede, arrancándote un grito. Ya está, he logrado entrar. Te siento llena a rebosar, el dolor y la voluptuosidad se confunden en ti y, a tu pesar, re retuerces sobre mi dardo. El placer, que no había decrecido por completo, recobra sus fuerzas; estás llena de mí, con esa sensación desgarradora que te dice que debes rechazarme y te hace retroceder, y que al mismo tiempo te impulsa a desear que me interne más, que llegue hasta el fondo, y te hace apretar el culo y descender lo máximo posible sobre mi polla. Hoy tu vientre está habitado por el demonio de mi sexo, eres mía más íntimamente que nunca, me das todo de ti, llegando incluso a un estado de demencia tal que tú misma me sacas de tu interior para hacerme elegir ése otro camino en el que el amor produce sus frutos y mendigar con voz quebrada por el placer: “quiero que me hagas un hijo, quiero un hijo tuyo”.


La sorpresa y la perplejidad me hacen dudar por un solo instante. Yo también lo deseo, deseo perpetuar mi simiente dentro de ti, hacer que la fuerza y la belleza se fundan en una sola persona como si en vez de ser cualidades fueran los apellidos de la nueva criatura; deseo saldar la deuda que me ha hecho buscarte durante tanto tiempo y por tantos países como granos de arena hay en una playa. Pero entiendo que ese deseo, aunque expresado con toda sinceridad y consciencia, puede deberse sólo a la combinación de placer y alcohol, de ternura y lujuria, de amor y pornografía. Y que quizá mañana, cuando la
responsabilidad llegue al tiempo que la aurora, nos convierta en seres odiosos del placer que nos sumergió en una empresa tan grande.

Has sido tú la que ha elegido este camino de tu cuerpo que conduce al clímax de la feminidad, has querido ofrecerme el don de tu pudor y tus secretos, y la rendición de las últimas barreras consagrándome tu condición última de mujer. Noto cómo se van tensando tus músculos ante la inminencia del choque que hará saltar el polvorín de tus contracciones. Y es en ésos últimos latidos cuando decido traicionarte y no hacer caso de tu ruego. Golpeo con más fuerza apretando mi pubis contra el tuyo mientras siento la llegada de tu orgasmo. La explosión ha sido dantesca. Quedas inerme entre mis brazos que te recogen del suelo y te meten en la cama casi a punto de quedar dormida por el esfuerzo. Estás más hermosa que nunca, con el rostro relajado como consecuencia del placer. El sueño hace que tus párpados se vuelvan cada vez más pesados y que una media sonrisa de felicidad amanezca en tu cara...

Espero comentarios, a ver si así os gusta más o no...

martes, 18 de septiembre de 2007

Pensamiento y escritura

Cuando comencé este blog, pensé que mi sola necesidad de escribir bastaría para mantener una intervención regular en la arquitectura del mismo. Creí que las historias saldrían solas de mi teclado y se escribirían casi como granos que se desprenden de una espiga madura. Pero hasta ahora, y mucho más con los parones forzosos que me he visto obligado a hacer, por diversos problemas; tanto técnicos como personales, las palabras han llegado con mucha lentitud. En los mejores días, me siento obligado a pensar y desgranarme el cerebro en busca de algo nuevo que contar que no se convierta en una paranoia personal, en algo reiterativo e infumable que sólo entienda su autor.

Como mucho, en uno de estos buenos días, consigo escribir una o dos páginas medianamente aceptables. A veces siento como si estuviera en un estado mental de aquilatamiento, como sumergido en un fluido espeso que no me permite expresarme como quiero. Una y otra vez veo cómo mis pensamientos se desvían de la
dirección que tenía en mente. Tan pronto como pienso algo, ése pensamiento me lleva a otra cosa y esta a una tercera, y así sucesivamente, hasta alcanzar tal atasco en mi cerebro que me da la sensación de que todo lo que escribo no tiene pies ni cabeza, que es un bloque compacto que he tenido de regurgitar a la fuerza, con gran sufrimiento por mi parte, para no terminar ahogado por su inmensidad.

Nunca antes de comenzar este blog había sido tan consciente del divorcio entre pensamiento y escritura. Durante estos días en que no podía conectarme y desahogar ése atasco, me he dado cuenta que las historias que intento contar son, en cierto modo, incompatibles con el lenguaje, y que su resistencia a ser expresadas con palabras es proporcional a su grado de aproximación a lo importante, de modo que cuando llega el momento de poner negro sobre blanco lo fundamental, nunca encuentro la expresión adecuada a lo que intento contar. Quizá con la próxima revolución tecnológica sea posible incluir en lo que escribimos sentimientos, en vez de simples palabras.

Quiero escribir. No quiero vivir de la escritura, aunque supongo que todos aquellos que somos lectores voraces s
oñamos con convertirnos en escritores de éxito. Y cuanto más difícil resulta llevar a cabo esta labor, más necesidad de ella tengo. Hoy no debería estar escribiendo esto, sino configurando mi ordenador para que vuelva a funcionar como es debido, para volver a contar con la herramienta física adecuada a mis necesidades. Sin embargo, no he podido resistirme a la tentación de hacer una pausa para tener de nuevo un orgasmo creativo que libere la tensión acumulada de buscar y reparar cada pequeño detalle del trabajo que me he encomendado;

Como una pausa en la lectura de un libro erótico para aliviar mediante la masturbación la tensión del ambiente...

lunes, 3 de septiembre de 2007

De la bella interior y exterior

Hace poco recibí un correo con un texto que me pareció genial, porque es algo que llevo repitiendo a las mujeres de mi entorno desde hace ya algunos años. Dice así:

"Mujer...

A los hombres nos importa un carajo cuánto pesan. Es fascinante tocar, abrazar y acariciar el cuerpo de una mujer. Pesarla, no nos produce ningún efecto.

No hay belleza más irresistible en la mujer que la feminidad y la dulzura. Detalles simples y el buen trato, son equivalentes a mil viagras.

Un pecho es un pecho, las caderas, son caderas y punto. Si la naturaleza les dio ese aspecto curvilíneo, es por algo...a nosotros nos gustan así. Ocultar esas curvas equivale a tener tu mejor sillón en el sótano o en el desván de tu casa para que nadie lo vea.

El cuerpo cambia. Crece. No pueden pensar sin estar psicóticas, que les puede entrar el mismo vestido que cuando tenían 18 años. Además, una mujer de 35, que le entre la ropa de cuando tenía 18, o tiene problema de desarrollo, o se está autodestruyendo.

Nos gustan las mujeres que saben manejar su vida con equilibrio y saben manejar su natural tendencia a la culpa. O sea... La que cuando hay que comer, come con ganas...cuando hay que hacer dieta, hace dieta con ganas (no se sabotea ni sufre)... cuando hay que tener intimidad de pareja, la tiene con ganas... cuando hay que comprar algo que les gusta, lo compra (no piensa que le está quitando algo a sus hijos) sino que sabe que ella lo vale y por eso lo adquiere... cuando hay que ahorrar ahorra (y no sufre pensando en lo que se priva), porque lo hace por algo.

Algunas líneas en la cara, algunos puntos de sutura en el vientre, algunas marcas de estrías, no les quita su belleza. Son heridas de guerra, testimonio de que han hecho algo con sus vidas, no han estado años de vagas o en un gimnasio preocupadas por su figura. Han vivido.

El cuerpo de la mujer es el sagrado recinto donde nos gestaron a todos los hombres, donde nos alimentaron, nos mecieron y que nosotros sin querer, arruinamos llenándolos de estrías, de cesáreas y demás cosas que tuvieron que ocurrir para que estemos vivos.

Cuídenlo. Cuídense. Quiéranse. La belleza es todo eso. Todo junto."

Tengo poco que añadir a este compendio de consejos maestros. Como ya dije antes, es algo que sin orden ni concierto he predicado a las mujeres de mi alrededor con más pasión que tino durante los últimos años de mi vida. Lo importante es que hasta el otro día que recibí este correo no me había sentado a ordenar todo aquello que me gustaría haber dicho a mí sobre este tema:

Lo del peso está genialmente expresado. Diariamente me encuentro con mujeres alrededor que viven mirando de reojo a la báscula. O por exceso (la mayoría) o por defecto. Mirad a ver si vuestras parejas os preguntan a diario cuanto pesáis o si antes de cogeros en brazos para jugar o haceros un cariño os piden la tarjeta de la báscula, no vaya a ser que se hernien... ¿A que no? Entonces ¿Por qué es tan importante para vosotras?

Sé que la moda está hecha para las delgadas, o al menos eso dicen; aunque hace pocos días aprendí de una bloguera que las muy delgadas también tienen problemas para encontrar ropa de su talla.

Pero no me cansaré de decir que las más crueles con las propias mujeres. Si los hombres dictásemos lo que ha de estar de moda y el modelo de belleza que nos gusta, probablemente las claudias chíferes y las lindas evangelistas se hubieran muerto de hambre hace décadas. Y hablo de hombres, no de adolescentes con las hormonas en ebullición ni de tarados u obsesos. Ni tampoco de homosexuales amanerados que se creen creadores de tendencias. Pensad que probablemente ellos os odien por la feminidad que vosotras exhibís y de la que ellos carecen. ¿A esos envidiosos los estáis dejando que dicten vuestro canon de belleza? ¿No os parece un poco surrealista? A mí me daría terror saber que una de esas antiguas feministas que pensaban que los hombres deberían ser castrados diseñase los preservativos que uso... o mis pantalones siquiera. Así que ¿Por qué vosotras os plegáis a esas modas? Lo siento, pero me parece ridículo.

Los hombres, para nuestra desgracia, aún no hemos evolucionado lo suficiente. Seguimos viviendo en las cavernas. Si la Historia, así con mayúsculas, fuera realmente comprendida en vez de memorizada en las escuelas, os daríais cuenta que nuestro ideal de belleza no se ha modificado desde la venus de Willendorf. Los griegos, auténticos artífices de nuestra cultura, establecieron unos IDEALES de belleza en sus esculturas de Afrodita o en sus venus.

Si os fijáis en ellas no hay ninguna esquelética, aunque estén lejos de la de Willendorf. Pero imagino que hasta los propios escultores que pergeñaron el engaño debían convivir con esposas y hermanas que no tenían nada que ver con ese ideal, y que sin embargo les hacían muy felices. Tanto como para tener el tiempo suficiente para esculpir y crear arte.

El ideal de belleza femenina ha pendulado desde entonces muchas veces a lo largo de la historia de la humanidad. Pero desde siempre, a los hombres nos han seguido gustando las mujeres con curvas. Y las que no tienen tantas curvas pero son muy femeninas. Y las que no tienen ninguna de estas dos características, pero se preocupaban de hacernos felices. No conozco a ningún hombre de verdad al que le guste verse al lado de una muñeca siliconada, no siendo para pasear y despertar envidia a algún adolescente o colega tan inmaduro como él mismo. Pero vivir a su lado... eso jamás...

Llega un momento de todo macho de la especie en el que dejas de masturbarte pensando en tías despampanantes, o viendo vídeos de la red en la que aparecen porno stars rellenas como un pavo. En ése momento descubres que lo importante para excitarse es ver la belleza interior, la forma que una mujer de verdad tiene de vivir su orgasmo. Es cuando te gusta más ver a una hembra de verdad en las películas llamadas amateurs. Es cuando una sonrisa te encandila más que un par de tetas abultadas. Y es cuando te das cuenta que es el momento de vivir al lado de una persona que te proporciona tranquilidad, cariño y estabilidad. Y entonces te da igual si le sobran los kilos o le faltan pechos. Da igual si tiene unas estrías en tal o cual sitio. Lo importante es que has aprendido a amar y para nosotros vuestro culo es el culo más bonito del mundo. Sin comparación.




viernes, 27 de julio de 2007

Vuelve el hombre

Observo, no sin cierta preocupación que el post dedicado a DémoNan ha tenido un éxito rotundo entre las féminas. Y gracias a Rachel, con su inconformismo y a Belén, con el último post-queja-grito-denuncia, me he puesto a pensar que es lo que buscan las mujeres de los hombres.

Belén denuncia, como hace unos pocos meses manifestaba mi amiga M. que ya no hay hombres en este mundo. Que las mujeres están hartas de buscar y no encontrar personas de sexo masculino (sexo, no género, he aprendido del genial Pérez Reverte) junto a las que crecer y hacer el camino vital en compañía. He dado vueltas y más vueltas al tema, tratando de entender que nos falta a los hombres para superar los exigentes baremos que nos imponen las mujeres de hoy en día... Y muy a mi pesar, tengo que reconocer que ellas tienen razón, aún nos falta mucho para superar el listón.

Aunque, claro, esto no es más que una generalización; lo cierto es que el prototipo masculino de hace unas décadas está tan alejado de las necesidades femeninas actuales como un neandertal del hombre moderno. Las chicas ya no buscan un hombre honrado, trabajador, dispuesto a pasar la vida de sol a sol en una fábrica con tal de sacar adelante a su prole, forofo del fútbol y de las partidas de cartas de sábado por la tarde, capaz de coger un destornillador y darle al vuelta a la casa a cambio de una mamadita; que se desayune con un carajillo y se vaya con su sobre, recién cobrado, de putas con los amigotes.

Este tipo murió allá por mediados de la década de los 70. Los hombres tardamos en darnos cuenta (de hecho, alguno aún no se ha enterado) de la defunción y, dispuestos como siempre a solucionar cualquier problema, incluso los que no estamos preparados para solventar, nos lanzamos a la metamorfosis tratando de incorporar a nuestro comportamiento virtudes femeninas que nos acercasen un poco más al ideal de nuestras mujeres. Y como siempre, comenzamos a frenar demasiado tarde. Cuando nos quisimos dar cuenta, ya nos habíamos pasado de frenada. Nació el hombre-niña: un individuo solitario, frágil, tan femenino y sentimental que no despertaba en ellas más que lástima y deseos de protección. Conozco alguna pareja que se formó en aquellos tiempos... y estoy tratando de recordar si alguna de ellas ha sobrevivido al hastío y la dependencia sobre la que, al final estaba sustentada la pareja.

“¡Chicos, vamos a meter la marcha atrás!” –Fue el grito de guerra de la década de los ochenta-. Nos habíamos pasado de la raya y tocaba recomponer nuestra imagen para volver a impregnarnos de masculinidad, si queríamos volver a atraer a las hembras de nuestra especie. Como la marcha atrás es menos rápida pero más potente que cualquiera de las otras, pausadamente iniciamos nuestra transformación hacia el hombre metrosexual, mucho más masculino pero que había tomado prestados por el camino algún defecto de carácter que taraba gravemente el resultado. El nuevo hombre era mucho más seductor, buen amante (en fins...), más preocupado por su aspecto y casi obsesionado por complacer a las féminas. Muchas no se dieron cuenta de los defectos hasta que, tras años de convivencia, descubrieron que además era un egoísta patológico, más preocupado por su propia existencia que por desempeñar su papel dentro de la pareja. Y llegamos al momento actual.

Lo hombres hemos perdido gran parte de nuestro encanto por el camino. Como les ocurre a las niñas con sus padres a medida que crecen, las mujeres se dieron cuenta que no somos tan perfectos y todopoderosos como ellas creían. Y nosotros seguimos sin darnos cuenta que es lo que buscan ellas por una sencilla razón: no escuchamos. Ninguno. Me incluyo en el grupo. Estamos tan ansiosos por ser perfectos, por solucionar cualquier problema, que en cuanto comenzamos a notar un cierto desencanto en nuestras compañeras, nos ponemos manos a la obra a solucionar el inconveniente sin darles la oportunidad de acabar el planteamiento... y así nos luce el pelo... Señores, no traten de solucionar lo que no tiene fácil arreglo. Sé que es difícil de entender, pero ellas ya han madurado suficiente socialmente como para solucionar sus problemas ellas solitas, así que nuestro cometido no es ése. En multitud de ocasiones (casi todas, para ser fiel a la verdad) basta con escucharlas y ponerlas una mano sobre el hombro, para hacerlas sentir que no están solas.

He consultado con mis amigas. He llamado por teléfono a mi mujer para preguntar (cuando me dan estas venas la pobre no sabe si llamar a los loqueros o dejarme por imposible). He hecho un esfuerzo de imaginación y empatía; y creo que lo que buscan ellas es mucho menos que lo que nosotros estamos dispuestos a ofrecer. A saber, cualidades que tiene que tener un hombre:

- Fuerte, pero que no le de miedo mostrar sus sentimientos. Esto no significa que haya que ser un blandengue, simplemente que salgamos de nuestro autismo sentimental y compartamos con ellas nuestros deseos, haciéndolas partícipes también de nuestras inseguridades y carencias. Eso sí, cuando haya que poner los huevos encima de la mesa, no hagamos gala de esas inseguridades.

- Que aprenda a escuchar... aunque es mejor en esta asignatura venir enseñado. Este es nuestro peor defecto. Si no conseguimos esto, lo demás no tiene sentido.

- Que no haya perdido su habilidad manual. Las mujeres odian, por lo general, tener que cambiar una simple bombilla. Y además, al ser más intuitivas que nosotros, comprenden que necesitamos sentirnos útiles para ellas. Si eres un “manitas” tendrás oportunidad además de demostrar cuanto te interesa el último cambio que ha pergeñado para el baño. Usa esta habilidad a tu favor.

- Inteligente. No hace falta que seas un genio de las matemáticas, pero por favor, lee un poco, aunque sea el periódico diario (NO EL AS O EL MARCA), para ser capaz de mantener una conversación mínimamente coherente con tu pareja sobre cualquier otro tema que no sea el sexo.

- Romántico. Ojo, no ñoño, sólo romántico. Sé un poco perceptivo, estate atento, que no cuesta tanto, a las necesidades afectivas de la mujer. Esta cualidad no nos viene de serie, pero no basta con parecerlo. Hay que hacer un esfuerzo de transformación para acostumbrarse a ello, pero una vez iniciado el camino, la satisfacción que produce, además de las recompensas que nos dan ellas, merecen la pena y harán más cómoda la metamorfosis.

- Colaborador. Si te gusta la cocina, tienes medio curso aprobado. Ellas también vienen cansadas del trabajo, sin embargo, antes de meterse en la cama deambulan por la casa en busca de labores sin terminar. Procura ayudar todo lo que puedas para hacer vuestra vida diaria más fácil para ambos. A mí me ha tocado aprender a planchar y fregar como le gusta a mi esposa... y no he muerto en el intento.

- Independiente pero poco. Vale que tú tienes tus amigos. Y ella los suyos... cada uno tiene que encontrar un espacio para estar a solas o con otras personas cercanas. Pero el resto del tiempo, más vale que estés deseando pasarlo con tu pareja. Acostúmbrate a ir de compras, aunque te aburra y te desespere. Planea de vez en cuando un paseo bajo la luz de la luna, disfrutando sólo de su compañía. Cuanto más tiempo paséis juntos, más se afianzará vuestra relación.

- Imaginativo. Sobre todo en el sexo. No dejes que la rutina se instale en vuestra cama. Los hombres hemos dado demasiada importancia al tema del sexo. Muchos viven preocupados del tamaño de su miembro. ¿El tamaño importa? Pues claro... pero no tanto como nosotros creemos. Las mujeres han crecido y saben servirse ellas solitas. Si cumples con todos los demás puntos anteriores, éste no será el más importante, créeme. Ya procurará ella enseñarte el cómo y el cuando.

He dejado a posta en el último puesto el tema del sexo. Primero para que Rachel no me llame la atención diciendo que hablo mucho sobre lo único... Jajajajaja... Y segundo porque es en esto en lo que realmente estamos más en desacuerdo hombres y mujeres. Nosotros le damos demasiada importancia, y ellas, a veces, demasiado poco.

Ya está... dejo abierta la puerta para las rectificaciones y complementos. Ruego asímismo participaciones que rematen y mejoren lo dicho anteriormente, a ver si así logramos un consenso entre hombres y mujeres que nos acerque un poco más y nos haga algo más felices, aunque sólo sea por proximidad.




lunes, 23 de julio de 2007

Relato (segunda parte)

Volvió la cabeza hacia mí, mirándome en una muda súplica de contacto, mientras se mordía ligeramente un dedo y gemía más fuerte. Mi mano comenzó un suave masaje circular en sentido contrario a las agujas del reloj sobre su vientre, desplazando la piel que cubría su monte de venus y aumentando la presión en cada vuelta; haciendo que las puntas de mis dedos llegasen a rozar levemente su ya descubierto clítoris. Pero no podía quedarme así. Tenia que probarla. El perfume de su piel, su suavidad, su olor a hembra y su dulzura juvenil tenían que saber a gloria, y yo necesitaba saborearlos.

Cambié mi posición para colocarme entre sus muslos; y agarrando con fuerza sus pequeños glúteos atraje hacia mi boca el manantial en que se había convertido su sexo. Ella se incorporó un poco para facilitarme la maniobra. Estaba ansiosa, podía notarlo en la electricidad que emanaba con cada movimiento de su cuerpo. No le faltaba nada para tener un orgasmo que prometía ser desgarrador, así que decidí alargar un poco más su agonía. En vez de dirigir mi lengua directamente a su clítoris, o beber de su vagina como quien bebe de una fuente, sediento, hambriento, como un náufrago del desierto, hice que la punta de mi lengua formara un gancho y me dediqué a recorrer los bordes de sus labios mayores y a separarlos, aún más si cabe, del agujero que me llamaba. Su sabor era difícil de describir. Estaba dulce, muy dulce, como un zumo de piña muy aguado, pero con sabor a tortilla de patatas. Todo en consonancia con su aspecto, con su suavidad, como la carne de un higo, pero sin las pepitas. Si la piel de sus muslos parecía seda, sus partes íntimas tenían la misma textura que la nata. Nunca había sentido una suavidad parecida ni en mis sueños más lujuriosos.

Me deshice de mi chaqueta, que aún tenía puesta, de forma brusca, no sin antes pelear como un desesperado por encontrar rápidamente uno de los preservativos que guardaba. Quería estar tranquilo. Quería parecer frío y controlado. No quería que se notara mi ansia ni la torpeza que nos invade a los hombres cuando estamos a punto de perder la cabeza. Mientras me ponía con manos temblorosas el preservativo, ella aprovechó para coger mi cabeza y tratar de dirigir mi lengua donde más deseaba su contacto. Trató de agarrarme del pelo, pero como lo llevo rapado como un inclusero, se desesperaba y retorcía tratando de hacerme llegar hasta su clítoris; rozándome con sus uñas; agarrándome de las orejas; empujando sus caderas hacia delante, gimiendo y suspirando cuando tan sólo rozaba con mis labios el capuchón que ya hacía rato no podía ocultar el botón de su placer.

Fue entonces cuando pude escuchar claramente su dulce voz. Una frase entera entre gruñidos y jadeos de placer y desesperación:

- ¡Argggfff...! Si... si vas a hacer... ¡ahh!.. algo m... más... ssss... éste es el momento... no creo que pueda resistir mucho mmm... máaasss... mucho tiempo... ¡ooh!

Sonreí... Y levanté la cabeza de entre sus piernas. Dudé sólo el tiempo suficiente para leer en sus ojos que verdaderamente estaba a punto, que deseaba llegar al momento en que el tiempo se paraliza y el placer te arranca suavemente los riñones de su sitio. Nuestras miradas se encontraron en la penumbra del tren y se conectaron como dos ríos que se juntan y se mezclan para no volver a separarse jamás. Las corrientes de nuestros pensamientos se juntaron para formar unidas una sola mente, con un solo objetivo común: alcanzar el máximo placer.

Para no hacerla sufrir más, apliqué mis labios a su clítoris, cubriendo con mi boca todo su sexo, pequeño, pueril, casi virginal y comencé a mover mi lengua blanda sobre el secreto pedazo de carne que sentía palpitar contra mis labios. Ella, que me había sonreído durante la pequeña pausa que había hecho, empujó mi cabeza para alejarla de su vientre. Quizá pensó que no era el momento de ser egoísta. O quizá lo que quería era algo más que el roce de mis labios contra su carne; pero siguió empujando hasta volver a poner mi cabeza a distancia de su cuerpo. Apoyó sus manos sobre mis hombros y, clavando su mirada en mis ojos, se deslizó suavemente del asiento para ensartarse con fuerza, casi con furia en mi polla. Gritó. Fue un grito animal, básico, atávico, brutal. Por la posición en la que me encontraba, de rodillas frente a ella, apenas había introducido la mitad de mi pene en su interior. Sin embargo, por el orgasmo que acompañaba a su alarido, nacido del fondo de su garganta, como un rugido, parecía como si el miembro la estuviera desgarrando por dentro.

Se derramó sobre mí como un jarrón que se rompe, dejando caer su contenido sobre mis pantalones. Su vagina apretó la punta de mi pene con desesperación, con fuerza, como recorrido por descargas eléctricas que su cuerpo no podía y no quería controlar. Golpeaba con su vientre mi barriga, haciendo palanca con los riñones contra el borde del asiento.

Cuando lentamente, el placer remitió, clavó en mí una mirada profunda. Suspiraba aún dejando escapar las últimas oleadas de placer cuando su boca se unió a la mía en un beso húmedo, lascivo, hambriento. Adiviné que no habíamos acabado. Me empujó suavemente de los hombros, tratando de cambiar mi incómoda posición. Yo estaba desbordado por asistir como espectador a tal marea de placer. Pero no quería dejar de abrazarla. Esperaba pacientemente que su interior se recobrara de la tormenta para poder moverme y no irritar ni siquiera un poco su preciosa intimidad.

- Sigue –Me dijo, casi en un susurro.

Era una orden. Pero era tan dulce que no pude resistirme a obedecerla.

Agarrándola fuertemente de los glúteos, la elevé sobre mis caderas. Me puse en pie y la llevé conmigo hasta el asiento. Durante todo el viaje en mis brazos, ella se abandonó a la contemplación de mi cara. Parecía no querer olvidar ninguno de mis rasgos. Y parecía querer absorber todo mi sexo dentro del suyo. Sin separar ni un milímetro su pelvis de la mía, se abrazó a mi cuello y acompañó cada uno de mis movimientos hasta acomodarnos en el asiento junto a mi ordenador. La viscosidad de sus flujos me hacían sentir como la boa que engulle su presa, pero al revés. Como la serpiente, su mirada capturó mis ojos. Y yo me dejé hipnotizar.

En aquel momento, notamos como el tren frenaba lentamente.

- Es Ávila –acerté a murmurar-.

- No importa. No te muevas por favor –susurró junto a mi oreja-

Por un momento, pensé en lo absurdo de toda aquella situación. En lo incómodo que sería si algún viajero tenía el acierto de elegir nuestro compartimento. Ni siquiera podríamos disimular. Su tanga y mi chaqueta habían quedado en mitad del suelo, delatando fehacientemente que la posición en la que estábamos era algo más que un juego. Joder, si ni siquiera sabía cómo se llamaba...

No sé si fue el miedo a ser sorprendidos, los nervios o qué, pero mi pene comenzó a flojear en su interior, dejando parte de su vientre sin el duro contacto que la tenía llena y aletargada. Al notar mi distanciamiento, me miró fija y dulcemente a los ojos, de nuevo.

- ¡No!... No... Espera un poco... – cuchicheó con desesperación- No te apartes aún.

Y cogiendo mi cara entre sus manos, me dio un beso dulce y profundo, muy lento, a la vez que sus caderas comenzaron un balanceo lento y corto, apretando con sus músculos el miembro para evitar que se escapara de su interior. Aquello tuvo un efecto vivificador en mi polla. Ya no me importaba si alguien entraba de repente. No me importaba si el tren volvía a iniciar la marcha. No quería saber nada más del mundo, del tren, del revisor. Toda mi esencia se concentraba en unos músculos pegajosos que atraían mi carne a su interior y llamaban de nuevo a mi placer. Dejé vagar mis manos frenéticamente por su cuerpo como sabuesos en busca de una liebre. Al llegar a sus hombros, deslicé los tirantes de su vestido y su sujetador en un solo movimiento para dejar al descubierto dos pequeños pechos redondos y muy blancos, con unos pezones mínimos, casi infantiles y unas aureolas oscuras, casi sólidas surcadas por multitud de arruguitas. Tomé una de sus tetas en mi boca con voracidad, como si estuviera a punto de devorarla, como una manzana fresca, mientras mi otra mano hurgaba en busca de una puerta trasera donde distraer el placer de su dueña.

Ahora, su lento vaivén del principio, se había transformado en un traqueteo rítmico y feroz cuyos límites se hallaban en el hueso de mi vientre y el dedo violador que la penetraba por detrás.

Mis labios y mis dientes castigaban sus pezones para que mi lengua se encargara de curar el daño causado por aquellos agresores. Sus dedos apresaban mi nuca y empujaban mi boca al encuentro de su lengua invasora. Sus rodillas apretaban mis costillas como una pitón a su víctima. Sus pies empujaban mis riñones al encuentro de nuestras caderas, que chocaban y chocaban cada vez con más violencia... Un grito desgarrador comenzó a nacer del fondo de su garganta, asustando a su lengua y subiendo al encuentro de mi saliva.

- ¡Uhmmm...mmmm...ffffff... Ufffff... Aaarrggghhhh! ¡Sí...! ¡Sí...! ¡Dioooossss!

¡Dios! Si... – gritó en medio de un vendaval de placer- Sí... sigue... no te pares...

Yo no la escuchaba. No podía pararme. Estaba embelesado contemplando su goce. El éxtasis me sorprendió desprevenido. Un fuerte empujón nació de mis riñones, bajó hasta mis muslos, invadió mis testículos y subió como un geiser a lo largo de mi miembro para ir al encuentro de sus entrañas, sin frenos, sin barreras, como un río desbordado choca contra las olas del mar y se envuelve con la marea.

Bajando la cabeza y apoyándola contra mi hombro dijo:

- Otro... otro... me voy a correr otra vez... ¡mmmmmmmmmmm! – Dijo-.Y se apretó fuertemente contra mi pecho.

Sus brazos se fueron relajando poco a poco, abandonando mi castigada nuca y deslizándose por mis hombros hasta abrazarme desmadejada, deshecha, vulnerable.

- ¡Jijijijijijijiji! –Me sorprendió su risa- Vaya locura ¿no?

- Sí... no me lo esperaba, la verdad – sonreí satisfecho-

- Ni yo... no pienses que hago esto a menudo. -Se incorporó lentamente, como sobreponiéndose a un gran esfuerzo y me miró a la cara, esperando una respuesta. En sus ojos brillaban unas lágrimas que aún pugnaban por salir del mar de sus órbitas

- No, la verdad es que en la última media hora no se puede decir que haya pensado mucho. – Contesté tratando de hacer que el buen humor rebajara la tensión del momento.

Ella respondió a mi sonrisa con franqueza. No hacían falta más palabras. Ya nos habíamos justificado lo suficiente y nuestro espacio vital comenzaba exigir que nos separásemos. Cuando iniciaba el torpe movimiento para tratar de sacar sus pies de detrás de mi espalda, la apreté de nuevo contra mí.

- Espera –Dije. Y tomando su barbilla con mis dedos la besé dulcemente. – No hay prisa, no tengas miedo.

- No es miedo, pero me siento un poco incómoda. –sonrió. Y con alegría añadió- Además... se me están quedando dormidas las piernas... Jajaajaja...

- Jajajajajjajajaj...

La risa tuvo el efecto de hacer nuestra separación un poco menos embarazosa y más natural. Al principio nuestros cuerpos hermanados por el placer se resistieron a abandonar a la pareja de goce. Su sexo no quería verse vacío y tuve que pelearme con el mío para recuperar el preservativo usado y envolverlo en un pañuelo de papel.

Mientras recomponíamos nuestras ropas no dejamos de reírnos de nosotros mismos, de la situación, de la posibilidad de vernos sorprendidos in franganti, de los gritos proferidos durante el orgasmo, que seguro habían sido escuchados por los viajeros de otros compartimentos, y de nuestras estentóreas carcajadas, tan delatadoras como los gritos.

Recuperó sus sandalias y me contó que tenía billete para un coche cama, pero que sus compañeros de habitación roncaban y había decidido cambiar de sitio para tratar de dormir un poco. Volvimos a reinos con la incongruente realidad. Yo la conté que volvía a casa después de un día de lo más aburrido. No nos dimos más detalles personales que el intercambio de fluidos que habíamos disfrutado. No me dijo su nombre ni yo le di el mío.

Seguimos con una divertida conversación hasta que llegó el momento de bajarme . La besé en la boca con pasión. El olor de su sexo me acompañó hasta mi casa mezclado con los pelos de mi perilla, resbalando por la piel de mis genitales, escondido en los pliegues de mi ropa, marcado a fuego en mi memoria.

Al día siguiente, cuando se lo contaba a mi mujer, y después, haciéndole el amor, lo que más recordaba era su fragancia.

Luego, cuando volví a coger el tren que me llevaba de vuelta a Madrid, quise alimentar la esperanza. Quizá por esas cosas de la vida nos volviéramos a encontrar.